Las tareas pendientes del sistema financiero chileno

A la alta concentración que se observa en el mercado financiero chileno hay que agregar la lenta reacción de los gobiernos y los reguladores para atender y en lo posible proteger a los usuarios de éste. Sobre este tema último tema, el economista Enrique Marshall Rivera lanzó una autocrítica, con ocasión del lanzamiento de su libro “Reflexiones sobre el sistema financiero chileno. Un recorrido por las últimas dos décadas”. El sistema “fue lento en reaccionar frente a una creciente demanda por protección de los consumidores”, afirmó el 8 de julio pasado, cuando lanzó el libro.


 

Enrique Marshall Rivera tiene una vasta trayectoria laboral y profesional en el ámbito financiero chileno. En su libro “Reflexiones sobre el sistema financiero chileno” (1), en vez de teorizar, entrega agudas observaciones como protagonista directo de lo ocurrido en la industria bancaria en los últimos 35 años, dado que -entre otras cosas- fue superintendente de Bancos, gerente general y vicepresidente del Banco Central y presidente de Banco Estado. Entretanto, también fue asesor de empresas y actualmente es director del programa de Magíster en Banca y Mercados Financieros, de la Universidad Católica de Valparaíso.

A continuación, P&E presenta parte de las reflexiones expresadas por Enrique Marshall con ocasión del lanzamiento en este libro.

“Los escritos que contiene (este libro) no surgieron desde un escritorio alejado del mundo real, sino desde la praxis, desde el ejercicio profesional como autoridad y como banquero, desde el campo de la toma de decisiones sujeta al escrutinio público, desde el lugar de los hechos, como diría un periodista. Pensé que debía llegar a un público amplio. Por ello, procuré usar un lenguaje sencillo, sin fórmulas matemáticas ni cuadros estadísticos, complejos de leer.

En lo personal, me ubico entre quienes piensan que los sistemas financieros son esenciales para el buen funcionamiento de la economía. Me resulta imposible concebir una economía moderna sin un sistema financiero desarrollado y de amplia cobertura.

Estimo que el sistema financiero chileno ha experimentado progresos muy significativos en los últimos 35 años. Además, ha brindado un invaluable apoyo al desarrollo económico de nuestro país en las últimas décadas. Incluyo en ello tanto el crecimiento como los avances sociales observados, que son muchos.

Cuando hablo del sistema me refiero a la banca, pero también al mercado de valores y a los inversionistas institucionales. También comprendo a otras entidades que han aportado lo suyo, como las cooperativas de ahorro y crédito, por las que he sentido siempre un particular afecto. Todos han ayudado mucho al desarrollo del país.

Debo reconocer que el sistema ha evolucionado en un ambiente de estabilidad, lo que es un logro no menor. Las crisis le imponen costos muy altos a los países y a su gente, particularmente a los más pobres. La estabilidad financiera que hemos observado por largos 35 años no es algo obvio, no es un regalo del cielo, y ha sido muy beneficiosa para el país.

Habiendo dicho lo anterior, debo reconocer que no todo ha sido perfecto ni color de rosa. Son muchas las observaciones, por no decir los reparos, que se pueden formular. Y por lo mismo, son muchas las tareas y desafíos por delante.

La inclusión financiera, por ejemplo, ha avanzado, pero no ha concluido. En algo muy relacionado, como la educación financiera, los progresos dejan bastante que desear. En otro orden, el acceso de las Pymes a los servicios financieros está todavía lejos de lo que quisiéramos, considerando el grado de desarrollo del país. En esta misma línea, estimo que el sistema ha reaccionado con cierta lentitud para dar respuesta a varios desafíos. Se demoró en traer las tarjetas de crédito. Se demoró en introducir las tarjetas de débito, no entiendo muy bien por qué, pero sospecho que se enredó con la tarificación. Fue lento en buscar una solución al modelo de negocios de Transbank, sabiendo que tarde o temprano la autoridad intervendría como efectivamente lo hizo. Fue lento en reaccionar frente a una creciente demanda por protección de los consumidores, con lo que facilitó la aplicación de un modelo que dista mucho de ser óptimo.

Somos uno de los pocos países del mundo donde la protección de los consumidores financieros está en manos de la misma agencia pública que fiscaliza los paquetes turísticos, los uniformes escolares, las compras de navidad y los servicios bancarios. Me parece un exceso. Por ello, me alegra mucho que la CMF (Comisión para el Mercado Financiero, entidad que fusionó a la Superintendencia de Valores y Seguros con la Superintendencia de Bancos) haya anunciado recientemente la creación de una unidad de alto nivel para la protección de los clientes. Ese es el camino que debe ser seguido.

Nos demoramos mucho, por ejemplo, en abordar el tema de las tarjetas de las casas comerciales; nos demoramos mucho en autorizar la tarjeta de prepago y al final llegamos tarde.

Esta lentitud también la han tenido los reguladores. Entro en un terreno complejo para mí porque fui regulador. Pienso que los fiscalizadores han sido, perdón, debiera decir, hemos sido, lentos en hacernos cargo de ciertos temas. Nos demoramos mucho, por ejemplo, en abordar el tema de las tarjetas de las casas comerciales; nos demoramos mucho en autorizar la tarjeta de prepago y al final llegamos tarde. En un tema más actual, nos hemos demora mucho, quizá demasiado, en aplicar las normas de Basilea III. Y podría continuar.

