Innovación y sostenibilidad en la región que produce el 16% del cobre del mundo

Una de las oportunidades que ofrece el término del súper ciclo del cobre es la valoración de la ciudad como catalizador de los procesos que permitirán cambiar de una perspectiva temporal a una de largo plazo, con innovación y una mejor distribución de los ingresos. Esto solo será posible con nuevas miradas, públicas y privadas. A su vez, es la base que permitirá la sostenibilidad futura de las ciudades y de las regiones que hoy soportan la baja del precio de su principal fuente productiva.


 

Por José Antonio Piga Giles

La historia anunciada era que el súper ciclo del cobre terminaría y que Antofagasta y la Segunda Región bajarían sus niveles de actividad hasta una siguiente fase de alza. Como el cobre concentra el 55% de las exportaciones de Chile y es la segunda fuente de ingresos del fisco (1), el país debe reacomodar gran parte de sus proyecciones de inversión. Una vez más, la industria y sus trabajadores se dirigen al Estado para sobrellevar los efectos de la baja del precio: despidos, bajas en beneficios, impacto sobre las actividades relacionadas –transporte, construcción, servicios personales-, entre otras. La responsabilidad es pública en los efectos.

Esta crisis ha puesto a la ciudad como un actor en el desarrollo, lo cual es notable, pues la tendencia es que los temas urbanos sean entendidos como un soporte –físico- de las actividades económicas y de la sociedad, o bien como sectores a ser tratados independientemente –infraestructura, vivienda, cultura y espacio público, transporte, entre otros- sin que exista una visión de conjunto e integrada del espacio, en tanto actor de los procesos y no sólo contenedor.

De esta manera, junto con el argumento de la oportunidad perdida para actuar con los recursos que el ciclo entregó -habida cuenta de que éstos son por definición extraordinarios y finitos y que debieron usarse para financiar el escenario siguiente- es que esta región se ha delineado en un rango entre un clúster minero de clase mundial y el desarrollo de una “minería sin minerales”; o del reemplazo de esta actividad por otras menos fluctuantes. Están también los impactos sobre la vida en las ciudades, cuyo balance negativo –contaminación, carestía, congestión, malos servicios, entre otros- es atribuido a una insuficiente inversión pública.

Inversiones

Así como la extracción de recursos naturales requiere de fuertes inversiones, mayormente privadas, la habitabilidad en esta región tiene un alto costo, que debe ser asumido estructuralmente por el Estado, vía políticas públicas diferenciadas, dando cuenta de la heterogeneidad y de sus especiales características (aridez, aislamiento, dependencia).

La ciudad de Antofagasta ha acogido una población migrante (nacional y extranjera) que busca de mejores ingresos. Esta también necesita vivienda y servicios urbanos, que son caros, debido a los altos ingresos de la gran minería, la que, por lo demás, genera pocos puestos de trabajo, y los que ofrece en general son para los trabajadores más capacitados, cuyos salarios son altos, los más altos del país. En contraste, gran parte de esta inmigración tiene baja calificación, por lo que difícilmente accede a las mejores oportunidades, así como tampoco la mayor parte de los habitantes de la región. Se trata de efectos de la versión nacional de la “enfermedad holandesa” y probablemente también de la debatida “maldición de los recursos naturales” y de los modos en que Chile los ha enfrentado (2).

Mientras tanto, reaparece el debate sobre las grandes empresas transnacionales que operan en Chile y su relación con los territorios anfitriones. Al analizar lo que les han dejado en las ciudades se aviva la sensación de injusticia de las regiones productoras respecto del conjunto del país. Se discute sobre Codelco y su proyección de futuro, en tanto los aportes al erario disminuyen dramáticamente. Es la oportunidad de reconocer los “pecados” de la industria y proyectar la “licencia para el crecimiento y el desarrollo” (3).
El fantasma del fin de la era del salitre reaparece y las imágenes de las oficinas abandonadas son el telón de fondo sobre la pampa, quizás de nuevo “réproba tierra de maldición…” (4).

El debate sobre las ciudades incluye la distribución espacial de los impactos de la minería, cuya expresión más clara es la conmutación: más del 10% de la fuerza laboral de Segunda Región trabaja allí pero vive en otras zonas, lo que se explica por la búsqueda de una mejor calidad de vida en otras ciudades, por las facilidades del transporte y por la organización del trabajo en turnos. Todo ello implica que las inversiones significativas de esas familias se hacen fuera de la Segunda Región. Se ha calculado que estos recursos superan por mucho a los del Fondo Nacional de Desarrollo Regional (5) y, de acuerdo a la evidencia, son invertidos en otras ciudades con mejor oferta urbana como Santiago, La Serena y Valdivia.

