La reforma de la reforma griega

A corto y medio plazo, el aumento de la competitividad griega requiere remedios que eliminen ciertas restricciones impuestas a los exportadores. Un programa que identifique estas condiciones y proponga soluciones sería económicamente mucho mejor que el cumplimiento a ciegas de la lista de reformas estructurales confeccionada por la troika, formada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI.

Dani Rodrik

El nuevo Gobierno de Grecia, encabezado por Syriza, se opone a la austeridad y representa para la Eurozona una amenaza que hasta ahora no había tenido que afrontar: tratar con una administración nacional que se encuentra fuera de la corriente tradicional pro europea. Syriza es en muchos sentidos un partido radical y frecuentemente se califican sus ideas sobre política económica como de extrema izquierda, pero su posición sobre la deuda y la austeridad ha contado con el apoyo de muchos economistas mainsteam tanto de Europa como de Estados Unidos. Entonces, ¿qué es lo que diferencia a Syriza?

Todas las negociaciones entre deudores y acreedores incluyen, en alguna medida, actitudes altaneras y matonescas, pero el rebelde Ministro de Hacienda griego, Yanis Varoufakis, ha planteado con audacia su posición ante los medios de comunicación y el público, dejando pocas dudas sobre su disposición a jugar fuerte.

Se califican las ideas de Syriza sobre política económica como de extrema izquierda, pero su posición sobre la deuda y la austeridad ha contado con el apoyo de muchos economistas mainsteam tanto de Europa como de Estados Unidos. 

Es de esperar que las negociaciones entre griegos y la “troika” (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional) traten principalmente de alcanzar un acuerdo relativo a los aspectos económicos de la situación, pero eso sería hacerse muchas ilusiones. Los alemanes, junto con otros países acreedores más pequeños, no están dispuestos a relajar la condición de austeridad, y se han mostrado inflexibles respecto que una “reforma estructural” siga siendo una condición para un nuevo financiamiento. Piensan que ofrecer condiciones más fáciles sería económicamente contraproducente, entre otras cosas, porque brindaría una oportunidad a los griegos de volver a los antiguos malos caminos.

Ministro de Hacienda griego, Yanis Varoufakis.
Ministro de Hacienda griego, Yanis Varoufakis.

Lo que estamos presenciando no es una discusión económica racional, sino un simple regateo, donde prácticamente la única carta para negociar que tiene Varoufakis es la amenaza implícita de que Grecia podría abandonar el Euro. La amenaza es sólo virtual; la mayoría de los griegos no quiere dejar la zona euro, y Varoufakis y el Primer Ministro, Alexis Tsipras, han procurado últimamente no ahondar es esas intenciones, pero sin la amenaza, las demandas de del Ministro, haciendo valer la legitimidad democrática de sus propósitos, no encontraría respuesta en Berlín, Frankfurt ni Bruselas. Syriza no tendría otra opción que continuar con el programa económico para cuya revocación fue elegido.

 Lo que estamos presenciando no es una discusión económica racional, sino un simple regateo, donde prácticamente la única carta para negociar que tiene Varoufakis es la amenaza implícita de que Grecia podría abandonar el Euro.

Que la amenaza de la salida de Grecia del Euro sea eficaz depende de dos condiciones. En primer lugar, que Alemania y otros miembros de la Eurozona, lo consideren un gran riesgo para ellos mismos. En segundo lugar, que un regreso al dracma ofrezca la perspectiva de que la economía griega acabará mejorando por sí sola más que dentro de una unión monetaria (y con el programa económico vigente). A falta de la primera condición, la zona euro responderá a Grecia así: “Por favor, márchese”. A falta de la segunda, la amenaza de Grecia no será creíble.

Aquí es donde la economía vuelve a escena. Examinemos la primera condición. Algunos observadores parecen haberse convencido de que cualquier efecto indirecto de la salida de Grecia sería manejable. Grecia es pequeña, y además, está en una situación extraordinariamente desesperada, por lo que es posible que otros miembros frágiles (España, Portugal e Italia) se libren del contagio financiero y la viabilidad del euro no resultase afectada dramáticamente.

 La eficacia de la amenaza de la salida de Grecia del Euro depende de dos condiciones. Que Alemania y otros miembros de la Eurozona lo consideren un gran riesgo para ellos mismos, y que un regreso al dracma ofrezca la perspectiva de que la economía griega mejorará por sí sola más que dentro de una unión monetaria. 

