Piketty y nosotros

Cómo el libro “El Capital en el Siglo XXI”,  de Thomás Piketty,  se aplica no sólo a EE.UU. y Europa y al resto de los países ricos de la OCDE, sino también a Brasil y a los países en vías de desarrollo. El “bestseller” del francés, sobre el que han corrido ríos de tinta en los últimos tiempos, refuerza la idea de que es preciso conocer mejor el tope de la pirámide social para explicar la dinámica de la desigualdad.


Marcelo Medeiros Traducción: Laura Díaz Abramo, Magíster en Economía, Universidad de Brasilia.

*Artículo originalmente publicado por la revista brasileña Piauí y reproducido en español, con expresa autorización de su autor y de este medio, por Política y Economía.

Thomas Piketty fue catapultDesigualdad de ingresos en EEUU gráficoado al mundo de las estrellas con la reciente traducción al inglés de su libro “El Capital en el Siglo XXI”. Durante semanas estuvo en la lista de los más buscados de Amazon, alcanzó dimensiones virales y se convirtió en tema de blogs, tweets y programas de televisión. En un mes vendió más que cualquier otro libro en los 101 años de existencia de Harvard University Press (su casa editora). Ninguna obra de economía tuvo un éxito tan notable. El Capital original, ese con K, cambió el mundo, pero Marx ya había muerto cuando el libro fue publicado.

Para el público estadounidense, Piketty es el francés correcto que escribió el libro correcto en el momento correcto. Con el aumento de la desigualdad en los Estados Unidos, el slogan “We are the 99%” encontró eco en su trabajo: él demuestra que el 1% más rico responde por una fracción gigantesca de la desigualdad de ingresos y determina su evolución en el tiempo.

Sin lugar a dudas, este es el libro de economía más discutido de los últimos años. Ha movilizado comentarios públicos y reseñas de los principales expertos del mundo, incluso de varios ganadores del premio Nobel. Para el público estadounidense, Piketty es el francés correcto que escribió el libro correcto en el momento correcto. Con el aumento de la desigualdad en los Estados Unidos, el slogan “We are the 99%” encontró eco en su trabajo: él demuestra que el 1% más rico responde por una fracción gigantesca de la desigualdad de ingresos y determina su evolución en el tiempo. Para los países desarrollados, Piketty anuncia los vientos que vendrán si es que esta desigualdad no es controlada. Para los países en desarrollo advierte que si las cosas están mal, podrían empeorar.

Es innegable que existe algún atisbo de moda detrás de este éxito. Pero creer que la disciplina económica está siendo sacudida de esta manera sólo como resultado de una conjunción favorable de astros, es subestimar el contenido del trabajo. Piketty es brillante. Pero sobre todo es un investigador incansable. En una época en que los científicos corren a toda prisa para publicar, él fue un maratonista: estableció un objetivo a largo plazo, mantuvo la respiración y no perdió el ritmo. Este libro fue construido a lo largo de veinte años.

Todos los que llegaron a profetas empezaron como herejes. Muchos economistas creen que es natural hacer preguntas para las cuales ya existen respuestas tan solo para ejercitar sus habilidades técnicas. Piketty decidió hablar sobre el tema más difícil, espinoso e incierto de la economía política: la distribución de la riqueza. Y lo hizo cometiendo lo que serían herejías para la mayor parte de las sectas de economistas: el autor francés abomina de la matemática excesiva, las pretensiones cientificistas y las jergas. Frente a la controversia entre teorías, la fórmula más repetida en su libro es “miremos los hechos”. Su trabajo trae la historia y el análisis de largo plazo para el núcleo de la teoría económica, tal como lo hicieron los grandes pensadores del pasado. En esto Piketty no es único, pero está entre los mejores.

Invirtiendo a Kuznets

John Maynard Keynes, el economista más influyente del siglo XX dio vuelta las ideas de Jean-Baptiste Say. Al hacerlo, cambió la manera de entender la dinámica de las economías nacionales. En el caso de Piketty, el vuelco partió con las ideas de Simon Kuznets o, más precisamente, con la interpretación posterior a lo hoy se conoce como la “curva de Kuznets”.

En 1954, Simon Kuznets, uno de los economistas estadounidenses más importantes, formuló la tesis de que, en la historia de las sociedades en industrialización, la desigualdad tiende a aumentar durante algún tiempo hasta llegar a un punto máximo, a partir del cual empieza a disminuir continua y naturalmente. Detrás de esta lógica existen dos mecanismos fundamentales.

