Irrupción de Trump obliga a reformular los tratados comerciales y la globalización

Digamos desde el inicio que la victoria de Donald Trump, en las elecciones del pasado 8 de noviembre, se explica ante todo por la explosión de las desigualdades económicas y territoriales en los Estados Unidos, desde hace varias décadas, y por la incapacidad de los sucesivos gobiernos de la principal economía del planeta para enfrentar estos problemas.


Por Thomas Piketty

Las administraciones de Bill Clinton y después la de Obama no han hecho más que acompañar el movimiento de liberalización y de sacralización del mercado lanzada por Ronald Reagan y después profundizado por los Bush, padre e hijo. Estas mismas reformas fueron exacerbadas con la desregulación financiera y comercial llevadas a cabo por Clinton.
Las sospechas de proximidad (de los demócratas) con el financierismo y la incapacidad de la élite político-mediática del partido de los Clinton para sacar lecciones del voto de Bernie Sanders, han hecho el resto. Hillary Clinton ganó por un pelo en voto popular (60,1 millones contra 59,8 millones obtenidos por Trump, para una población adulta de 240 millones), pero la participación de los más jóvenes y de los más modestos fue mucho más débil para que Clinton ganara en los estados clave.
Lo más triste es que el programa de Trump no hará más que reforzar las tentativas anti equidad. Él se prepara para suprimir el seguro de salud laboriosamente acordado para los asalariados pobres bajo Obama y a lanzar a su país hacia el dumping fiscal, con una reducción de 35% al 15% de la tasa de impuesto federal sobre los beneficios de las empresas, cuando hasta aquí los Estados Unidos habían resistido a esta carrera sin fin iniciada en Europa. Esto sin contar el racismo en el conflicto político estadounidense, lo que deja un mal augurio sobre lo que se viene, si los compromisos de empleos e ingresos asumidos por Trump no se concretan. He aquí un país donde la mayoría blanca vota estructuralmente –en 60%- por un partido, mientras las minorías votan en más del 70% por el otro, y en donde la mayoría está en vías de perder su superioridad numérica (pasando al 50% de aquí al 2040).

Lección para el resto del mundo

La principal lección para Europa y el mundo es clara: es urgente reorientar fundamentalmente la globalización. Los principales desafíos de nuestro tiempo son poner atajo al aumento de las desigualdades y al cambio climático. Por consiguiente, es necesario preparar tratados internacionales que permitan responder a estos desafíos y promover un modelo de desarrollo con equidad sostenible en el largo plazo. Tales acuerdos deben ser de nuevo cuño y debieran contener, si es necesario, medidas tendientes a facilitar los intercambios comerciales.
Sin embargo, la liberalización del comercio debe dejar de ser el centro de la globalización. El comercio debe volver a ser lo que nunca debió dejar de ser: un medio al servicio de objetivos más elevados. Concretamente, es necesario parar de firmar acuerdos internacionales reduciendo los derechos de aduana y otras barreras comerciales, sin incluir en estos mismos tratados y desde los primeros capítulos, reglas obligatorias permitan combatir el dumping fiscal y el calentamiento global, como por ejemplo, con tasas mínimas de impuestos a las ganancias de las empresas y objetivos verificables y sancionables de emisión de carbono.

Es necesario parar de firmar acuerdos internacionales que no incluyan desde los primeros capítulos reglas obligatorias permitan combatir el dumping fiscal y el calentamiento global.

Ya no debiera ser posible negociar tratados de libre comercio a cambio de nada.
Por lo pronto, el Acuerdo de Libre comercio Europa y Canadá (CETA) es un tratado de otro tiempo y debe ser rechazado. Se trata de un acuerdo estrictamente comercial que no contiene ninguna medida obligatoria sobre el plano fiscal y el cambio climático. Por el contrario, incluye todo un capítulo sobre la “la protección de los inversionistas”, permitiendo a las multinacionales perseguir a los Estados ante cortes arbitrales privadas, pasando por encima de los tribunales públicos aplicables a todos y cada uno de los nacionales. En el mismo momento en que el imperialismo jurídico estadounidense redobla su intensidad e impone sus reglas y sus tributos a las empresas europeas. Por lo tanto, la debilidad de la justicia pública local es una aberración.

Cambio de paradigmas

Por otra parte, ¿qué sentido tiene haber firmado los acuerdos de la cumbre de Paris sobre el cambio climático (en 2015), con el objetivo puramente teórico de limitar el recalentamiento a 1,5°C (lo que significaría dejar bajo tierra los hidrocarburos producidos en Alberta y que Canadá acaba de reabrir su explotación), después de haber concluido hace algunos meses un tratado comercial que no hace ninguna mención de este problema?
Respecto del dumping fiscal y las tasas mínimas de imposición sobre el beneficio de las empresas, se trataría de un cambio completo de paradigma para Europa , que se ha construido como zona de libre comercio sin regla fiscal común. Sin embargo, este cambio es indispensable porque ¿qué sentido tiene ponerse de acuerdo en una base común de impuestos (que es la única construcción sobre el cual Europa ha avanzado ligeramente por ahora) si cada país puede enseguida puede fijar una tasa casi nula, con el fin de atraer más sedes de empresas?
Es tiempo de cambiar el discurso político sobre la globalización. El comercio es una buena cosa, pero el desarrollo sostenible y con equidad exige igualmente servicios públicos, infraestructura, sistemas de educación y de salud e impuestos equitativos. A falta de todo ello el “trumpismos” terminara por arrebatarlo todo.

Nota del editor:
Este artículo fue publicado en “Le Monde”, en su edición domingo 13 de noviembre 2016.
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Sobre el Autor

Editor Política & Economía