Pero las consecuencias son imprevisibles y los costos de cualquier efecto dominó son potencialmente tan grandes, que a Alemania y a los otros acreedores no les interesa presionar a un escenario que presente la salida de Grecia. Al contrario, administrar el desmembramiento de la Zona Euro es una de las peores pesadillas de la Canciller de Alemania, Angela Merkel.

La segunda condición, relativa a los efectos en la economía griega, resulta más difícil de apreciar con claridad. Aquí también hay muchos escenarios desastrosos. La salida de Grecia requeriría controles de capitales y su aislamiento financiero, al menos durante un tiempo. La incertidumbre sobre las políticas y los precios podría producir una conmoción muy negativa en la economía real y provocar niveles aún mayores de desempleo.

Pero hay ejemplos claros de resultados económicos positivos tras la ruptura de un vínculo monetario similar. Gran Bretaña abandonó el patrón oro en 1931 para poder relajar las condiciones monetarias y reducir los tipos de interés, y le fue mejor que a los países que retrasaron su salida. Argentina, el 2001, abandonó su tipo de cambio fijo frente al dólar y experimentó una recuperación rápida después de dos trimestres malos.

Hay ejemplos claros de resultados económicos positivos tras la ruptura de un vínculo monetario similar. Gran Bretaña abandonó el patrón oro en 1931 para poder relajar las condiciones monetarias y reducir los tipos de interés. Argentina, el 2001, abandonó su tipo de cambio fijo frente al dólar y experimentó una recuperación rápida.

En los dos casos, la recuperación de la soberanía monetaria permitió disponer de una divisa más competitiva, lo que, a su vez, aumentó la demanda de exportaciones y contribuyó a la recuperación económica. Con la salida de Grecia, la mayor esperanza sería algo similar, un impulso a la competitividad exterior. El Gobierno griego tiene un margen limitado para estímulo fiscal y quedaría excluido de los mercados financieros. Una divisa más barata podría, en principio, corregir los efectos de la austeridad.

La depreciación de la divisa funcionaría mediante la reducción interna de los costos en divisas. Uno de dichos costos se ha reducido ya en gran medida en Grecia. Desde el comienzo de la crisis, los salarios griegos han bajado más de un 15%, proceso denominado, con bastante propiedad, devaluación interna. Sin embargo, la reacción en materia de exportaciones ha sido decepcionante. Aunque el enorme déficit de cuenta corriente del país ha desaparecido, esto refleja más un desplome de las importaciones, como consecuencia de la austeridad, que un auge en las exportaciones.

 Un programa griego que ofrezca un plan substituto y creíble frente a la permanencia en la Zona Euro en las condiciones actuales, fortalecería la posición negociadora de Grecia en pro de un acuerdo que garantice que su salida no ocurrirá.

Este dato por sí solo indica que volver al dracma podría no ayudar demasiado a Grecia. Las exportaciones griegas parecen haberse topado con otros factores. Costos energéticos mayores (por el aumento de los impuestos al consumo y a las tarifas de la electricidad), paralización del crédito, especialización en mercados de exportación estancados, y una generalizada incertidumbre en materia de políticas, parecen haber jugado un importante rol. En consecuencia, los precios de las exportaciones griegas no han bajado tanto como los salarios. La salida del euro podría ser positiva en relación con algunos de dichos costos, pero agravaría otros (como por ejemplo la incertidumbre en materia de políticas).

A corto y medio plazo, el aumento de la competitividad griega requiere remedios que eliminen ciertas restricciones impuestas a los exportadores. Un programa griego que identifique estas condiciones y proponga soluciones sería económicamente mucho mejor que el cumplimiento a ciegas de la lista de reformas estructurales confeccionada por la troika. Además, ofrecería un plan substitutivo y creíble frente a la permanencia en la Zona Euro en las condiciones actuales, fortaleciendo la posición negociadora de Grecia en pro de un acuerdo que garantice que su salida no ocurrirá.

Traducción: Felipe Veas

Fuente: project-syndicate.org

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Sobre el Autor

Dani Rodrik

Dani Rodrik

Economista. Profesor de Ciencias Sociales en el Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton. Autor de muchos libros, entre ellos, La Paradoja de la Globalización: Democracia y el Futuro de la Economía Mundial.