Sharan Burrow: “Los partidos políticos que representan a los trabajadores deben ganarse su legitimidad”

La profesora australiana Sharan Burrow (1954) es la primera mujer en ocupar el cargo de secretaria general de Confederación Sindical Internacional (CSI), desde la fundación de esta entidad, en 2006. Antes de ocupar este cargo, en 2010, fue presidenta de la Confederación Australiana de Sindicatos (ACTU). En esta entrevista publicada en la revista Nueva Sociedad, declara que los trabajadores no pueden ser quienes paguen el costo de la crisis internacional y pide la recuperación de una agenda progresista. Junto con ello, denuncia la situación de esclavitud que padece más de un millón de trabajadores migrantes en países árabes donde se aplica el sistema kafala, el cual le entrega al empleador el derecho a manejar las visas de éstos, sometiéndolos a condiciones laborales y humanas indignas.


La secretaria general de Confederación Sindical Internacional, Sharan Burrow dice que “si continuamos con el modelo dominante de comercio, en el que las cadenas de abastecimiento se basan en la avaricia corporativa, reproduciendo bajos salarios y trabajo inseguro, todo el sistema se hará insostenible. Afirma que los trabajadores y los sindicatos “somos un actor central de las sociedades y, como tal, podemos generar alternativas”. Según Sharan Burrow, si una persona no tiene la posibilidad de retirarse de su trabajo, si sufre algún tipo de abuso, o si trabaja bajo el exclusivo deseo del empleador, “francamente, uno esta esclavizado. Eso no es libertad ni democracia”.

¿Pueden los sindicatos revertir la situación de crisis económica para retornar a las políticas de bienestar que caracterizaron a Europa?

Si analizamos la crisis que estamos viviendo, veremos que fue provocada por la avaricia del sector financiero. Hoy vivimos un proceso de retroceso en derechos, caracterizado fundamentalmente por la aplicación ortodoxa de las políticas de austeridad. Los trabajadores están perdiendo derechos de manera permanente y, en muchos casos, carecen de un salario que les permita vivir con dignidad. Para recuperar un modelo sustentable e inclusivo los sindicatos y la sociedad civil deben incidir fuertemente en las decisiones. Tienen el deber de plantear una alternativa. No debemos olvidar que los trabajadores del mundo son los hacedores y los responsables de los beneficios y de la productividad del sistema capitalista y, por tanto, están llamados a modificar la situación actual.
Si continuamos con el modelo dominante de comercio, en el que las cadenas de abastecimiento se basan en la avaricia corporativa, reproduciendo bajos salarios y trabajo inseguro, todo el sistema se hará insostenible. Esto no es aceptable para los trabajadores y los sindicatos y somos un actor central de las sociedades y, como tal, podemos generar alternativas.

¿Pero cómo pueden luchar los sindicatos si no cuentan con las fuerzas políticas que sostuvieron los estados de bienestar? ¿Quién los representarán políticamente?

Los sindicatos fueron la base social fundamental para la construcción de los partidos socialistas y socialdemócratas. Es decir, que fue la propia fuerza de los trabajadores la que desarrolló el Estado de Bienestar. Ese modelo permitió avances importantes y otorgó dignidad a muchos sectores postergados. En el marco internacional, los sindicatos hicieron una convocatoria muy amplia para defender un conjunto de valores que iban de la paz y la democracia hasta los derechos humanos. Queríamos el cuidado social para nuestras hermanas y hermanos, para nuestras familias y para nosotros mismos. Y, por supuesto, queríamos un salario mínimo con el cual las personas pudieran vivir dignamente. Defendíamos y defendemos el derecho al reclamo colectivo, con el amparo de la ley, para perseguir a las personas que explotan a los trabajadores, abusando de sus derechos fundamentales y su seguridad.

Defendemos el derecho al reclamo colectivo, con el amparo de la ley, para perseguir a las personas que explotan a los trabajadores.

Estoy convencida de que los partidos políticos que representan a los trabajadores deben ganarse su legitimidad y, para ello, en muchos casos, deben reconstruirla. Si no lo hacen, nacerán nuevos partidos. Creo que debemos reivindicar la Europa social. Esa Europa tiene una visión de paz, de democracia, de libertad. Eso, inclusive, la visión que comparten las corporaciones que tienen responsabilidad social empresarial, respetando los derechos fundamentales y trabajando bajo la rigurosidad de la ley. Eso es lo que está en peligro. Si no hay sociedades que respeten la ley y los derechos de los trabajadores y en las que los estándares medioambientales importen, entonces, el capitalismo se comerá a sí mismo y se volverá insostenible.