Gran parte de los beneficios de la minería son exportados –fuera de la región y fuera del país- y aquellos que logran ser retenidos parecen tener destinos inciertos: las rentas generales de la nación, que no se reflejan adecuadamente en las zonas productoras, dicen en Antofagasta; o bien iniciativas que no encuentran respuesta suficiente allá, dicen en Santiago (6). Por lo tanto, mucho de la bonanza minera se ha convertido en consumo.

Las ciudades en la región sufren su crisis, con complejas relaciones (7) entre habitabilidad y producción: Antofagasta, la contaminación y el puerto, así como la carencia de viviendas y de espacios públicos adecuados; Calama, sufre con las faenas mineras adyacentes y con la compleja bajada de los habitantes de Chuquicamata; Taltal y Tocopilla hacen frente a la incertidumbre de su destino, con más contaminación, escasa dinámica económica y fragilidad ambiental; Mejillones intenta equilibrar una inversión privada gigantesca en puertos, generación eléctrica y fabricación de explosivos con su vocación de ciudad turística, y cada vez se parece más a un suburbio de Antofagasta. Es cierto que las ciudades en el norte están en permanente búsqueda de una identidad, de cara a evitar su condición de campamentos. La evaluación de estos 10 años de abundancia es que “el balance no resulta del todo satisfactorio” (8).

Competitividad

Por otra, en el centro del debate está el cobre. Se plantea que “Chile es chico en todo menos en cobre”, con el 31% de la producción mundial y sólo para mantener ese porcentaje habría que aumentar la producción a 8.000.000 de toneladas en 2025. Esto implica saltos cualitativos y cuantitativos de gran envergadura. A su vez, a 10 años de la creación del Fondo de Innovación para la Competitividad (FIC) y del Consejo Nacional para la Innovación y el Desarrollo (CNID), el presidente de este último señala que no se ha “aprovechado de la manera más inteligente” el súper ciclo del commodity (9).
Varios personeros han hablado de la falta de prioridad que ha tenido en el país la innovación, la sofisticación, la diversificación y el crecimiento basado en el conocimiento. De nuevo aparece la experiencia del salitre y la tragedia de no aprender de la historia.
La experiencia en innovación y desarrollo (I+D), en inteligencia y creatividad asume que son necesarias ciudades para que estas características surjan y se consoliden. Los conglomerados urbanos son capaces de generar el caldo primordial para acoger la creatividad y hacerla florecer. Es cierto que las empresas y las ciudades que logran esta convergencia son, hasta cierto punto, creaciones naturales y espontáneas. Pero la mayor parte de este desarrollo es inducido, incentivado y soportado por acciones que resultan de una voluntad, de una visión sobre el futuro. De la planificación en definitiva. La pregunta es cómo asumir el desafío de generar esta perspectiva voluntariosa, que integra y atrae talento, capitales y dispositivos necesarios para estimularlos y armar la trama de comunicaciones y redes para instalarlos en el espacio necesario para interactuar, producir ideas, conceptos, prototipos, métodos, etc. Es lo que ha ocurrido en los llamados distritos creativos (10) en todo el mundo. Destacan aquí ciudades como Medellín, Buenos Aires, San Francisco, Seattle, Amsterdam, Barcelona, Singapur y Melbourne, entre otras.

En suma, necesitamos ciudades e industrias creativas e inteligentes en regiones, que aprenden que estos son atributos inseparables y que requieren de una intervención más allá de un “natural acontecer” hacia la transformación. Necesitamos ciudades suficientemente conectadas para que las personas se encuentren; que sean capaces de atraer y de retener e capital humano avanzado en nodos de intercambio. Para esto se precisa de políticas proactivas y estratégicas, coherentes e intencionadas, articuladas y estructuradas, mucho más allá de la sola intervención para la corrección de las fallas del mercado o para emparejar la cancha como se acostumbra decir. La responsabilidad de generar estas políticas es del Estado: de un sector público con iniciativa, que crea ámbitos específicos, impulsando actividades y dinámicas, que no sólo corrige sino que crea mercados, como propone la economista Mariana Mazzucato (11).

