Los riesgos de una nueva crisis financiera internacional

Diez años después de la crisis subprime, la directora general del FMI, Cristine Lagarde, admitió que “una nueva crisis es posible” (1), centrando su preocupación en el nivel de endeudamiento alcanzado, pues según ella las deudas de los Estados y de las empresas representan hoy 220% del PIB mundial, esto es, unos US$ 164 billones. Es decir 60% más elevado que en 2007. Por cierto, esta situación presenta graves riesgos para la economía mundial.


Por Alexis Guardia Basso

Como se ha recordado por estos días, la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers (15 de septiembre de 2008) arrastró al sector financiero de los Estados Unidos, obligando a un gigantesco rescate público para estabilizarlo. Pero, además, esta ola se propagó a Europa y al resto del mundo, generando la peor crisis económica después de gran depresión de 1929.

Sin embargo, dicha crisis había comenzado un año antes con el estallido de la burbuja conocida como “subprime”, originada a su vez por créditos hipotecarios otorgados a clientes riesgosos o insolventes. Luego se diseminó rápidamente en los balances de las instituciones financieras, con la complicidad de los reguladores y de las agencias evaluadoras de riesgo.

Hoy la mayor parte de los riesgos que crearon las turbulencias de 2008 han sido considerablemente atenuados. Los bancos han aumentado su capital y la transparencia de los balances ha mejorado. Según la directora general del FMI, “la capacidad de absorción de los shocks ha aumentado y los ‘stress test’ concebidos para testear la solidez de los bancos se han multiplicado. Los créditos riesgosos son menores, pero los riesgos se han desplazado a la periferia del sistema, desatando lo que se llama el “shadow banking”. Es decir, todos los intermediarios financieros que están fuera del sistema bancario tradicional, el cual es poco o mal supervisado” (2).

Las crisis financieras de envergadura no se reproducen mecánicamente por las mismas razones. A propósito de ello una personalidad muy influyente en el mundo de los negocios financieros decía: “en cuarenta y dos años pasados en los mercados financieros, yo he visto muchas crisis. Estas son raramente las mismas. Para mí los problemas de ayer no deberían ser los de mañana”.

Las nuevas amenazas

Los temores de una nueva crisis del sector financiero en el capitalismo desarrollado se han acrecentado, debido en buena medida a dos razones. Primero, la adopción de una política monetaria “no convencional”, para hacer frente a la contracción de la actividad económica, consistente en que los bancos centrales inyectaran masivamente una mayor liquidez, a fin de permitir tasas de interés más reducidas y acrecentar el endeudamiento privado. El efecto práctico fue que los bancos mejoraron su situación y emitieron nuevos papeles con bajo control del regulador.

La segunda razón es el impacto producido por la política económica del Presidente Trump, pues la baja de impuestos sobre las utilidades hizo saltar en 24% en el 2018 los beneficios por acción de las empresas. Por otra parte, la Reserva Federal de Estados Unidos aumentó la tasa de interés de referencia sobre el 2% y anticipa llevarla al 3% en los próximos meses, lo cual ha sido un aliciente adicional para que la “burbuja” se haya convertido en un imán para los flujos mundiales de capital. Todo ello trajo consigo un importante aumento en la bolsa de los Estados Unidos en los precios de las acciones y bonos. La información en curso es que “Estados Unidos recibe cada semana, desde abril 2018, en promedio, US$ 6.000 millones de capitales en acciones y US$ 3.000 millones en bonos; y los países emergentes US$ 2.000 millones en acciones y US$ 2.000 millones en bonos”.

La exportación de capitales y con mayor razón la fuga de capitales, deprecia el tipo de cambio, provocando aumentos de inflación y de las tasas de interés.

La situación expuesta tiene graves implicancias para las economías emergentes, como Brasil, Argentina, Chile, Turquía, India y otras, y con mayor razón para economías menos desarrolladas. La razón es simple: la exportación de capitales y con mayor razón la fuga de capitales, deprecia el tipo de cambio, provocando aumentos de inflación y de las tasas de interés para hacer frente a la coyuntura, todo lo cual repercute en una menor tasa de crecimiento; o simplemente lleva al estancamiento de la actividad y al aumento del desempleo. En el contexto de la estampida de capitales hacia Estados Unidos, se postergan inversiones que podrían haberse hecho en el país, o como en el caso de Argentina, genera recesión económica, donde la estabilidad se hace muy difícil.

Efectos en Chile

En el caso de Chile, se pretende hacer una reforma tributaria que propone, entre otras cosas, por la vía de pasar de un sistema semi integrado a otro integrado, devolver a las grandes empresas US$ 833 millones anuales, por concepto de pago parcial de tributos derivado de utilidades. Ello ocurre en un momento en que el contexto económico internacional ofrece un atractivo enorme para colocar los recursos indicados en el mercado financiero de los Estados Unidos y no en inversiones productivas en el país.

Citas:
(1) Revista Paris Match, 20 al 26 de septiembre de 2018.
(2) Ob. Cit, pag. 61.
(3) Larry Fink, en Le Monde del 20 de septiembre 2018; pág 3.
(4) Patrick Artus, en Le Monde del 25 de septiembre de 2018.
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Sobre el Autor

Alexis Guardia

Alexis Guardia

Economista de la Universidad de Chile. Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad de Paris IX. Dauphine.