Mi pena por Chile

El sociólogo Guillermo Campero repasa sus años en nuestro país, destacando los grandes logros públicos, pero lamentado que a pesar de lo conseguido, con tanto dolor, no seamos capaces de rebelarnos en contra de la ausencia de solidaridad, ese vínculo indispensable para ser libres e iguales.


Guillermo Campero

Llegué a esta tierra a los cinco años de edad.

Mis padres y parte de mi familia habían sido exiliados por el Gobierno nacionalista revolucionario (MNR) que, en 1952, derrocó a la derecha en Bolivia, por la vía armada de campesinos y soldados.

Años después, de adolescente, comprendí mejor la importancia social y política de ese proceso que abrió las puertas a un mejor futuro para la mayoría de un pueblo que había sido, por mucho tiempo, dominado y abusado.

Pero en esa mañana de diciembre del año cincuenta y dos, sólo era un niño asustado, que junto a mi hermana, un año mayor, mis padres y un tío, luchábamos por subir a un tren en la estación de La Paz. Un tren que había venido desde un país llamado Chile para recogernos y ofrecernos asilo.

Esa mañana de diciembre del año cincuenta y dos, sólo era un niño asustado, que junto a mi hermana, luchábamos por subir a un tren en la estación de La Paz. Un tren que había venido desde un país llamado Chile para recogernos y ofrecernos asilo.

Mi papá y mi tío habían estudiado en la escuela de Medicina de la Universidad de Chile, conocían y querían a este país, y éste había respondido con generosidad a su petición de ser recibidos en la tierra en que fueron alumnos y vivieron mucho tiempo.

El tren era entonces un símbolo de esperanza. De salir del miedo que nos provocaba la furia de policías y milicianos que forcejeaban con mi padre y su hermano para impedirnos arribar al puente trasero del ferrocarril.

Finalmente logramos hacerlo. Un joven oficial a cargo del convoy empuño un arma y dijo con fuerza: ¡¡estas personas han tocado con sus manos este tren. Están en territorio chileno. Nadie puede impedirles permanecer!!

Y entonces vi de pronto una bandera que no conocía. Tenía una estrella blanca. Flameaba mientras nos alejábamos de esa estación y del temor que nos había provocado. Desde entonces me emociono cada vez que regreso a Chile desde algún lugar y la observo recibirnos de nuevo, en nuestra casa.

Me hice DC, después vino la sociología. Me di cuenta de lo plural que era Chile, pero también de lo desigual. Me fui a fundar el Mapu.

Estudié en un Liceo público. El José Victorino Lastarria, en Providencia. Allí aprendí lo que era el espíritu republicano, el valor de la democracia, y sobretodo el reconocimiento adquirido por el mérito.

Me hice demócrata cristiano, dirigente estudiantil en el Liceo. Después vino la sociología y la Universidad Católica. Fortalecí mi espíritu social cristiano, conocí entrañables amigos que venían de colegios privados de elite. Junto a mis compañeros de origen liceano hicimos con ellos fuertes lazos culturales. Me di cuenta de lo plural que era Chile, pero también de lo desigual. Me fui a fundar el Mapu con muchos de estos amigos.

Esta tierra tenía una fuerza histórica que penetraba a la mayoría de su gente. Una fuerza de civismo que no evitaba los conflictos de clase, pero que lograba finalmente procesarlos en el marco del orden republicano.

Esta tierra, que desde ese día de 1952 es mi país, tenía una fuerza histórica que penetraba a la mayoría de su gente. Una fuerza de civismo, incluso de amistad ciudadana, que no evitaba los conflictos de clase, a veces duros como las luchas obreras, o fuertemente simbólicos, como la toma de la UC a fines de los sesenta, pero que lograba finalmente procesarlos en el marco del orden republicano.

Un país crítico en muchas cosas, con razón, pero orgulloso de su Estado. De ese Estado que desde Pedro Aguirre Cerda en los 40’s hasta los setenta, había construido las grandes obras de infraestructura, creado la Corfo, Endesa, chilenizado el cobre, ampliado las líneas de ferrocarriles, fundado la Enami, incentivado el sentido social de la medicina y la educación pública, e intentado establecer un régimen de protección social, ciertamente limitado y no universal, pero orientado por el principio y la meta de la solidaridad distributiva. En fin, un país donde lo público, pese a sus carencias, tenía un sentido en la conciencia y la cultura de los ciudadanos.