Usted ha mostrado una constante preocupación por América Latina. ¿Cómo analiza la crisis del ciclo progresista y el advenimiento de gobiernos de derecha desde la perspectiva de los derechos de los trabajadores?

Hemos estado en permanente contacto con los trabajadores de América Latina. Y, déjeme decirle, estoy convencida de que estos trabajadores no quieren que las conquistas sociales de los últimos años les sean arrebatadas. No quieren gobiernos que reduzcan sus salarios y hagan sus vidas todavía más difíciles. No quieren ver a sus padres o a sus hijos sin cuidado social, sin educación, sin salud. No quieren ver destruidas sus necesidades, mediante las cuales pueden lograr una vida estable y segura.

Sin duda ha habido errores, pero también avances muy profundos en los marcos laborales y sociales. La avaricia de las corporaciones y aquellos que han vivido de la corrupción, están en crecimiento. No obstante, aparentan estar ganando hoy, pero no ganarán mañana.

Recientemente, hemos visto cómo algunos empresarios han intentado instalar limitaciones al derecho de huelga. ¿Qué han hecho los trabajadores al respecto, al interior de la Organización Internacional del Trabajo?

Han sido los empresarios y los empleadores europeos quienes se han manifestado a favor de establecer limitaciones al derecho de huelga. Y, como sabemos, el derecho de huelga es un principio fundamental para la libertad de asociación. Si uno no tiene la posibilidad de retirarse de su trabajo, si uno sufre algún tipo de abuso, si uno trabaja bajo el exclusivo deseo del empleador, francamente, uno esta esclavizado. Eso no es ni libertad ni democracia. Por cierto, a nadie le gustan las huelgas. Ni siquiera a los trabajadores porque pierden dinero y saben que es una incomodidad para sus familias y su comunidad. Pero, al final, ese es el gran poder de la organización sindical.
Lo que han intentado algunos empresarios en el seno de la OIT es desconocer características de este derecho a nivel internacional. Pero los sindicatos presionamos a la Unión Europea para que tomase una posición en virtud del Convenio sobre la Libertad Sindical y la Protección del Derecho de Sindicación de la OIT, que data de 1948. Allí se reconoce que el derecho de huelga y de manifestación es inalienable. Ahora, cuando ya hay gobiernos que lo admiten y que sostienen que bajo ningún punto de vista puede limitarse este derecho, vemos que los empleadores han perdido la batalla cultural. Si los empleadores fueran sensibles, tendrían que entender que estos derechos y libertades no repercuten solo sobre sus negocios y sobre los trabajadores, sino que se trata del alma de las libertades democráticas.

En algunos países la ortodoxia neoliberal ha conseguido instalar la idea de que no hay opciones: o se bajan los salarios y se precarizan las condiciones laborales, o se cae en el desempleo. ¿Cómo se puede salir de esa espiral extorsiva?

Nosotros no podemos aceptar ese discurso bajo ningún punto de vista. La realidad es muy distinta a como la plantean. Cuando las personas tienen un salario con el que pueden vivir con dignidad y cuando se pueden apoyar en la protección social, la economía crece y se robustece. Si uno no puede vivir con el salario que gana, entonces uno no consume y la economía flaquea. Por lo tanto, no solo tenemos una oposición ética a ese criterio sino, también, una oposición basada en el propio funcionamiento de la economía.

Usted ha dicho en reiteradas ocasiones que “no habrá trabajos en un mundo muerto”, refiriéndose, lógicamente, a las consecuencias del cambio climático. ¿Qué puedan aportar los trabajadores en esta lucha?

El movimiento sindical puede estar muy orgulloso de la COP 21 (1) y del acuerdo climático alcanzado en París. Se conquistó el derecho a la transición justa, así como importantes derechos en articulación con miembros de la sociedad civil. Ahora tenemos que encargarnos de que eso sea una realidad. No habrá futuro para nuestros niños si no promovemos seguridad en los trabajos, trabajos decentes y una economía ecológica. Pero la transición justa requiere que no dejemos a nadie atrás. Esa es la filosofía de la Confederación Sindical Internacional, en la que pedimos respeto por quienes trabajan con combustibles fósiles. El carbón será el primer combustible fósil en desaparecer y eso será dentro de una década o 15 años. Es el más sucio de los combustibles fósiles y el que conlleva más esfuerzo de obtener. Pero, si el planeta tiene suerte, veremos el final de los combustibles fósiles en 30 ó 40 años, apoyado en una transición gradual y justa. Los trabajadores deben saber si tendrán las herramientas y el apoyo para incorporarse en los nuevos empleos. Tenemos mucho trabajo por hacer.
Por eso, desde el sindicalismo internacional, demandamos planes y espacios de diálogo para que funcione un plan nacional de energía en cada país. Alemania es el único país con un plan nacional de energía. Inclusive ahora, se discute acerca del rol de los trabajadores. Francia tiene algunas leyes, Estados Unidos también tiene algunas regulaciones. Senegal es el único de los países en desarrollo con un comité multisectorial. Por eso demandamos a los gobiernos que se sienten a dialogar. Pediremos diálogo social con nuestros empleadores, porque debemos cambiar la manera en la que estamos trabajando. Cada lugar de trabajo debe convertirse en un centro con zonas verdes y ecológicas. Y, como es lógico, estaremos peleando por el reparto de la productividad, ya que si los trabajadores ayudan a reducir el consumo de carbón -y eso será parte de las nuevas ganancias para las compañías- entonces pelearemos por compartir los beneficios.