El primer mecanismo es económico y consiste en la transición desde una economía tradicional a otra moderna. La idea es que en las fases iniciales coexisten dos sectores: uno tradicional, pobre, y que crece poco; otro moderno, rico, y que crece rápidamente. El resultado es que aumenta la desigualdad. Sin embargo, en el proceso de generalización de la industrialización, los trabajadores migran desde el sector tradicional hacia el moderno, reduciéndose la desigualdad.

El segundo mecanismo es el efecto igualitario de la democracia. Para Kuznets, las sociedades modernas se organizan como democracias. La igualdad formal se traduce en políticas de fomento de la igualdad económica como, por ejemplo, el aumento de impuestos sobre el capital y sobre herencias. De esta manera la modernización económica y la democracia política junto con otros efectos de menor importancia, resultarían en una menor desigualdad a largo plazo.

Si se hiciera un gráfico para representar el aumento y luego la disminución de la desigualdad, éste resultaría una curva en forma de U invertida. Esa imagen quedó conocida como la “curva de Kuznets”. Aunque el propio autor tenía reservas sobre la generalización de esta idea, el hecho es que durante la Guerra Fría sus seguidores la trataron como una ley inexorable. Más aún, descartaron el papel de los mecanismos democráticos de control sobre la economía que estaban presentes en el esquema original de Kuznets. Se argumentó que los mecanismos de mercado eran la panacea. En el debate ideológico sobre la dinámica del capitalismo la curva de Kuznets proporcionaba, además, una visión armónicay optimista: vendrán días mejores. Los brasileños conocen bien esa promesa de los tiempos de la dictadura, cuando se afirmaba que después de hacer crecer la torta, ésta sería repartida.

Muchos habían ya evaluado la U invertida de Kuznets presentando evidencias de que era más bien una profesión de fe, pues nada indicaba que la desigualdad caería de manera inevitable. Piketty hizo más que eso. Él y su equipo hicieron un trabajo exhaustivo de recopilación de información sobre registros de impuestos, herencias y salarios. De esta forma, construyeron largas series históricas que mostraban que en prácticamente todos los países desarrollados había ocurrido lo contrario a lo que predecía Kuznets: la desigualdad, que había caído entre la Primera y Segunda Guerra, volvió a subir a partir de la década de los 80. Y todo esto mediante la concentración de ingresos en el 1% más ricos, que ocupan la parte superior de la pirámide. Es decir, Piketty “reinvirtió” la U invertida, con todas sus consecuencias para aquella creencia de que nos movemos hacia un mundo más igualitario.

Trabajando en equipo

El 18 de abril del 2014, Piketty lanzó su libro en Harvard. El auditorio estaba lleno y las personas se apretujaban por la puerta para ver la presentación. En Berkeley, al otro lado de Estados Unidos y lejos de las luminarias, un equipo de investigación hacía su trabajo mediante seminarios. Presentaron sus resultados Olivier Godechot, profesor de la Sciences-Po en París y que estudia los altos sueldos del sector financiero. También lo hizo Gabriel Zucman, profesor de la London School of Economics, uno de los responsables por los estudios sobre concentración del capital que subyacen la primera parte del libro de Piketty. En la platea estaba Emmanuel Saez, profesor de Berkeley y co-autor de los principales estudios de Piketty.

Seminarios como ese han estado ocurriendo durante años en muchos lugares del mundo. Ello demuestra que Piketty no trabajó solo. Su éxito es resultado de una nueva tendencia en las ciencias sociales: la producción en grandes grupos de investigación que sustituyen la producción artesanal individual, de la misma manera como ocurre en áreas como la biología y la física. Liderando el grupo estuvo Sir Anthony Atkinson, un amable y discreto señor de 69 años, gran especialista en desigualdad y precursor del tipo de estudio realizado por Piketty. Los tiempos de Marx trabajando solo en la biblioteca del Museo Británico se han ido. El Capital en el Siglo XXI deriva del trabajo de más de veinte científicos de primera calidad, acompañados por un pequeño ejército de asistentes. Prácticamente todos los datos del libro son producto del trabajo conjunto de ese equipo, y sin el trabajo de esta elite de investigadores sería imposible llegar a las generalizaciones de Piketty.

