La desaceleración y la responsabilidad del Gobierno en el reimpulso de la economía

Una reactivación acelerada no es utópica, pero tampoco es automática. Requiere de una estrategia general de búsqueda pro activa de consensos. Y es la autoridad la que tiene la labor e iniciativa para superar los factores internos que frenan nuestro crecimiento.


Joseph Ramos

La economía chilena sufre una fuerte desaceleración. El IMACEC de sólo 0,9% de julio, fue recibido como una buena noticia, pero es apenas un quinto de nuestro crecimiento potencial. El Gobierno atribuye la desaceleración a factores externos, y por tanto, inevitables. La oposición, en cambio, enfatiza factores internos y evitables, en especial a la incertidumbre que generó el ánimo refundacional de la actual administración.

El Gobierno atribuye la desaceleración a factores externos, y por tanto, inevitables. La oposición, en cambio, enfatiza factores internos y evitables, en especial a la incertidumbre que generó el ánimo refundacional de la actual administración.

Los datos muestran que efectivamente la desaceleración comenzó mucho antes que el actual gobierno. El crecimiento bajó de un ritmo de 5,4% anual en el segundo semestre de 2012 a 4,4% en el primero de 2013; y siguió descendiendo a 3,9% en el segundo semestre del 2013, hasta llegar a 2,7% en el primer semestre de 2014. Esta desaceleración fue gatillada por el enfriamiento de la economía china, que puso paños fríos sobre las cuentas alegres que se hacían con el precio del cobre (se llegó a hablar de US$ 4 por libra). Esto provocó una fuerte caída de la inversión minera (su importación de maquinaria ha caído alrededor de 50%, ya desde fines del 2012). Desaceleraciones similares han sucedido en la mayoría de los países latinoamericanos productores de materias primas. Entonces, aquí, sí tiene razón el Gobierno.

Sin embargo, la fuerza de la desaceleración de la economía va más allá de la caída en el precio del cobre. En efecto, las expectativas de crecimiento para el 2014 por parte del Banco Central en diciembre 2013 así como de varios economistas en enero de este año fue de un 4%. Hoy (IPOM septiembre 2014) las expectativas de crecimiento para el 2014 han caído a la mitad, a 2%, entre 2 a 3 puntos menos que nuestro PIB tendencial. Y dado que no ha habido ningún deterioro en los términos de intercambio durante 2014, esta caída debería atribuirse a factores internos. Pero, en mi opinión, no sólo se debe a un factor interno, sino a dos.

Elevar la tributación en 3% del PIB, inevitablemente iba a tener un impacto negativo sobre la inversión. De hecho, las expectativas de crecimiento para 2014, cuando asumió Michelle Bachelet, eran de 3,7%. Y si bien no se conocían los detalles de la reforma, se sabía que pretendía recaudar ese monto entre los grupos más pudientes. Sin embargo, desde marzo las expectativas han caído al a 2% de la actualidad, mientras que al declive en la inversión minera se han sumado otras en maquinaria para actividades no mineras (15%) y en construcción y obras.

Es difícil no atribuir parte de esta baja al manejo de la Reforma Tributaria. Por un lado, hubo una política inicial, de realizar el trámite en forma express en la Cámara, sin acoger modificaciones significativas. Por otro, hubo voces oficialistas que criticaron la búsqueda de acuerdos, como si consensuar fuera transar principios. ¿Cómo no iba a generar miedo la estrategia de la retroexcavadora, tan reminiscente de la estrategia de “avanzar sin transar” de épocas pasadas?

Entonces, tanto el Gobierno como la oposición tienen parte de la razón. Pero creo que la desaceleración obedece a un tercer factor.

 Tanto el Gobierno como la oposición tienen parte de razón. Pero creo que la desaceleración obedece a un tercer factor. Cualquier inversionista frente a este escenario hubiera recortado la inversión y frente al mismo panorama, un consumidor prudente, comenzaría a posponer gastos. Esta prudencia, multiplicada por 17 millones de chilenos, agudiza el frenazo. 

No es posible ver durante 18 meses seguidos cifras cada vez menos auspiciosas sin que ello afecte al ánimo y, por ende, las expectativas de los agentes. Y eso más allá de la Reforma Tributaria y su manejo. Cualquier inversionista frente a este escenario hubiera recortado la inversión, pues anticiparía que sus ventas descenderían. Igualmente, frente al mismo panorama, un consumidor prudente, comenzaría a posponer gastos prescindibles. Y esta prudencia, multiplicada por 17 millones de chilenos, agudiza el frenazo.