Decía previamente que la inclusión financiera no ha concluido. En esa línea, me preocupa mucho que, como resultado del proceso de transformación digital en marcha, dejemos abajo a muchos clientes que todavía prefieren los canales tradicionales. La transformación digital es bienvenida porque tiene mucho que aportar, pero no descuidemos a los clientes que quieren seguir operando a través de canales presenciales porque todavía son muchos. Es un deber de la banca acompañar a todos los chilenos, a los más avanzados y a los menos avanzados en materia digital.

No podría dejar de hacer una mención a Banco Estado donde trabajé por casi tres años. Banco Estado es un buen ejemplo de una forma correcta de hacer las cosas. Es expresión de un modelo de cooperación público-privada, alejado de visiones extremas o maximalistas. Como lo digo en el libro, Banco Estado es expresión del sentido común nacional. Sin perjuicio de ello, debo reconocer que este requiere ajustes y perfeccionamientos, especialmente en su gobierno corporativo, porque ha pasado mucho tiempo sin ser remozado.

También quisiera mencionar al Banco Central. Después de haber prestado servicios en esa gran institución por 13 años, abrigo la esperanza de que las deliberaciones y decisiones constitucionales que se adopten próximamente conduzcan a reafirmar su plena autonomía. El Banco Central nació autónomo en 1925. Se extravió en el camino por razones que no es del caso comentar ahora. Volvió a ser autónomo en 1989 y debe mantener ese carácter en el futuro, por el bien del país.

Escrutinio público

En otro orden, el sistema financiero ha estado sometido siempre a un fuerte escrutinio público. Esto no debiera sorprender en demasía porque los banqueros y los prestamistas nunca han sido muy queridos por la gente, entre otras cosas, porque deben cumplir la ingrata tarea de cobrar los créditos. Eso viene desde tiempos muy remotos. El préstamo con interés fue estigmatizado por todas las grandes religiones monoteístas en tiempos pasados. Y, como se sabe, le costó mucho abrirse camino en nuestra cultura judeocristiana. La ciencia económica fue clave para romper esos estigmas.

Por otra parte, el escrutinio público hacia la banca, lejos de atenuarse, se ha intensificado en los últimos años y esa tendencia va a continuar. Por ello es fundamental que el sistema preserve los estándares de conducta, cuide las relaciones con sus clientes, promueva y preserve la competencia, en fin, que esté atento y reaccione prontamente para resolver los problemas que se puedan incubar antes que éstos se transforman en inmanejables.

En esa línea, un tema de máxima importancia es el de la ética empresarial aplicada a la banca. Reconozco que tiene complejidades, pero no puede ser soslayado. Los conflictos de interés y los dilemas de política están presentes en este sector, más que en otros, y ello debe ser abordado como corresponde. Algunos piensan que todo se remite a cumplir con las normas legales, los contratos firmados y el decálogo. A mí me parece que esta es una materia algo más compleja. En el libro se articulan algunas ideas, con el debido respeto hacia una disciplina que no es la mía. Pero es gran tema de futuro.

Con todo, me parece importante señalar que debemos ser cuidadosos cuando le pedimos o exigimos cosas a los bancos. Estos no son instituciones de beneficencia ni de caridad. Trabajan con dinero que es principalmente de los depositantes. No les podemos pedir que resuelvan todo tipo de problemas, de salud, pensiones, educación y tanto otros. Para eso están las políticas públicas. Exijamos a los bancos todo lo que corresponde, sin trepidaciones, pero no les pidamos lo imposible.

A propósito, pienso, a diferencia de muchos, que la banca ha tenido un comportamiento bastante satisfactorio en esta coyuntura. Dudo que alguna economía emergente pueda exhibir el número de créditos reprogramados o créditos nuevos que ha otorgado la banca nacional. El crédito comercial crece hoy a una tasa de dos dígitos, en circunstancias que la economía está en recesión. Eso no lo cuenta cualquiera.

En otro ámbito, un tema que debe ser seguido con atención es el de la competencia. Preservar un ambiente de competencia es esencial. Es lo que garantiza la legitimidad y sostenibilidad del sistema en el largo plazo. Cuando se cuestiona a los bancos por el nivel de las tasas de interés o las comisiones cobradas, la mejor respuesta, quizá la única respuesta convincente, es señalar que ello no es la imposición unilateral de nadie, sino la resultante de una sana y libre concurrencia de proveedores y clientes.

En otro orden de conceptos, la incorporación de nuevas tecnologías ha avanzado mucho en el curso de las últimas décadas. La forma de hacer banca ha ido evolucionando. La transformación digital marcará la pauta en los próximos años. Es muy probable que el Covid-19 acelere ese proceso. Ya hay indicios de ello.

Una última reflexión. Los desafíos por delante son enormes y se ubican principalmente en los campos de la inclusión, la competencia y la transformación digital. Si todos, autoridades, banqueros y clientes, fuimos capaces de reconstruir el sistema financiero, después de su completo colapso en 1982 y ubicarlo posteriormente en un muy buen nivel, no veo razones para que no se puedan abordar con éxito las tareas señaladas.”

 

(1) Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2020.

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Sobre el Autor

Editor Política & Economía