La pista despejada para la restauración del modelo neoliberal

En la elección presidencial del 17 de diciembre pasado Sebastián Piñera obtuvo 3.792.747 votos (54,57% por ciento), cifra superior en 1.375.531 votos respecto de lo que obtuvo en la primera vuelta, realizada el 19 de noviembre. La pregunta de rigor es ¿de dónde salieron estos votos extras para Piñera? Por su parte, el candidato derrotado del oficialismo Alejandro Guillier logró 3.156.956 votos, con el 45,43% del total de sufragios válidamente emitidos. Y otra pregunta de rigor es ¿por qué perdió y qué le espera ahora a la coalición de centroizquierda que aún lidera la Presidenta Michelle Bachelet?


Por Hugo Traslaviña

Son muchas las interrogantes que surgieron luego de la segunda vuelta de la elección presidencial realizada el 17 de diciembre en Chile. Entre otras, por qué la centroizquierda (que se mantendrá en el poder sólo hasta el 11 de marzo de 2018) no logró capitalizar los llamados “legados” del actual gobierno que encabeza Michelle Bachelet, los cuales se resumen en las reformas tributaria, educacional y laboral; y dos, ¿por qué el discurso y las propuestas del candidato Alejandro Guillier no lograron cautivar a un mayor número de adherentes para que concurrieran a las urnas.

Esta última pregunta tiene asidero al considerar la elevada cifra de abstención electoral que en esta oportunidad fue del 51%. Quizás, gran parte de los 7.320.972 votantes que se abstuvieron pueden catalogarse de escépticos; otros tantos de abúlicos y tal vez un pequeño porcentaje de anarquistas. Y por qué no también, un porcentaje no despreciable puede haber estado en condición de indecisos.

Lo que está claro es que Piñera logró movilizar a las urnas a una proporción importante de éstos últimos, quizás unos 800.000, los que se sumaron a los votos trasvasijados del candidato de extrema derecha, José Antonio Kast, quien salió en cuarto lugar en la primera vuelta, el 19 de noviembre: no menos de 500.000 votos.

En primera vuelta Piñera sacó 2.416.054 votos, con el 36,6%; y Kast 522.946, con el 7,9%, lo que suma 2.939.000 sufragios, equivalentes al 44,5% del total emitidos en esta disputa preliminar. ¿Cómo lo hizo entonces Piñera para saltar diez puntos porcentuales más, para llegar al 54,47% en segunda vuelta y totalizar 3.792.747 votos? La respuesta más probable es que sumó indecisos y logró trasvasijar votos desde el centro, sobre todo de la Democracia Cristiana y de los independientes que tal vez no votaron por él en primera vuelta.

Viraje del discurso de Piñera

La otra pregunta es ¿qué motivó a los centristas e independientes a inclinarse en favor de Piñera? En este caso la respuesta más probable es que hayan sido capturados por el viraje en el discurso que ensayó Piñera en la campaña de segunda vuelta, en que claramente se abrió a algunas reformas sociales clave, en educación, previsión y salud. Incluso, en esta fase decisiva no abominó de las reformas de Bachelet, las que meses antes había dicho que estaban mal hechas y que en su eventual gobierno se encargaría de rectificarlas. En la campaña decisiva eliminó también las críticas a la reforma tributaria de Bachelet y uno de sus probables ministros, Rodrigo Vergara (ex presidente del Banco Central), se mostró partidario de crear una AFP estatal.

Pero quizás lo que más incidió para que los indecisos salieran a votar por Piñera, como también a los militantes y simpatizantes más conservadores de la Democracia Cristiana, fue el pánico. Sí, el pánico que recorrió los hogares de los sectores moderados, cuando luego de la primera vuelta atisbaron que la vía más segura para que el candidato oficialista Alejandro Guillier pudiera derrotar a Piñera, era conquistando los votos del Frente Amplio, cuya abanderada Beatriz Sánchez obtuvo un inesperado 20,27% en primera vuelta (1.336.662 votos). Aun así, pudieron faltarle votos a Guillier, porque por simple aritmética al sumar los de Sánchez con los de Guillier (1.496.560), este se acercaba al 42,47%, con 2.833.222 sufragios. Esto es, levemente por debajo de la suma de votos de Piñera y Kast.

Juntando votos de centroizquierda

Por lo tanto, ¿de dónde saldrían los otros votos para que Guillier pudiera superar al candidato de derecha? Simplemente del trasvasije de votos de los otros candidatos de centroizquierda que compitieron en primera vuelta: Carolina Goic, de la Democracia Cristiana y de Marco Enríquez-Ominami, del Partido Progresista. La primera obtuvo 387.664 sufragios (5,88%) y el segundo 376.406 votos (5,71%). Marginalmente, los otros candidatos de izquierda, Eduardo Artés y Alejandro Navarro, bien pudieron haberle aportado 57.770 votos a Guillier, en segunda vuelta.
Por lo tanto, si en segunda vuelta hubiesen ido todos los votos de la centroizquierda captados en la primera vuelta, Guillier habría sumado 3.655.062 preferencias. Pero la realidad es que logró 3.156.956 votos, es decir, 498.106 menos que aquella suma lineal. ¿Cómo y por qué entonces Guillier tuvo esta merma de votación, en su propio sector de centroizquierda, de casi medio millón de votos? Las alternativas son dos: una, fue menos gente de este sector a votar el 17 de diciembre; y dos, una parte de estos votantes se cambiaron de bando y votaron por Piñera.
Al revisar los resultados, llama la atención que en regiones del Norte (de Arica hasta Coquimbo), donde la izquierda siempre ha sido mayoría, Piñera le ganó a Guillier. De las 15 regiones del país, las únicas dos en que se impuso el candidato oficialista fue en las del extremo Sur, Aysén y Magallanes, donde la cantidad de votantes es comparativamente baja.