Crecimiento y desigualdad

La edición francesa del libro tiene cerca de mil páginas. Es fácil equivocarse cuando se trata de condensar algo de esta magnitud, pero intentaré un resumen esquemático.

Cuando Piketty habla sobre “capital” se refiere a la riqueza que genera más riqueza. En su origen, esta palabra se refería al ganado, cuando esa era una de las principales inversiones que se podían hacer. Hoy en día, el capital se invierte de muchas maneras y se reproduce a través de ganancias financieras, dividendos, arriendos y otras formas.

Para Piketty el capital está concentrado entre los más ricos, pero ello no se limita a los multimillonarios, sino que incluye a todas las personas que en mayor o menor grado se benefician de las rentas del capital. Usted puede no ser uno de ellos, pero sin duda conoce a varios. Este es el punto de partida de Piketty. El siguiente paso es, precisamente, lo que llevó a Paul Krugman, ganador del premio Nobel del 2008, a decir que el autor francés elaboró una teoría que se acerca al Santo Grial de la economía política: relacionar desigualdad con crecimiento.

Según Piketty, la concentración aumenta cada vez que el rendimiento del capital supera el crecimiento de la economía. Dicho de otra manera, la desigualdad crece si la tasa de crecimiento del capital y sus rendimientos, es superior a la tasa de crecimiento de los demás ingresos, tales como el salario.

Según Piketty, la concentración aumenta cada vez que el rendimiento del capital supera el crecimiento de la economía. Dicho de otra manera, la desigualdad crece si la tasa de crecimiento del capital y sus rendimientos, es superior a la tasa de crecimiento de los demás ingresos, tales como el salario. Es decir, si una parte muy concentrada de la economía, el capital, crece más rápido que la parte menos concentrada, el trabajo, el resultado final será un aumento de la desigualdad total.

Este esquema teórico, sin embargo, tiene que enfrentar un problema. En las estadísticas de distribución del ingreso en todo el mundo, incluso en las que utiliza Piketty, la mayor parte del 1% más rico de la población no incluye sólo a los capitalistas que viven de las rentas del capital, sino que incluye a trabajadores que reciben altos sueldos. La respuesta del francés es la siguiente: estos trabajadores son hoy la consecuencia y mañana serán la causa de la concentración del capital y del aumento de la desigualdad de ingresos. Son consecuencia pues la concentración del capital permite la formación de grandes empresas, frecuentemente monopolios. El volumen de dinero controlado por ellas es tan grande que algunas personas – sus líderes, sobre todo – tienen facilidad para aumentar significativamente sus sueldos, sin que eso afecte gravemente las finanzas de las empresas.

Esto es lo que explica los altos sueldos observados entre los gerentes de los fondos de inversión y ejecutivos de grandes empresas en Estados Unidos. El alto rendimiento de estas empresas permite que una pequeña parte de sus profesionales logre aumentar mucho sus sueldos y compensaciones. Los supersalarios de hoy serán la causa de más desigualdad mañana, porque la parte no consumida de ese ingreso será invertida, convirtiéndose en capital y realimentando el proceso.

El horizonte que resulta de este esquema no es alentador. Si nada se hace para controlar la desigualdad, ella seguirá aumentando y la sociedad se volverá cada vez más patrimonialista. Serán los propietarios los que comandarán la economía y no los productores e innovadores. Mientras más la propiedad se vuelva un factor dominante sobre la vida de las personas, más la riqueza que proviene de ella será capaz de influir en la economía, pero también en las acciones del gobierno y de la legislación. Esto es así, porque la concentración de riqueza afecta adversamente la dinámica política y las oportunidades económicas.

La dinámica de acumulación es tan fuerte y los mecanismos de redistribución tan débiles, que el ciclo de concentración se repetirá indefinidamente si es que no existe algún tipo de intervención pública. En este sentido, Piketty argumenta que los mercados no tienen ni los resortes ni los incentivos para detener ese proceso. Ellos deben ser controlados por instituciones, comenzando por el Estado. Para apoyar este razonamiento, Piketty invoca la historia de más de veinte países desarrollados: en periodos en que los mercados están desregulados, la desigualdad aumenta; en los períodos en que están regulados, la desigualdad disminuye. Un debate que antes se hacía de manera acalorada en el terreno de la especulación y de la ideología, ahora tiene más de 100 años de estadísticas exhaustivas como evidencia para desempatar la polémica.