Es un círculo vicioso o profecía auto-cumplida. Este tercer aspecto, producto de expectativas en prolongada baja, redujo aún más la inversión en el 2014, en especial la de la construcción, y desaceleró fuertemente el consumo, a menos de la mitad de 2013. De hecho, las expectativas de crecimiento del consumo para 2014 han caído de 4,7% (IPOM diciembre 2013) a 2,6% (IPOM septiembre 2014).

Ahora, más allá de las causas de la desaceleración y de la posible responsabilidad de las autoridades actuales en ella, es el Gobierno el que tiene la responsabilidad de reactivar la economía. No puede revertir la situación externa, pero sí la interna.

Más allá de las causas de la desaceleración y de la posible responsabilidad de las autoridades actuales en ella, es el Gobierno el que tiene la responsabilidad de reactivar la economía. No puede revertir la situación externa, pero sí la interna. 

De ahí, que el Gobierno hizo bien en acoger parte de las críticas a la Reforma Tributaria, consensuando un acuerdo con la oposición. También actuó positivamente al cambiar el discurso confrontacional, insistiendo en una alianza pública-privada para reactivar la economía. Gestos como estos, han ayudado a revertir el clima de incertidumbre.

También es importante ahora acentuar los estímulos monetarios y fiscales para que la reactivación sea fuerte. Para ello, en primer lugar, el Banco Central debe profundizar la baja en la tasa de interés- del 3,25% actual, tal vez hasta 2,75%. En efecto, la baja de tasas no sólo estimula el gasto, si no que eleva el tipo de cambio, beneficiando no sólo a las exportaciones si no a la producción nacional, que compite con las importaciones.

Segundo, habría que tener una política fiscal expansiva. Por cierto, mientras no se caiga en recesión, no se ameritaría, suavizar la regla estructural. Dentro de esos límites hay aún mucho que se puede hacer. Debe acelerarse la ejecución presupuestaria. Asimismo, corresponde incrementar la proporción de gasto público que vaya a inversión, y elevar, por medio de la ampliación de concesiones como por la aceleración en su tramitación, los proyectos privados de inversión, que corresponden a un 80% del total, en especial en los sectores mineros y energéticos.

En tercer lugar, habría que insertar todo esto dentro de una política más amplia de desarrollo. No podemos resignarnos a los exiguos crecimientos de la productividad de los últimos 15 años, inferiores al 1% anual con un consiguiente PIB tendencial de apenas 4,3%. Habría que avanzar en todo lo relacionado con nuestra competitividad: reducción de costos de la energía; profundización del mercado de capitales hacia las PYMEs; promoción de “clusters” en torno a nuestros recursos naturales, -incluyendo una política mucho más activa de búsqueda de inversión extranjera hacia ellos-; y la activa, sistemática y masiva exploración de mejores tecnologías y prácticas internacionales para adaptarlas y difundirlas en nuestro país.

Una reactivación acelerada no es utópica, pero tampoco es automática. Requiere de una estrategia general de búsqueda pro activa de consensos. Y es la autoridad la que tiene la responsabilidad y mayor iniciativa para superar los factores internos que frenan nuestro crecimiento.

Cuarto, y último, un rol importante para políticas “políticas”. En efecto, la vuelta a un sendero de crecimiento fuerte y sostenido requiere que el discurso de alianza público-privado se plasme en medidas concretas como sucedió el año 1990. Entonces había una incertidumbre mucho mayor. Nada menos que antiguos partidarios del socialismo real habían llegado al poder. Además el Gobierno tenía que hacerse cargo de una enorme demanda social reprimida. No obstante ello, una reforma tributaria y otra laboral en la agenda, la búsqueda pro activa de acuerdos hizo que estas transformaciones fueran vistas como una inversión en paz social, dando lugar a un salto en la inversión y al sexenio más exitoso en la historia económica de Chile.

Por tanto, una reactivación acelerada no es utópica, pero tampoco es automática. Requiere de una estrategia general de búsqueda pro activa de consensos. Y es la autoridad la que tiene la responsabilidad y mayor iniciativa para superar los factores internos que frenan nuestro crecimiento.

Fotografía: Claudio Doñas

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Sobre el Autor

Joseph Ramos

Joseph Ramos

Economista. Profesor de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile. Doctor en Economía de la Universidad de Columbia.