Riesgo para sectores moderados

Esto último pudo haber sido resultado del viraje de la campaña en segunda vuelta, centrada esta vez en la conquista de votos del Frente Amplio, conglomerado joven de izquierda que presentó propuestas radicales, como la eliminación de las AFP, un mayor rol del Estado en la economía (incluyendo la estatización de una empresa) y un impuesto especial a los súper ricos. Con ello, el candidato Guillier, independiente declarado y de estampa moderada, habría sido visto como un riesgo para los votantes del centro. Y en la derecha una amenaza para el sistema neoliberal, parte de cuyos potenciales votantes escépticos esta vez habrían salido de su zona de confort y fueron a votar por Piñera.

El candidato de la derecha se presentó como el restaurador del crecimiento económico, del empleo, de las inversiones y de la mejora en las condiciones de vida de los chilenos.

Otro factor que tuvo una alta incidencia en el triunfo de Piñera fue el económico. Dada la débil tasa de crecimiento del PIB (1,8% en promedio), que según el gobierno de Bachelet se explica por el ciclo de baja del precio del cobre, el candidato de la derecha se presentó como el restaurador del crecimiento económico, del empleo, de las inversiones y de la mejora en las condiciones de vida de los chilenos. Aunque poco y nada haya dicho de cómo seguir eliminando las brechas de desigualdad, este mensaje fue leído por los votantes de clase media, los indecisos y los escépticos, como una oportunidad para mejorar sus condiciones de vida.

Enfoque marxista

En este contexto, es posible que cada vez más tengan razón algunos analistas (1) que valiéndose de categorías de análisis marxistas, han planteado que en Chile el modelo económico neoliberal llegó a un punto de madurez, cuyas condiciones materiales de existencia lograron penetrar sutilmente en la superestructura de los amplios sectores de ciudadanos que día a día trabajan, consumen y abrigan sueños para lograr un mejor estándar de vida. De ser razonable este análisis, sería posible explicar los retrocesos de los gobiernos de izquierda en América Latina, luego que éstos agotaron el recurso fácil del mero asistencialismo (“cosismo”) para ganarse a las clases populares, sin impulsar cambios culturales en forma simultánea.

Hay otras numerosas preguntas circulando, no solo respecto de los factores que explican el triunfo de Sebastián Piñera y la derrota de Alejandro Guillier, sino también acerca del futuro, respecto de lo que le espera a Chile, ya que quedarían en categoría de revisión las reformas iniciadas en el segundo gobierno de Bachelet. Una de ellas, la que pretende perfeccionar el sistema previsional, dada las bajas pensiones que están recibiendo los pensionados del sistema privado (AFP) y otra es la reforma a la Constitución, que aún mantiene resabios y amarres autoritarios del texto que hizo aprobar Pinochet, en 1980.

Queda en el ambiente la incertidumbre de los nuevos rumbos que tomarán los partidos de centroizquierda que perdieron en estas elecciones: Democracia Cristiana, Socialista, Comunista, Radical, Partido Por la Democracia y otros menores que forman parte de lo que va quedando del bloque de Nueva Mayoría, el que dejará de existir formalmente el 11 de marzo del próximo año.
Por ahora los caminos que se abren para esta fuerza política que camina a su extinción son dos: formar un nuevo conglomerado de izquierda, que logre una suerte de alianza estratégica con el Frente Amplio; o un movimiento de centroizquierda, sin el Frente Amplio, pero que incluya a la Democracia Cristiana. Lo que está más o menos claro que este último partido, que en la década de 1990 fue el eje de la Concertación de Partidos por la Democracia, hoy está en franca decadencia y con serio riesgo de desintegrarse, debido al quiebre de su identidad histórica como partido bisagra entre la derecha y la izquierda.

Dada la estructura del sistema político al que ha empujado la actual institucionalidad electoral, que obliga a competir con grandes bloques de partidos, cualquiera sea el camino elegido, la centroizquierda tendrá al frente una derecha más cohesionada, más empoderada y ahora con una férrea voluntad para tratar de gobernar al menos por dos periodos seguidos.

 

(1) Ver opinión de Carlos Peña. El Mercurio, lunes 18 de diciembre de 2017, página C 2.
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Sobre el Autor

Hugo Traslaviña

Hugo Traslaviña

Periodista especializado en economía y finanzas. Se tituló en la U. Católica del Norte y cuenta con el grado de MBA de la U. Técnica Federico Santa María. Es profesor de la Facultad de Comunicaciones de la U. Central.