La productividad frente al debate por la reducción de la jornada laboral

En respuesta al apoyo popular que ha recibido la propuesta legislativa de reducir la jornada laboral a 40 horas semanales, algunos economistas como Rodrigo Valdés, ex ministro de Hacienda en el segundo gobierno de Michelle Bachelet, argumentan que esta idea chocaría con la lógica de la teoría económica. Sin tomar en cuenta el efecto en la productividad, cabe suponer que esta la lógica corresponde al contexto de la teoría económica liberal clásica, que postula la mayor libertad posible para los empresarios, aun a costa del bienestar de los trabajadores.


 

Por Niccolo Moro

En una reciente columna de opinión publicada en el diario El Mercurio, el ex ministro de Hacienda durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet, Rodrigo Valdés, ha sostenido que la teoría económica sugiere que “la reducción de la jornada generará ajustes salariales que podrían atenuar tanto los impactos positivos que esperan algunos, como los negativos que temen otros” (1). Enseguida hace una diferencia entre los trabajadores ya contratados y los que están en vías de conseguir un empleo. Los más perjudicados serían estos últimos, a diferencia de los primeros.

El primer efecto de la reducción de la jornada laboral de 45 a 40 horas semanales sería una mejora del salario/hora de al menos 11%, en el caso de los trabajadores contratados. Se trataría de un alza significativa, considerando que en los reajustes normales que resultan de las negociaciones colectivas, las mejoras salariales oscilan entre 2 y 3%, cuando se negocia un un nuevo contrato colectivo.

En contraste con lo anterior, en el caso de los trabajadores que obtuvieran un empleo estable luego de aprobada la reducción de la jornada laboral, “el mercado reaccionará reduciendo inmediatamente los salarios de contratación, de manera proporcional a la reducción en horas (…)”. Según Valdés, “considerando que la duración promedio de las relaciones laborales en Chile es de solo 40 meses, muchos trabajadores pasarán a ser de este grupo en los próximos años”.

En suma, para el ex ministro las empresas pierden, pero menos de lo que a primera vista se cree, debido a que compensarán el mayor costo fijo por salarios con reducción de éstos, para el caso de los trabajadores nuevos, o pagando salarios más bajos para los casos de trabajadores nuevos, contratados para suplir la baja en las horas legales de la jornada laboral. Por lo tanto, a juicio de Valdés, “los trabajadores que mantienen sus contratos vigentes ganan, aunque no para siempre” y los trabajadores con contratos nuevos “tienen más tiempo libre, pero reciben salarios menores”.

Además de lo anterior, Valdés observa otros riesgos, bastante perjudiciales para la economía. Cita como ejemplo la posibilidad de que surjan barreras (o resistencias) para la baja salarial, lo cual derivaría en “un periodo de menor producción y empleo”. Y en el caso en que los salarios se igualen a nivel de industrias (sectores productivos), “los sectores con mayores costos fijos por trabajador serán perjudicados”.

Omisión de una palabra clave

Usando la óptica de la teoría clásica, las aprensiones del ex ministro Valdés parecen razonables, sobre todo para una economía como la chilena, que presenta graves falencias en materia de productividad (2).

Sin embargo, el ex ministro Valdés no menciona una palabra sobre los posibles efectos de la reducción horaria en la productividad, al menos en la citada columna. ¿Será porque está sutilmente interesado en defender la posición de los empresarios, quienes se oponen a esta propuesta? ¿O porque cree que la reducción de la jornada laboral no tiene un impacto positivo en la productividad, desconociendo las experiencias de otros países que han hecho esto mismo y aun así la han mejorado?

En el peor de los casos, el ex ministro Rodrigo Valdés sería uno más de los economistas absorbidos por la cultura empresarial chilena, más proclive a controlar los costos que a aumentar la productividad.