Por eso, aspirábamos desde estudiantes a ser parte de quienes contribuían, desde el sector público, a continuar y profundizar esas obras. El mérito, y no la adscripción a un origen económico o social era la fuerza que nos convocaba para hacer realidad esa vocación.

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Fuimos parte de procesos llenos de logros y errores, como la Revolución en Libertad y posteriormente la Unidad Popular. Pero con aciertos y equivocaciones, en ambos casos, la fuerza de los valores ciudadanos y republicanos, estaban siempre en el centro de nuestras esperanzas.

Fuimos parte de procesos llenos de logros y errores, Luego hicimos la transición desde la dictadura a la Democracia.

Por eso fuimos capaces de hacer la transición que hicimos desde la dictadura a la Democracia. De reconocer los equívocos y los fundamentalismos en que caímos. Pero también de rescatar lo profundo de la esperanza popular y ciudadana que estaba detrás de esos procesos de los sesenta los setenta.

Ahí estuvo la fuente de la lucha por los Derechos Humanos junto al Presidente Patricio Aylwin, a la modernización del Estado con Eduardo Frei; a la consolidación institucional de la democracia con el Presidente Lagos, y a la ampliación de la protección social en el primer gobierno de Michelle Bachelet.

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Difícilmente pueden darse períodos tan plenos de vitalidad, alegría, empuje, ganas de servir como entonces.

Y, aunque todo eso es fuente de energía y voluntad de seguir con más decisión, de pronto, me doy cuenta que, aun así, estoy sintiendo pena por Chile.

Pena por Chile, porque más allá de nuestros logros democráticos, y a pesar de los per cápita y de la movilidad social a crédito que hemos alcanzado y que otros celebran tanto, hoy, lo público, aquel sentido de la vida social tan poderoso, parece algo casi olvidado. Hasta se hace difícil para algunos hablar de ello.

Pena por Chile, porque más allá de nuestros logros democráticos, hoy, lo público, aquel sentido de la vida social tan poderoso, parece algo casi olvidado.

La medicina social y sus médicos, casi no existen; la previsión social está en manos privadas y enriquece a pocos a costa de muchos. La educación meritocrática languidece. Aquella vinculada a la adscripción económica florece. La primera casi no tiene oportunidades. La segunda cada vez más y para menos.

Siento que vivimos angustiados. De enfermarnos, de quedar cesantes, de no poder pagar una casa digna, de no lograr costear una educación básica y media de calidad, ni tampoco una superior, aunque se tengan los méritos, porque no se puede pagar. Y si se puede, la probabilidad es alta, que esa que sí se pudo costear, nos lleve a ser cesantes con diploma.

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Cada vez nos conocemos menos entre nosotros. Vivimos en ciudades segregadas. Ya no se puede ir de lo privado a lo público para conectarse con otros distintos. La casa y la plaza, el colegio y la iglesia están todos juntos, en un mismo gueto, para la misma gente que los habita. La ciudad son muchos mundos separados y distintos. Casi opuestos.

Hay algo que no anda bien o que anda muy mal, como dijo Tony Judt, ese brillante filósofo y politólogo alemán, radicado en los Estados Unidos y fallecido hace unos años. Aquí son muy pocos quienes lo han leído.

Tengo pena por Chile, porque parece que nos hemos diferenciado tanto, y no de buena manera, que ya no nos reconocemos. En realidad el modo de vida que se ha impuesto con la religión neo liberal nos empuja a esa separación. La considera buena. Ojalá seamos sólo individuos, no personas. Winners y Lossers.

Tengo pena por Chile, porque parece que nos hemos diferenciado tanto, y no de buena manera, que ya no nos reconocemos.

Qué pena que Chile, con tanto logro conseguido, con tanto dolor vivido, y con la enorme oportunidad que nos abre hoy el coraje de Michelle, no sea capaz todavía de rebelarse con fuerza en pro de una buena vida, de una comunidad plural, con identidad común. Pero sobretodo contra la ausencia de la solidaridad. Esa fraternidad que es el vínculo indispensable para ser libres e iguales debiera volver a ser la estrella de Chile. Esa estrella que está siempre en mi corazón desde hace tantos años.

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Sobre el Autor

Guillermo Campero

Guillermo Campero

Sociólogo de la Pontificia Universidad Católica. Experto en Políticas Públicas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y consultor del PNUD.