¿Quién Sostiene el Proceso Político y Social Boliviano?

Considerando que Bolivia vive una fase de construcción democrática intercultural, el destacado sociólogo Fernando Calderón reflexiona sobre el desarrollo de su país, destacando que los cocaleros han sido un factor clave en esta transformación, ya que sin ellos, no se explica ni la agitación del cambio ni el liderazgo de Evo Morales. Además sostiene que en ellos descansa parte importante de la fuerza política del MAS, del gobierno y la del propio Presidente.

Fernando Calderón

¿Cuáles serían los fundamentos sociológicos de los cambios políticos en curso?

Trataré de colocar tres reflexiones derivadas de los planteamientos del libro Fernando Mayorga de pronta publicación. La primera se refiere a la tesis sobre la continuidad y el cambio en el tiempo histórico, y trataré de indagar sobre los sujetos del cambio. La segunda, al “modelo boliviano” de desarrollo emergente. La tercera reflexión es sobre el lugar de Bolivia en la globalización.

Para entender la experiencia actual, parece fundamental situarla en el largo plazo. Tiene que ver con Charcas (más alto Tribunal español en el Alto Perú, hoy Bolivia), la dominación colonial y los levantamientos de la época, pero también con la larga, diversa, complicada y conflictiva construcción social de la institucionalidad de la nación boliviana y de sus múltiples nacionalidades en el espacio original de Charcas. El actual Estado Plurinacional de Bolivia es un país con historicidad intensa y extraña. Las Fuerzas Armadas, por ejemplo, nacen de las guerrillas regionales de la Independencia, y Juana Azurduy de Padilla fue primero guerrillera y luego coronela a medias. En Bolivia la sociedad hace las instituciones y probablemente allí radique tanto su fortaleza como su debilidad. Fortaleza, porque muestra la capacidad de acción y creación colectiva. Debilidad, porque las instituciones no alcanzaron a ser eficaces y legítimas con la propia sociedad que les dio origen. La ausencia de “minorías consistentes”, en el sentido elaborado por Lechner, explica en gran medida los límites institucionales del país, pero también las experiencias de explotación y dependencia que vivió. Pasó con la Revolución del 52 y también con la democracia reiniciada hace 30 años, para mencionar sólo dos hitos recientes.

En este ámbito hay problemas constantes, como la estratificación de clase de origen colonial o la persistente cultura de “la negación del otro”. Son cuestiones que se han ido modificando y parece que hoy resultan fundamentales para auscultar las genuinas chances de una democracia intercultural.

A este propósito hace años concluimos con Jorge Dandler y otros colegas (ver La fuerza histórica del campesinado) la tesis de que el campesinado boliviano y andino era un sujeto de cambio político y cultural, que sus prácticas históricas no sólo habían modificado sus propias condiciones sino la de otros actores sociales y del propio Estado, e insistíamos en que su papel en el futuro sería fundamental. Es sobre esa experiencia histórica y cultural que estaría asentado el crucial protagonismo de campesinos, pueblos indígenas y originarios que impulsan el proceso de cambio actual. Pero, ¿qué características y probabilidades tienen y cómo entenderlos en una sociedad predominantemente urbana y global? Me parece que en vincular este tipo ideas descansan las chances genuinas de una democracia intercultural novedosa, proceso a veces confuso que sólo recién comienza.

Pero, ¿cuál es la actual matriz de actores sociales que impulsan el cambio? ¿Qué opciones de desarrollo son congruentes con esta búsqueda democrática y cuán sustentables son en una sociedad global del riesgo?

Desearía detenerme sólo en un actor por el carácter estratégico que tiene en el proceso de cambio: los campesinos colonizadores, particularmente del Chapare en la Amazonía boliviana. Sin ellos no se explica ni la asincronía del proceso de cambio ni el liderazgo de Evo Morales.