Volvamos a nuestro distrito minero: ciudades caras, escasas de oferta urbana de calidad, con el estigma del campamento, indicadores de sostenibilidad negativos (12), industria en crisis de precios y con la sombra de la cesantía y el despoblamiento (en vez de habitar, desertar). Además, con Codelco necesitada de recursos que no les provee su dueño, porque el Estado está más preocupado del gasto corriente que de la capitalización, según señala un senador de la zona ) (13) para enfrentar los desafíos de futuro. Por lo tanto, estamos lejos de la sostenibilidad en todos los ámbitos.

Iniciativas locales

Sin embargo, en Antofagasta hay iniciativas interesantes, como el trabajo de Creo Antofagasta (14), o del Centro de Investigación Científico Tecnológico para la Minería (15) (Cicitem); o los proyectos para desarrollar proveedores de clase mundial para la minería (16). Destacan también los esfuerzos de la Asociación de Industriales de Antofagasta (17) y de las universidades regionales, entre otras, apuntando al futuro de la región. Pero se carece de una mirada integradora que pueda en definitiva abrir el camino desde la desazón de los ciclos a la sostenibilidad.
Esa capacidad de construir estratégicamente, con visión de conjunto, sólo la puede impulsar el Estado, pero éste debe resolver primero sus impedimentos constitucionales para asumir en propiedad un rol promotor y emprendedor. Debe tratar de territorializar y espacializar las propuestas de política pública, de manera de constituir esa visión integradora e impulsar los procesos desde las ciudades (nodos de una red), donde toman forma los intercambios fructíferos, donde es posible dibujar el largo plazo y con este horizonte pueda instalarse la matriz de la innovación. Las iniciativas existen pero se necesita explicitar el plan y sus resultados, para saber si se llega a ellos y, ojalá, en qué horizontes temporales.

Oferta urbana

El florecimiento y la consolidación de alternativas respecto a la sola extracción de recursos naturales está ligado al desarrollo de las ciudades, con la profundización de una oferta urbana de mayor calidad, donde las personas quieran ir y se arraiguen porque se vive bien y se está conectado; porque es posible encontrarse con otras personas y aprender, crear y avanzar. También porque existe la institucionalidad, la cultura organizacional y política capaces de responder a las demandas de comunidades específicas.

Es esperable que un círculo virtuoso así delineado comience por la minería: podemos imaginar un Copper Plains ligado a procesos relacionados con el cobre y sus usos, con el estudio del trabajo en altura y sus modalidades de organización, con las necesidades de la extracción pero también de la transformación de los minerales, del control y mitigación de la contaminación, de la vida en el desierto, de la observación astronómica, de la generación de energía solar y eólica y del aprovechamiento sustentable de los recursos del mar, entre tantos aspectos.
Esa configuración urbana requiere de inversiones de gran escala, en infraestructura, en educación, en salud, en buena arquitectura y espacios públicos, en conectividad y servicios. Esto es, de un plan de largo plazo que se construye a partir de la definición –participativa y democrática- de un futuro, cuya concreción comienza ahora y aquí. Tenemos que preguntarnos qué debemos hacer para vivir y trabajar como nos imaginamos e identificar las estrategias y métodos a utilizar en el proceso, con una inteligencia colaborativa. Así surgirán los retos, las necesidades, las oportunidades, desde el contexto actual pero proyectados en el futuro, planeando los resultados más que los plazos, con flexibilidad, adaptabilidad y capacidad de enfrentar “las cuestiones difíciles”; explicitando el plan compartido, con nombre, etapas, logros, un repertorio metodológico y audacia, junto con claridad, rapidez y creatividad para comunicar, decidir y catalizar la potencia del plan, esto es de los objetivos que se persiguen.

Lo expuesto es ciertamente una utopía que imagina la sustentabilidad en el desierto, a partir de la idea de avanzar en los tres aspectos que diferencian a los países desarrollados (18): visión de largo plazo, capacidad de innovación y una balanceada distribución del ingreso.

Al evaluar la experiencia del súper ciclo del cobre se debe agregar de manera explícita la demanda por mejores ciudades, pues el largo plazo, la innovación y la distribución del ingreso ocurren en lugares concretos, los que deben reunir características que los hagan posibles. Por esta razón las ciudades constituyen un eslabón fundamental en la comprensión de los procesos que conducen a estadios superiores del crecimiento y el desarrollo, para un futuro sustentable. Es allí donde está la fuerza de la creatividad con diversidad cultural.