La liberalización y la desregulación aumentan la desigualdad

Desde hace más de dos décadas que la desigualdad viene creciendo rápidamente en Estados Unidos e Inglaterra, así como en otros países desarrollados pero a menor velocidad. También crece en países en desarrollo, como India y China. Detrás de eso, dice Piketty, se encuentra el mecanismo que él identificó: las rentas del capital son superiores al crecimiento de la economía. El proceso comenzó con la liberalización económica, en particular con las reducciones de la progresividad de los impuestos. En EEUU, donde la tasa máxima de impuesto era de 90% entre 1944 y 1964, época en que la desigualdad era baja y el crecimiento era alto, se decidió reducirla a 40%. También cayeron radicalmente los impuestos sobre la herencia y la tributación sobre el patrimonio. El resultado fue un rápido aumento de la desigualdad. En los países en que estos cambios fueron menos radicales, la desigualdad no creció tan rápidamente.

La principal solución de Piketty para lo anterior se encuentra al final de libro: los impuestos. Esta es, por cierto, parte de la idea original de Kuznets que fue desechada por sus seguidores. Una de las maneras de reducir la desigualdad es construir un sistema tributario progresivo que idealmente sea capaz de estimular la inversión productiva y, al mismo tiempo, elevar la recaudación del Estado para así permitir mayores gastos en educación, salud y protección social.

Una de las maneras de reducir la desigualdad es construir un sistema tributario progresivo que idealmente sea capaz de estimular la inversión productiva y, al mismo tiempo, elevar la recaudación del Estado para así permitir mayores gastos en educación, salud y protección social

Esta idea había sido presentada en un libro anterior sobre Francia, “Pour une Révolution Fiscale”, de Camille Landais, Piketty y Emmanuel Saez, publicado en 2011. Pero ahora la preocupación es global. En pocas palabras, la recomendación es de aumentar progresivamente el impuesto a la renta, elevando las tasas máximas y reduciendo las alternativas de deducción, e implementar un impuesto global sobre el capital que alcanzaría incluso los paraísos fiscales.

Piketty y América latina

El enfoque del libro son las ricas economías de América del Norte y de Europa Occidental. La pregunta es: ¿Se puede aplicar esto a América Latina? En principio, pareciera que las cosas son bastante distintas: mientras que en EE.UU. la desigualdad aumentaba considerablemente, en varios países latinoamericanos la desigualdad caía. En Brasil hubo euforia con respecto a esta caída, encendida además por las contiendas presidenciales. Pero, ahora que la reducción de la desigualdad brasileña muestra señales de desaceleración, queda más claro que los ricos brasileños constituyen un factor muy importante para entender el problema. Después de todo, uno de los factores que frenó la caída el año pasado fue exactamente el aumento de ingresos del 1% más rico.

El análisis de Piketty pretende ser universal. Él habla de las “leyes generales del capitalismo” con la naturalidad que Newton trataba a la gravedad. Sí, la teoría se aplica a América latina, pero es bien posible que no del todo. Para mantener la simplicidad, el esquema básico de Piketty fue diseñado para un país aislado de los demás. Sin embargo, en todo el mundo, sobre todo en los países pequeños y subdesarrollados, una parte importante del capital de mayor rendimiento pertenece a empresas de países desarrollados, con lo que parte de las ganancias es remitida al exterior. Es difícil medir exactamente cuánto, pero un estudio de Gabriel Zucman calcula que 8% de toda la riqueza financiera global resulta de transferencias desde países pobres hacia países ricos como Estados Unidos y los de Europa, a través de paraísos fiscales. Trabajando juntos, Piketty y Zucman estimaron que un tercio de los ingresos del capital en Estados Unidos viene de inversiones realizadas en otros países.

Como parte de los ingresos del capital se traduce en remesas hacia el exterior, es posible que la desigualdad no se altere después de su concentración. Al remitir recursos al exterior, las economías subdesarrolladas exportan no sólo parte de su riqueza y potencial de crecimiento, sino también parte de su desigualdad.

En el libro de Piketty, Argentina es el único país de América Latina que se ha considerado. La razón es que en el país trasandino las estadísticas tributarias anónimas son públicas. Colombia también recibe atención, pero tan solo para un periodo reciente. En Brasil no se puede replicar el estudio, ya que la concentración del ingreso es secreta en las estadísticas oficiales. Las pocas informaciones recientes accesibles son de la década del 90, cuando el servicio de impuestos internos decidió publicar informes con datos generales sobre la distribución del ingreso declarada, del patrimonio y de los impuestos de Brasil. Ello mostró lo que ya se sospechaba: los ingresos son extremadamente concentrados, el patrimonio más aún. Lo que no se sabe es cómo ha evolucionado desde entonces, pues la transparencia tuvo una corta duración.