Los colonizadores son el resultado del agotamiento del minifundio en el occidente del país así como de las políticas impulsadas por el Estado del 52. Se trata de migrantes, sobre todo campesinos, de distintos ámbitos culturales y sociales andinos, de regiones con importantes rasgos de comunidad, como el Norte de Potosí, o de regiones donde la pequeña propiedad agraria tenía ya una larga persistencia histórica, como la de los valles cochabambinos. Pero también son el resultado de las crisis y los fracasos económicos en distintos momentos históricos, como por ejemplo la crisis del estaño y las reformas estructurales de los 80, y de la atracción inercial que ejercen la economía y el precio de la coca. Como sea, en su diversidad, son fundadores de una nueva configuración multicultural y social. Sus capacidades de sobrevivencia y desarrollo se inician con el acto mismo de su inserción tropical. Tienen que enfrentar una naturaleza dura y agresiva en condiciones muy precarias y producir arroz, plátanos, coca, etc. Al principio se suponía que en la diversidad productiva anidaba la victoria económica y con ellos se tenía que enfrentar la agresividad de los mercados y de los intermediarios. Con el tiempo sólo la coca fue rentable y les permitió sobrevivir y a veces acumular a algunos al precio de la semi-legalidad y de enfrentamientos con el Estado y con la DEA. Las diversas políticas alternativas relativamente fracasaron. Y todo ello, como se sabe, está asociado con el poder del mercado internacional de la cocaína y de unas sociedades desarrolladas consumistas y en alguna medida en decadencia moral.

Sin embargo, lo que deseo resaltar es que con todas estas experiencias se formó un espíritu estoico y astuto, una clase dura, forjada en la resistencia de todo tipo; no una clase social “líquida”, sino sólida, y que se organizó en sindicatos como forma de vida local y, más adelante, gracias a la Ley de Participación Popular, en municipios. La unidad y la creatividad permitió la sobrevivencia.

A diferencia del sindicalismo minero de “masa aislada”, el sindicalismo campesino colonizador es más abierto y plural, sus relaciones con el exterior están sustentadas en relaciones campesinas de complementaridad con las comunidades de orígen y en algunos casos, como en los valles de Cochabamba, con economías familiares diversificadas y complementarias. Sus relaciones con comunidades indígenas originarias de la Amazonía han sido a menudo ambivalentes y mutuamente suspicaces. Su presencia política en las calles de Cochabamba y La Paz fueron cruciales en el proceso político boliviano reciente. Se trata, pues, de una clase y un sindicato duros, con orientaciones ideológicas campesinistas y revolucionarias radicalizadas pero con prácticas concretas flexibles, con alta capacidad y habilidad para articular demandas maximalistas con resultados específicos. Es posible conjeturar que sobre ellos descansa, aunque no únicamente, la fuerza política del Movimiento al Socialismo (MAS), las alianzas sociales diversas y mutantes, la fuerza política del gobierno y la del propio Presidente Morales. ¿Quién hubiese pensado que campesinos pobres migrantes iban a hacer complejas alianzas sociales, entre otras, con intelectuales de clase media, con organizaciones vecinales de la ciudad de El alto y con empresarios cruceños, así como negocios y sociedades con transnacionales del gas y el petróleo? “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…”, como dice la salsa caribeña.

La cuestión es si este actor, sus aliados y las nuevas elites políticas, con su identidad, sus conflictos y orientaciones, podrán plasmar una democracia intercultural como la que argumenta Mayorga.

En relación con el “modelo de desarrollo” que sustentaría la democracia intercultural, tengo la hipótesis de que la conjugación entre una orientación estatal y otra comunitarita que predominó en los primeros años y que derivó en una nueva constitución, ahora se inclina hacia la primacía de la primera sobre la segunda. El “modelo” tiene cada vez mas como epicentro el Estado, el Ejecutivo y el rol carismático del Presidente Morales. Desde allí se articulan sus componentes básicos: por una parte, una gestión macro y microeconómica eficaz y eficiente, acorde con las prácticas internacionales, con niveles de ahorros extraordinarios y planes de inversión nunca antes vistos en la historia económica del país. Por otra parte, una política económica cada vez más desarrollista que descansa en una economía de exportaciones primarias con pretensiones informacionales y fuertes inversiones en la integración nacional desde infraestructuras de diverso tipo (camineras, de equipamiento, etc.) hasta inversiones en comunicación satelital. La presentación que hizo el Ministro de Finanzas en 2005 ante financiadores internacionales contempló planes de inversión hasta de 35.000 millones de dólares. Finalmente, tanto la gestión económica como las políticas desarrollistas se complementan con políticas populistas de integración y legitimidad nacional popular en base a inversiones sociales y movilizaciones políticas. No se bajó solamente los niveles de pobreza, sino que se fomentó el empoderamiento y la autoestima de mayorías indígenas y comunitarias tradicionalmente discriminadas y negadas por el poder social y cultural prevaleciente en largos períodos de dominación, aunque no en todos.