¿Esto es parte de lo que usted denomina “el nuevo pacto mundial”?

Sí. Y abarca mucho más. Estamos trabajando en conjunto con uno de los mejores líderes progresistas, como lo es el Primer Ministro de Suecia, Stefan Löfven, quien se ha puesto a la cabeza de este nuevo pacto mundial, en la generación de un nuevo modelo de desarrollo. Lo que queremos enfatizar es la importancia de una transición de desarrollo justa y, para ello, precisamos desarrollar políticas en materia climática. El desarrollo de este pacto debe tener, por supuesto, la participación permanente de los gobiernos, los trabajadores y los empresarios. Porque, de otro modo, fracasará. Precisamos dejarle a nuestros hijos y a nuestros nietos un planeta habitable.

¿Es necesario entonces un cambio de paradigma?

Lo que necesitamos, es un nuevo modelo de mercado global, que tenga en cuenta y respalde a los trabajadores. Necesitamos un modelo de comercio que no niegue a las naciones la posibilidad de desarrollarse en el marco de una economía ecológica y que tampoco les anule la posibilidad de industrializarse. Claramente, no queremos un modelo de desarrollo con empresas como Chevron. Necesitamos un modelo que no excluya a los refugiados y rechace fuertemente la xenofobia. Por eso, el nuevo pacto global, es un llamado a la democracia, a los derechos democráticos y las libertades, al trabajo decente y a la protección social. Queremos poder decir un día que las riquezas de la economía son compartidas y distribuidas con aquellos que las crean.

Usted ha trabajado fuertemente contra el sistema kafala, que se aplica en países del mundo árabe y que constituye una violación de los derechos de los trabajadores. Qatar, donde se disputará el campeonato mundial del fútbol en 2022, es uno de los países que aplica ese sistema. ¿Qué están haciendo al respecto?

En principio, le agradezco la pregunta porque, ciertamente, el kafala es un sistema moderno de esclavitud, donde las personas son poseídas por quienes las emplean. Qatar y Arabia Saudita son los países donde se aplica más fuertemente, pero no son los únicos. También en Líbano, Iraq, Omán, Jordania, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. Los trabajadores, desesperados, migran de sus países para poder ayudar a sus familias. El kafala liga directamente las visas de los trabajadores con sus empleadores. Esto es, al empleador del país al que llegará el migrante y el patrón tiene el derecho de decidir cuándo puede entrar y salir del país el trabajador. Todo esto ya es ilegal desde el vamos. Al llegar por ejemplo a Qatar, el trabajador cobra menos de la mitad de lo que había acordado en su país de origen. Las personas contratadas bajo esta modalidad suelen vivir en condiciones muy precarias, con poca comida y pésimas condiciones de alojamiento. Se dan casos donce hay seis, ocho, diez, o doce hombres viviendo en un mismo cuarto en paupérrimas condiciones sanitarias que no se pueden siquiera describir. Ningún lugar para sentarse, para comer y comida de muy mala calidad. Incluso, el agua no es está disponible todo el día, sino que sólo una hora a la mañana y una hora a la noche. Hay campos enteros de migrantes sometidos al kafala y se calcula que más de 1.200.000 personas viven en estas condiciones.
Por si esto fuera poco, los migrantes trabajan hasta doce horas por día, los siete días de la semana y con temperaturas de hasta 60 grados. Si estos trabajadores quieren volver a sus lugares de origen los empleadores les retienen las visas y eso es esclavitud. Nosotros hemos denunciado esta situación a la FIFA, planteando que Qatar debe respetar los derechos humanos si quiere celebrar una competencia mundial de fútbol. Estamos ganando la batalla cultural, pero todavía falta mucho.

Nota al pie:
(1) Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático, realizada en noviembre de 2015, en Francia.
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Editor Política & Economía