Sin embargo, la investigación sobre los ricos en Brasil avanza. Hoy en día está claro que no se necesita ser un faraón para estar en la cumbre de la pirámide social. Según el Censo del 2010, aquellas personas con sueldos de más de 5 mil dólares mensuales pertenecen al 1% más rico de los trabajadores. Hay quienes pueden resistirse a usar el término “rico” para ese grupo. Después de todo a la élite no les gusta asumir públicamente que es élite, pero el hecho indiscutible es que cualquier persona con ese sueldo se encuentra en el extremo más alto de la distribución del ingreso en el país.

El ingreso se concentra en cumbre de la pirámide. El Censo muestra que el 1% más rico de los trabajadores posee casi el 17% de todos los ingresos del trabajo del país. Los más ricos reciben más que la mitad más pobre de los trabajadores brasileños. Sin embargo, si se consideraran los rendimientos del capital, los cuales son muy mal captados por el Censo, la concentración sería más grande. Al parecer, Brasil es tan desigual como otros países muy desiguales. En Estados Unidos, donde se utilizan datos tributarios que captan mejor todos los ingresos de los más ricos, el 1% concentra más del 19% de los ingresos. Es evidente que para saber porque Brasil es tan desigual es importante saber por qué los ricos son tan ricos.

Parte de la explicación se encuentra en el Estado. Tenemos un sector público con capacidad razonable para realizar inversiones y gastos, pero que usa una pequeña parte de esa capacidad para fomentar la igualdad. Proporcionalmente, el poder público contribuye más a los ingresos de los 5% más ricos que a los ingresos de los 50% más pobres, aun si se consideran las transferencias de asistencia social. Es decir, por no ser suficientemente igualitario, el Estado contribuye al aumento de la desigualdad, en lugar de disminuirla. Servicios públicos, como la educación y la salud, mejoran la situación, es cierto, pero no son suficientes para revertirla.

El impuesto a la renta en Brasil es bastante progresivo y ayuda a frenar los niveles de desigualdad, pero poco en comparación a EEUU. Esto se debe a que la carga de los impuestos a la renta es baja, al contrario de lo que se suele decir. Los datos de Piketty muestran que los países desarrollados optaron por una carga tributaria directa mucho más alta que la nuestra cuando estaban todavía en el nivel en que nos encontramos hoy. Por otra parte, en estos países el patrimonio y las herencias siempre han tributado, pero en Brasil esos impuestos son de poca importancia. En Estados Unidos, gran parte de la educación pública es financiada con el equivalente a nuestro impuesto territorial, al tiempo que se ha generalizado la práctica de donaciones a fundaciones debido a que los impuestos sobre las herencias son elevados.

El 1% más rico

Todo indica que la desigualdad entre los ricos y el resto de la población es un tipo especial de desigualdad. Lo que tradicionalmente se utiliza para explicar las diferencias de ingreso entre los que pertenecen al 99% más pobre, no logra explicar la desigualdad entre el 1% más rico y el resto. Las diferencias en la educación, por ejemplo, permiten predecir razonablemente bien la diferencia de sueldos para la población en general. Pero, en el caso del 1% más rico, ese poder explicativo es menor. Ellos no son más ricos simplemente porque son más calificados. Tener una educación de buena calidad ayuda, pero no es suficiente para llevar a alguien a la cima de la pirámide. Tampoco las justificaciones convencionales para la riqueza son realmente capaces de explicar por qué algunas personas se encuentran en la parte superior de la distribución del ingreso. Trabajar duro o tener menos hijos, por ejemplo, no es suficiente para diferenciar los súper ricos del resto.

Una pista importante proviene de los estudios de movilidad social entre generaciones: los que están entre los más ricos de hoy, casi siempre provienen de familias que ya estaban entre las más ricas del pasado. La movilidad social en el país existe, pero es casi siempre de corta distancia. Muchos consiguen mejorar en su vida, pero rara vez logran un gran salto social. Esto también pasa entre los ricos: no todos los ricos de hoy nacieron en “cuna de oro”, pero casi todos crecieron en familias que vivían cómodamente. Esta reproducción resulta no solo de las herencias patrimoniales, sino también de un sinnúmero de factores que abren las puertas para que esas personas sean ricas (tiempo libre, redes sociales, hábitos culturales, más oportunidades de equivocarse y volver a empezar, etc.) que, de alguna manera, tienen relación con la riqueza de las generaciones pasadas. Al parecer, Piketty tiene toda la razón en lo que dice.