En el peor de los casos, el ex ministro Rodrigo Valdés sería uno más de los economistas absorbidos por la cultura empresarial chilena, más proclive a controlar los costos que a aumentar la productividad para obtener mayores márgenes de ganancias. Al parecer, Valdés no cree importante que en la generalidad de los casos en que ocurren aumentos en productividad (independientemente de las horas trabajadas), tanto los patrones como los trabajadores ganan. Estos últimos, debido a que las ganancias en productividad se reparten entre quienes las generan, debido a que forman parte de las metas, individuales y/o colectivas, que acuerdan los empleadores con sus trabajadores.

Son pocos los casos de empresas en que los incrementos de productividad no benefician también a los trabajadores y más temprano que tarde éstas son denunciadas como centros de explotación laboral, en los cuales los sindicatos no son permitidos. Esto ya está ocurriendo con algunas empresas de tercerización de servicios, debido a que han estado presionando a sus trabajadores para firmar un nuevo contrato de trabajo, en condiciones menos ventajosas para éstos, como una manera de “protegerse” ante la eventualidad que se apruebe la propuesta legislativa de reducir la jornada de trabajo a 40 horas semanales.

Con el paradigma clásico de empresa que sigue arraigado en Chile, el empresario echa mano a la contención de costos vía reducción salarial o despido de trabajadores. Y no son pocos los casos en que para generar un mayor renta a su favor, se obliga a los empleados a trabajar horas extras, o a realizar labores que van más allá de su relación contractual, escamoteando parte de la plusvalía generada por el trabajador.

Este paradigma está muy lejos de los modelos de empresas centradas en la productividad, cuyo beneficio es compartido por empleadores y empleados. Este modelo de corte distributivo se formaliza con la suscripción de algún documento en que se establece que el trabajador obtendrá una remuneración o renta variable extra, junto con el ingreso plano que establece su contrato.

Por lo menos lo que suele observarse a través de los medios de comunicación, en Chile existe la creencia que la mayor responsabilidad en la generación de aumentos de productividad descansa en los trabajadores, lo cual es desmentido por la realidad de otros países, sobre todo europeos. En estos países el liderazgo para lograr los aumentos en productividad lo tienen los empresarios, los patrones y/o controladores de empresas. Esto porque son quienes representan a los dueños del capital y son, por lo tanto, los principales responsables para hacerlo rendir.

Los trabajadores son aliados y colaboradores del empleador, que entregan sus energías y conocimientos para cuidar el capital y permitir que genere las ganancias esperadas por sus dueños. Por esta tarea, reciben una remuneración, que debe ser equivalente al esfuerzo desplegado. A su vez, cuando este esfuerzo se traduce en un mayor valor agregado proveniente de la eficiencia, de  la creatividad, del compromiso, de la capacidad innovadora, de la responsabilidad en el uso de los recursos e incluso de la honestidad, el empleador le debe un reconocimiento a sus dirigidos a través de una mejor remuneración.

Con el apoyo de diversas métricas y técnicas contables es posible valorizar el aporte que cada trabajar retribuye al capital, momento en que responsablemente el empleador debe proceder a recompensar a sus colaboradores, distribuyendo parte de las ganancias expresadas en una remuneración variable.

Sin embargo, en el arraigado modelo clásico de empresa que prevalece en Chile, y que al parecer defiende el ex ministro Valdés, este tipo de valuación del trabajo y de distribución de excedentes no tiene cabida. Por eso tal vez omitió la palabra productividad en su columna de opinión.

Como epílogo, queda la desazón de observar que en Chile aún es posible ver empresarios que creen que sus empresas son vacas lecheras que hay que ordeñar hasta que éstas sean capaces de mantenerse en pie. Y cuando estos animales no dan más, trasladan rápidamente su inversión a otro negocio que les dé igual o mayor rentabilidad. En ambos casos el facilismo rentista se impone a la tarea difícil de generar las condiciones para aumentar la productividad y con ello la sostenibilidad de las empresas.

 

Notas:
(1)   Diario El Mercurio, 14 de septiembre de 2019.
(2)   Respecto del pobre desempeño de la productividad en Chile, se sugiere consultar la columna de Claudia Sanhueza, publicada en la sección Pulso, del diario La Tercera, el 15 de septiembre de 2019.
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Sobre el Autor

Editor Política & Economía