La Naturaleza de la Desigualdad

La principal desigualdad no es económica o social, sino que una consecuencia de la asimetría en la distribución del poder. Es la diferencia en la influencia, visibilidad y capacidad para participar en las decisiones. Dicho de otro modo, la democracia ha incumplido su más básica promesa: que las necesidades de los ciudadanos pesen de manera similar en la deliberación de los asuntos colectivos.


Jorge Navarrete Poblete

Sostengo que la principal desigualdad no es económica o social, sino que ésta es sólo una consecuencia de la asimetría en la distribución del poder en general, y del poder político en particular. La madre de todas las batallas es la desigualdad en la influencia, visibilidad y capacidad para participar en las decisiones. Dicho de otro modo, la democracia ha incumplido su más básica promesa: a saber, que las necesidades de los ciudadanos pesen de manera similar en la deliberación de nuestros asuntos colectivos.

Este deterioro de la democracia, que ha dado lugar a dictaduras y populismos de diversa orientación ideológica, tiene varias explicaciones, donde me interesa por ahora destacar sólo tres: la excesiva influencia del dinero en el espacio público, la pérdida de relevancia de las elecciones y la precariedad de nuestras instituciones frente al lobby o los grupos de presión.

 El deterioro de la democracia tiene varias explicaciones, pero me interesa destacar sólo tres: la excesiva influencia del dinero en el espacio público, la pérdida de relevancia de las elecciones y la precariedad de nuestras instituciones frente al lobby o los grupos de presión. 

El obsceno protagonismo del dinero en la política, tanto en la cantidad como en las formas -me refiero a la opacidad y la ausencia de límites- ha desvirtuado el principio básico de representación política, licuando los intereses de la mayoría y poniendo especial atención a los privilegios de una minoría. Lo anterior, profundizado por reglas del juego que tienden a perpetuar el poder de una cierta elite, ha dinamitado la confianza hacia la institucionalidad política y sus reales posibilidades de transformar la vida de las personas, convirtiendo a los procesos eleccionarios en ritos tan predecibles como irrelevantes. De esta forma, se consolidó la tendencia de que el interés de pocas personas, pero intensamente perseguido, será siempre más influyente y efectivo que el bienestar general, por definición más débil y difuso.

Esta cada vez más creciente particularización de la política, o privatización del espacio público, no sólo ha redundado en su irrelevancia y marginalidad -incapaz de contener, ordenar y procesar estas otras fuerzas- sino que ha acrecentado la brecha con los ciudadanos y el compromiso de éstos con su democracia.

Si la más dura desigualdad no es de ingreso o patrimonio, sino la que se refiere a las barreras y asimetrías para el acceso a redes, relaciones, tanto de visibilidad como de influencia, nuestro adversario -parafraseando a Michael Walzer- no es el monopolio, sino el predominio. No es tan significativo que en el ejercicio de la competencia ciertos ciudadanos sean definitivamente exitosos en un aspecto de la vida, incluso en desmedro de los demás. Lo complejo y difícil de aceptar es que, en nada más parecido a una alquimia social, por el hecho de triunfar en determinada esfera, eso necesariamente signifique que sean los mismos quienes siempre ganen en todas las demás.

El conocido eslogan de una tarjeta de crédito -“hay cosas que el dinero no puede comprar”- se ha transformado en una quimera para muchos de nuestros países. La generación de riqueza es un problema cuando ésta, además, compra salud, educación, prestigio, honor, dignidad, reconocimiento social, incluso, amor en muchos casos.  En esa colusión de factores, donde irrumpen las dos peores caras del predominio del dinero -me refiero al clasismo y el arribismo-, se torna dramático el resultado de lo que Rawls alguna vez llamó la lotería de la vida, siendo la cuna, ya no sólo un predictor del futuro de las personas, sino el de sus hijos e incluso también de los hijos de éstos.

Las dos peores caras del predominio del dinero -me refiero al clasismo y el arribismo-, se torna dramático, siendo la cuna, ya no sólo un predictor del futuro de las personas, sino el de sus hijos e incluso de los hijos de éstos.

La izquierda y la política

Consciente de que estoy haciendo una generalización -siempre injusta, pero también metodológicamente útil- la caída del muro, los socialismos reales y el triunfo empírico del capitalismo, produjo un quiebre que generó dos grandes corrientes.

La primera, una izquierda socialdemócrata, reformista y gradualista, que congregó a buena parte de nuestros intelectuales, técnicamente muy dotada, y que acometió un profundo proceso de renovación; a la que se ha acusado -y con justicia muchas veces- de ceder en demasía al contexto cultural e ideológico dominante, licuando su identidad y, por tanto, su capacidad para representar, escenificar y dramatizar los anhelos de aquellos más desprotegidos, generando una distancia que a ratos los hace irreconocibles o no muy diferentes a sus adversarios.

La segunda, más presente hoy en América Latina, revolucionaria y mesiánica, anclada en las viejas convicciones del pasado, menos sofisticada pero más efectiva; la que varias experiencias populistas mediante, ha logrado capitalizar mejor el hastío y rabia de los más pobres, aunque con desastrosos resultados en  las profundas transformaciones que originalmente declara.

Hago esta simplificación porque me interesa destacar que requerimos afinar la puntería y volver a equilibrar la ecuación entre sentido y eficacia. Si hay algo que define a los progresistas, es que, a diferencia de la derecha, no creemos que las sociedades y los fenómenos que las integran sean realidades naturales. Muy por el contrario, sostenemos que son construcciones colectivas, cuyo destino general y particular podemos alterar mediante el esfuerzo común, especialmente preocupados por las personas que viven una situación injusta.

La prioridad es terminar con esa primaria exclusión que no trata políticamente como iguales a todos los miembros de una comunidad. Sólo de esta forma, no por ellos sino con ellos, podremos crear una auténtica cultura política, donde no confundamos visión con voluntarismo, de la misma forma que tampoco popularidad con populismo. 

Y para recuperar la política y la confianza de los ciudadanos en su virtud y posibilidades, debemos observar cinco reglas o claves presentes en el espacio público. La primera es ideológica: la orden del día es redistribuir poder, no sólo económico y social, sino preferentemente político y territorial. La segunda clave es procedimental: el método es el mensaje, o sea, la forma y manera de hacer las cosas dice mucho más de nuestra voluntad y convicción que los resultados mismos. Tercero, una consideración psicológica: lo más objetivo es lo subjetivo y tenemos que mejor ponderar el valor de las emociones, estados de ánimo y sentimientos de los ciudadanos. Cuarto, una clave tecnológica, en la medida que vivimos una época de interacciones inmediatas, donde los ciudadanos ya no son sólo receptores de información sino que poseen los instrumentos para emitir sus propios juicios, rabias y verdades. Por último, una conclusión lógica, ya que no podremos obtener resultados distintos si seguimos haciendo más de lo mismo.

En definitiva, la prioridad es terminar con esa primaria exclusión que no trata políticamente como iguales a todos los miembros de una comunidad. Sólo de esta forma, no por ellos sino con ellos, podremos crear una auténtica cultura política, donde no confundamos visión con voluntarismo, de la misma forma que tampoco popularidad con populismo.

Fuente: Voces La Tercera

Fotografía: Claudio Doñas

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Sobre el Autor

Jorge Navarrete Poblete

Jorge Navarrete Poblete

Abogado de la Universidad Diego Portales. Master en Derechos Fundamentales de la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor, columnista y consultor.