Las críticas al libro

A pesar de todo el éxito, El Capital en el Siglo XXI también ha recibido críticas. Parte de ellas tiene el mismo carácter dogmático de la doctrina de la Guerra Fría que asumió la previsión optimista de la curva de Kuznets como una verdad sagrada. No importa cuántos dinosaurios Piketty y sus colegas desentierren, está escrito que el mundo fue creado en siete días y que nos espera la tierra en la que fluyen la leche y la miel. Sea lo que sea que dicen los más de 100 años de estadísticas del libro, días mejores vendrán y cualquier posición contraria a esta idea es una herejía subversiva.

La parte de las críticas que realmente interesa es aquella que contrapone las ideas de Piketty con los avances recientes de las ciencias sociales. La desigualdad global es un ejemplo. El autor francés no da la debida atención a las investigaciones que revelan que la desigualdad entre países, es tanto o más importante que la desigualdad dentro de los países. Eso es muy importante porqué aquí la principal solución propuesta por Piketty para el problema de la desigualdad falla. La tributación de un país retiene los tributos dentro de ese país y, por lo tanto, no hace nada –al menos no directamente– para reducir la desigualdad entre países. Por ejemplo, al tributar a los ricos, el gobierno estadounidense estaría tributando ingresos que se obtuvieron en otros países y fueron llevados a Estados Unidos. Con eso, se reduciría la desigualdad en el propio país, pero no en el mundo. Una tributación global del capital para controlar eso, Piketty lo reconoce, seria una utopía distante.

El libro también subestima la importancia de la política y de las instituciones en la economía.

Hay factores determinantes que afectan directamente quién obtiene qué en la sociedad: la organización de los sindicatos, los subsidios directos e indirectos sobre la producción, la concentración en la distribución del crédito y de la infraestructura, las exenciones tributarias, las concesiones públicas, el control de las remesas de lucros y los acuerdos comerciales internacionales. Algunos de esos factores son citados, pero no están bien incorporados en el diagnóstico y tampoco en la solución propuesta a los problemas que identifica el libro. Ocurre que cuando el sistema tributario no es perfecto, no se puede omitir la importancia de esos determinantes para la formulación realista de políticas públicas.

Piketty es políticamente correcto, sobre todo para el público estadounidense y tal vez ello explique parte de su éxito. La propuesta que hace para el problema de la desigualdad se centra en el ámbito de la distribución, los impuestos, pero no en la esfera de la producción, vale decir, en la regulación directa. Piketty no da mucha atención al impacto distributivo de medidas más controvertidas, como la liberalización de la migración internacional, el control de sectores estratégicos de la economía, las políticas industriales, la reducción de privilegios garantizados por las patentes, e incluso las consecuencias de la guerra para asegurar precios estables de los recursos energéticos. Dentro de la academia americana hasta Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía en 2001, es más radical que él. Si bien es cierto que los impuestos son una herramienta importante para el control de la desigualdad, la excesiva focalización en la tributación resulta poco para quien que escribe con las pretensiones de Piketty. Piketty identifica muy bien el problema, pero sus soluciones son limitadas. El hecho es que las propuestas del libro no resultan de un debate tan largo, ni tampoco contaron con el apoyo de un equipo tan amplio y calificado como el que hizo el diagnóstico de la dinámica de la desigualdad. Su trabajo es exquisito y su libro es un éxito, pero Piketty habría tenido más gloria si hubiese seguido el ejemplo del autor de El Capital con K: las propuestas de solución de Marx fueron lanzadas en otras obras, separando aquello que es, de aquello que debe ser.

* Versión original en portugués del artículo del profesor Marcelo Medeiros en la revista Piauí, disponible en: http://revistapiaui.estadao.com.br/edicao-92/tribuna-livre-da-luta-de-classes-ii/piketty-e-nos

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Sobre el Autor

Marcelo Medeiros

Marcelo Medeiros

Profesor de la Universidad Nacional de Brasilia (UnB). Experto en desigualdad y consultor del IPEA (Instituto de Investigación Aplicada).