Es en este ámbito que se plantean las posibilidades de una democracia intercultural que para Mayorga, con razón, supone una comunidad de ciudadanos. Sin negar importantes avances, y dada la diversa y compleja realidad boliviana, es lícito preguntarse si ésta tiene las chances de ser plenamente abarcativa. ¿Cómo se integran a ella las diversas minorías, que no son pocas? ¿Cómo se incluyen las libertades personales? El análisis del conflicto del Tipnis (proyecto de carretera en la Amazonía) es particularmente revelador de tensiones, debilidades y ambigüedades que acompañan este proceso político-cultural.

Por otro lado, si bien la legitimidad electoral es evidente, ¿cuán evidente es la calidad de la representación del sistema de partidos? ¿No será que el MAS es legítimo porque descansa en la figura carismática del líder y que más bien se experimenta una curiosa coincidencia entre legitimidad electoral subordinada a la legitimidad del líder, por lo menos hasta el momento?

La política continúa con fuerza en las calles. Bolivia es uno de los países con mayor nivel de conflictos sociales en la región. Parece que hoy se experimenta una pugna distribucionista vinculada a una revolución de expectativas que el mismo proceso generó y que los partidos de gobierno y de la oposición no alcanzan a procesar institucionalmente.

En síntesis, da la impresión que la interculturalidad democrática descansaría en una suerte de contradicción entre pluralismo político y hegemonía estatal.

El pluralismo político intercultural necesariamente es conflictivo e inclusivo, pero también inconcluso, pues toda democracia necesita renovarse constantemente. No es solamente responsabilidad del gobierno y la oposición, sino de la sociedad toda, de su capacidad de acción y autonomía; ella es la única garantía de una interculturalidad democrática sostenible. En este sentido, la única hegemonía democrática posible en un país como Bolivia sería la de un pluralismo político que, a mi juicio, es también la mejor pero no la más fácil manera de progresar democraticamente. En este marco, las nociones de “vivir o convivir bien” o la de “comunidad de ciudadanos” cobrarían un sentido diferente. Claro está, por otra parte, que así como la sociedad boliviana registra una notable fuerza creativa y deliberativa entre diferentes que buscan la igualdad, también tiene rasgos facciosos, clientelares y paternalistas, que limitan, cuando no destruyen, los mismos procesos de cambio que crearon.

Respecto a la situación de Bolivia en las dinámicas regionales e internacionales, me parece fundamental asumir que los cambios experimentados son parte de una enorme y compleja mutación de los procesos de globalización y que afecta de distinta manera al conjunto de la región. En alguna medida la crisis del “modelo neoliberal” latinoamericano fue un antecedente de la crisis global actual, que por cierto incluye una crisis de la convivencia multicultural. Hoy más que nunca resulta fundamental pensar globalmente. Por ejemplo, los cambios en la economía y la política en China tienen ya un impacto directo en la economía y política regional y nacional. Un orden multipolar está emergiendo con probables transformaciones importantes en la institucionalidad internacional. Como situarse frente ese orden parece ser una cuestión crucial.

Mayorga empieza a analizar esta nueva complejidad. Analiza comparativamente el sistema y el régimen político boliviano en relación con los países andinos y allí desliza comparaciones y conclusiones importantes. Sin embargo, a mi parecer, en la dinámica política y socioeconómica boliviana esos países son tan importantes como los del cono sur, particularmente Brasil y Argentina. En buena medida la interdependencia con estos últimos países y sus respectivos procesos políticos son cruciales para la dinámica política y económica boliviana. Sus conflictos y cambios afectarán con más fuerza que en el pasado.

¿Cuál es el futuro posible de la democracia intercultural? La verdad es que no se sabe. Lo que se sabe es que el futuro de la democracia intercultural dependerá de si se expande hacia un pluralismo político o si se profundiza hacia una lógica estatista que reedite, finalmente, formas de dominación patrimonial y corporativa.

El futuro nunca se supo de antemano, pero recordemos a Borges cuando decía: “Ya somos el pasado que seremos…”.

 

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Sobre el Autor

Fernando Calderón

Fernando Calderón

Sociólogo boliviano. Doctor en Sociología y especialista en movimientos sociales latinoamericanos. Es Coordinador del Programa Innovacion, Desarrollo y Multiculturalismo en la Universidad Nacional San Martín de Buenos Aires (UNSAM).