Prospectiva: cómo conciliar digitalización, globalización y cambio climático

Nuestras sociedades están sometidas a cambios múltiples, a los cuales los actores políticos les es difícil encontrar un sentido. Con la elección de Donald Trump, el Brexit y la instalación de los populismos, se entiende que estemos frente a una ruptura. ¿Pero cuál? De un lado, se constata una mayor demanda de protección social y una puesta en cuestión de la globalización. Pero del otro, se proponen programas de desregulación económica.


Por Phillippe Pochet

La socialdemocracia, cuyos programas parecían responder a estos temas de actualidad aparece hoy desorientada. Después de haber simbolizado la lucha de clases, después la integración de los más desfavorecidos a las clases medias y la protección social para todos, la socialdemocracia ahora tiene dificultades para renovarse, pese a que había tenido éxito en responder a lo que estaba en juego en el último siglo.
¿Pero cuáles son los temas de fondo hoy?
Dos de los principales son la digitalización de la economía (y de la sociedad) y las consecuencias del cambio climático.
Estos dos temas predicen cambios radicales y conllevan desafíos enormes, pues las fuerzas subyacentes que los animan van en parte en direcciones opuestas.

Por ejemplo, no se puede decir que un país (por ejemplo, Francia) debe ser el líder global en el nuevo mundo de los big data y de la revolución tecnológica y al mismo tiempo predicar un social-ecologismo, sosteniendo los circuitos cortos y la democracia local. Entonces, es necesario responder claramente cómo conciliar los dos objetivos y para responder a esta necesidad la socialdemocracia deberá renovar su oferta política.
El desafío de la digitalización y el problema del cambio climático son fundamentales y deben ser considerados en conjunto y no en paralelo. Así, un nuevo discurso que puede ser fecundo. También hay que tener en cuenta el contexto político: ¿cuáles alianzas, cuáles coaliciones mayoritarias son posibles en un periodo de repliegue de la base electoral y de fragmentación del espacio político?

Comprender y conciliar

Las políticas destinadas a enfrentar, de un lado, al cambio climático y, del otro la digitalización, tendrán enormes impactos sobre el empleo, la forma de operar de las empresas y las condiciones de trabajo. Sin embargo, raramente son objeto de una aproximación integrada.
Cuando se inscriben de manera conjunta las palabras “digitalización” y “clima” en un motor de búsqueda en internet, uno se sorprende por el débil número de resultados. Y cuando se encuentra un vínculo, este es de manera subordinada. Por ejemplo, sobre el costo energético creciente de la revolución digital, o sobre la manera en que esta puede favorecer la transición ecológica.
Las comunidades académicas que trabajan por separado sobre el clima y la digitalización tienen, las unas y las otras, visiones prospectivas distintas, propias de sus especialidades. Pero no puede haber varios futuros.
Los intentos de conciliación no son simples. Los actores y las dinámicas sociales no son las mismas. Los futuros posibles son, en los dos casos, cuestiones abiertas. Ciertos aspectos están relativamente bien documentados (las emisiones de CO2 por ejemplo), pero otros permanecen desconocidos o controvertidos, en particular las consecuencias en materia de empleo.

No hay determinismo tecnológico o climático: todo dependerá de la manera en que las consecuencias serán gestionadas.

La digitalización amenazaría el 47% de los empleos, según ciertos estudios (Frey y Osborne, 2013); o menos del 10%, según los resultados recientes de la OCDE (Arntz, 2016). No hay determinismo tecnológico o climático: todo dependerá de la manera en que las consecuencias serán gestionadas. Cierto, el futuro no está escrito, pero para orientarlo, es necesario poder pensarlo. La existencia de dos narrativas separadas no nos ayuda.

¿Adaptación o revolución?

Primera constatación: cada uno de estos dos grandes relatos tiene -al menos)- dos versiones: para algunos se trata de una evolución cierta y profunda, pero sin ruptura; y para otros, se trata de una revolución, de un cambio de paradigma.
En la primera versión, el cambio es considerado como ampliamente manejable con los medios y las instituciones de la sociedad de hoy. No se trata de cambiar de software, pero sí de adaptarlo. Por ejemplo, es necesario modernizar la protección social, adaptándola a las nuevas realidades laborales y profesionales. Esta aproximación se encuentra muy a menudo en los partidos socialdemócratas de los países nórdicos, que son economías abiertas, debiendo innovar para seguir siendo competitivas. Estos países ya emprendieron una transición energética, sin grandes conflictos internos.
En la segunda visión, más radical, se trata de un cambio de paradigma que obligaría a repensar las estructuras fundamentales de nuestras sociedades. Esto significa, por ejemplo, una visión radical de la cuarta revolución industrial (big data, uberización, robotización etc.) y que nuestros niños van a vivir en un mundo completamente diferente al nuestro. Así, por ejemplo, habría cambios en el empleo que no se conocen hoy, ni siquiera de qué tipo.
Según la visión radical sobre la crisis ecológico-climática, nosotros vamos que tener que encontrar un modelo económico de bajo crecimiento, con nuevos sistemas de redistribución y de protección social.
Evolutivos o revolucionarios, son dos grandes desafíos que pueden ser estudiados separadamente, pues ambos están sometidos a fuerzas formadas por actores distintos. Pero enseguida es necesario combinarlos en diferentes escenarios y jerarquizarlos, con una gran incertidumbre sobre los futuros posibles.
Por ejemplo, en materia de transporte, ¿se va hacia los vehículos eléctricos individuales (continuación del modelo actual), o bien hacia el desarrollo del transporte colectivo (tren, bus eléctrico, con una inversión masiva del Estado) y una movilidad suave (bicicleta y caminar)?
Ambas opciones son posibles y necesariamente mezclan temas sobre medio ambiente y tecnologías, pero hoy representan posturas distintas y que tienen consecuencias muy diferentes, ya sea porque se trata de actores (públicos o privados), o de puntos de vista sobre las inversiones, o de la geografía económica.

Nota del editor:
Phillippe Pochet es director General del Instituto Sindical Europeo. Este artículo fue publicado originalmente en L’Economie Politique N°73. Francia.
Recomienda este artículo
  • gplus
  • pinterest

Sobre el Autor

Editor Política & Economía