De este modo, una de las oportunidades que ofrece el fin del súper ciclo de cobre es la valoración de la ciudad como catalizador de los procesos que permitirán cambiar esa perspectiva temporal, con innovación y una mejor distribución de los ingresos. Esto solo será posible con nuevas miradas, públicas y privadas para garantizar la sostenibilidad.

 

Nota del editor: José Antonio Piga Giles es arquitecto, titulado en la Universidad Católica de Valparaíso; y magíster y doctor en Arquitectura de la Universidad Católica de Chile. Trabajó en la Dirección de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas y ha sido profesor en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Citas textuales:
(1) Patricio Meller, en Empezando a discutir el futuro, editorial de El Mercurio, noviembre 10 de 2015.
(2) Existe abundante literatura sobre estos temas. Ver en particular Sachs y Warner, 2001, Natural resources and economic development, the curse of natural resources, en European Economic Review 45, issues 4-6, pp. 827-838; Gylfason, 2001, Lessons from Dutch disease, University of Iceland, Institute of Economic Studies, www.ioes.hi/publications.
(3) Discurso del presidente del directorio de CODELCO en la Cena Anual de la Bolsa de Metales de Londres, octubre 13 de 2015.
(4) “Canto a la pampa”, poema de Francisco Pezoa, 1915 aprox.
(5) Ver Aroca P. y Atienza, M., 2011, Economic implications of long distance commuting in the Chilean mining industry, en Resources Policy, Vol. 36, issue 3, pp. 196-203. Estos autores hablan de 6 ó 7 veces el FNDR.
(6) El royalty ha recaudado para el fisco más de US $ 6.500 millones desde su creación en 2005 (La Tercera, 21 de Junio de 2015, ver en http://fw.to/CP7WBFR). El Fondo de Innovación para la Competitividad (FIC), que debía ser financiado con estos recursos cuenta este año con US $ 200 millones. La mayor parte de los proyectos financiados son presentados en Santiago, en subsidio de las regiones, en particular de las mineras, señalan expertos entrevistados, ver ¿Sustentabilidad en el desierto?, tesis doctoral, en https://joseantoniopiga.wordpress.com/2013/10/, pp. 293 y sig.
(7) Lo que no es privativo de estas ciudades. Los procesos urbanos y territoriales están en cuestión en nuestro país.
(8) Editorial de El Mercurio de Antofagasta, septiembre 14 de 2015. Continúa: “…resulta innegable que la región avanzó, más bien de la mano del boom de la minería, que por una política gubernamental de desarrollo. Antofagasta sigue careciendo de respuestas urbanísticas…”.
(9) En “Se acaba el boom minero: ¿Chile aprovechó de diversificar su economía en 10 años?” en EMOL, octubre 16 de 2015.
(10) Se deben distinguir los esfuerzos por integrar cultura urbana con industrias creativas, incentivando y densificando iniciativas y experimentación, de operaciones de mercado que buscan colocar productos elaborados, software y hardware, modalidades de consumo, etc., más que procesos de ensayo y error de los que surja innovación. Ver Smart cities: negocio, poder y ciudadanía, de Jordi Borja, en Plataforma Urbana, septiembre 19, 2015.
(11) En The entrepreneurial State, debunking public vs. private sector myths, 2015, Public Affairs, New York
(12) Ver ¿Cuán sustentable es la región de Antofagasta? Indicadores y tendencias para un desarrollo regional sustentable, 2014, Barton et al, estudio financiado por el FIC-R de Antofagasta.
(13) Ver Codelco y la caja chica, de Alejandro Guillier en El Mostrador, noviembre 4 de 2015.
(14) Desde 2012 BHP Billiton lleva adelante una iniciativa para encauzar el crecimiento de la ciudad de Antofagasta y mejorar la calidad de vida y sus condiciones ambientales y físicas, con un plan creado participativamente, integrando las iniciativas actuales y futuras que identifiquen en conjunto públicos, privados y las organizaciones de la sociedad civil, a partir de la evaluación y recomendaciones que la OCDE (2013) ha generado, comparando Antofagasta con otras ciudades de la Organización. Se plantea un período de implementación y monitoreo al 2035. Ver www.creoantofagasta.cl.
(15) Ver www.cicitem.cl.
(16) Ver desarrolloproveedores.cl , www.consejominero.cl.
(17) Ver www.aia.cl.
(18) Patricio Meller, en el editorial ya citado.

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Sobre el Autor

Editor Política & Economía