El Valor De Convocar Al Cambio

Michelle Bachelet, en este segundo mandato, ha tomado las aspiraciones de la sociedad, iniciando un “nuevo ciclo” que requiere una nueva mayoría para conducirlo e intentar cambiar las bases estructurales de un orden político, social, económico y cultural, que no da para más. El Gobierno, entonces, nos está convocando a un debate de largo aliento, una discusión que piense a Chile más allá de lo inmediato. Ese es el valor de esta convocatoria.

Guillermo Campero

El notable politólogo estadounidense de origen alemán Albert Hirschman, en un famoso y breve trabajo presentado a un Congreso Mundial de Ciencia Política en los años sesenta, decía que según su experiencia, los cambios profundos y estructurales en una sociedad, siempre son impulsados por alguna fuerza social y política orientada al progreso, generando, en ese momento, los mayores temores e incertidumbres, pero, después de realizadas estas transformaciones, la evidencia demostraba que las sociedades ni desaparecían ni se hundían, destruyendo el mito.

Claramente estaba hablando de esos cambios que explícitamente o subjetivamente estaban ya presentes como una aspiración en el sentido común de la mayoría de los ciudadanos.

Las sociedades, son en general, adversas al riesgo. Y especialmente contrarios son aquellos de sus miembros que se sienten cómodos con el orden en curso.

Las sociedades, son en general, adversas al riesgo. Y especialmente contrarios son aquellos de sus miembros que se sienten cómodos con el orden en curso.

Pero, al mismo tiempo, las sociedades son espacios permanentes de nuevas inquietudes, expectativas, esperanzas y también frustraciones. A veces hay fuerzas sociales o políticas que logran expresar estos procesos. Otras son sólo manifestaciones aisladas.

Hay entonces, siempre, una cierta dialéctica entre el orden y el cambio. Tanto en las personas como en la sociedad en general.

Lo importante de la política y el liderazgo es saber identificar el estado de este balance entre el orden en curso y el cambio.

Por eso, es tan destacable que la segunda apuesta de Michelle Bachelet a conducir el Gobierno, haya sido precisamente capturando el estado de ese balance por el que transita nuestro país.

Cuando dice que se inicia un “nuevo ciclo”, y que éste requiere una nueva mayoría para conducirlo, que se expresarán en reformas estructurales en la sociedad chilena, Bachelet está asumiendo lo que ya era una realidad subjetiva y objetiva entre los chilenos.

Un nuevo ciclo, porque la transición, como se entendía en 1990, ya estaba consolidada; y porque el país ya no era el mismo de entonces. Ahora, estaba expresando los resultados políticos, sociales, económicos y culturales de las tres décadas anteriores y los desafíos que surgen de ellos.

Cambios estructurales, porque la sociedad había madurado los logros y los fallos del modo de desarrollo seguido desde la década del setenta ,y moderadamente corregido a partir de los 90’, y su balance, acerca de la lógica fundamental de ese modelo, era más negativo que positivo, más allá de los logros alcanzados.

Y, nueva mayoría, porque al hacerse cargo de las tareas que implicaba lo anterior, se requería eliminar el empate ficticio del sistema electoral y superar los límites de liderazgo que estaba mostrando gran parte de la clase política.

Ese valor de convocar a repensar Chile, en el momento en que su gente ya estaba expresando sus demandas, es el signo distintivo que marcará esta nueva fase de Michelle Bachelet.

Ese valor de convocar a repensar Chile, en el momento en que su gente ya estaba expresando sus demandas, es el signo distintivo que marcará esta nueva fase de Michelle Bachelet.

Ya no es sólo la búsqueda de una sociedad más protegida, como la primera vez. Ahora es ponerse en marcha para construir el país que hemos entendido que queremos y que creemos podemos lograr.

No es un país que niega su historia reciente, ni que desconoce lo que avanzó y lo que se retrocedió. Es un país que sabe mejor lo que quiere y lo que no. Y esto es un conjunto diverso y plural de expectativas y necesidades, pero todas ellas cruzadas por la demanda de más inclusión, igualdad y protección social.

Por eso, la Convocatoria al Cambio, así con mayúsculas, no puede diluirse. Esa es la fuerza que representa Bachelet para Chile.

La mayoría que la Presidenta expresa tiene entonces que actuar como tal. No por ser mayoría. Sino porque representa esa convocatoria al cambio.

Como en toda transformación fundamental hay por cierto diversidades, pero la defensa de la pequeña identidad no puede ahogar la grandeza del mandato recibido. Este es un riesgo siempre presente y lo vivimos a diario.

Así también, los fundamentalismos no pueden ni deben entrabar la ruta hacia el cambio. Hay que convencer a muchos, a todos los que sea necesario.

Pero lo que sí debiese estar siempre claro e indudable, es que la diversidad de tiempos e instrumentos, no difuminen la Convocatoria al Cambio. Eso es lo que está moviendo a tantos hoy en Chile.

A los que aspiran a una movilidad social estable;

A los que quieren fortalecer un país más universal y pluralista;

A los que ya no quieren más ser objeto de abuso de los poderes financieros y comerciales;

A los que anhelan no tener miedo de morir en la sala de espera de u consultorio;

A los que la vejez en la miseria los asusta más que la muerte;

A los que quieren que la mayor cobertura en educación, sea la seguridad de un futuro mejor y no una trampa que lleva al desempleo.

A los que quieren que este Chile -porque puede hacerlo- , deje de ser un artificio para ser una realidad en que hay progreso, pero también solidaridad.

Por todo lo anterior, las grandes reformas planteadas y las que deben acompañarla en el tiempo, no son, ni pueden ser objeto de debates inútiles. Deben ser materia de deliberación profunda y rigurosa. Quien no haya entendido esto se ha quedado en el pasado.

Las grandes reformas planteadas y las que deben acompañarla en el tiempo, no son, ni pueden ser objeto de debates inútiles. Deben ser materia de deliberación profunda y rigurosa. Quien no haya entendido esto se ha quedado en el pasado.

Una de las discusiones más innecesarias es la que se concentra en prestar atención a los balbuceos de moribundo que despliega la derecha más ideológica, incluidos sus intelectuales orgánicos. Aquellos que quisieron hacer del pensamiento de Hayek y Friedman, entre otros, casi una religión. Patética historia de gente inteligente y bien formada, que olvidó la naturaleza precisamente no ortodoxa del pensamiento científico. Víctimas de su absolutismo ideológico, defenestraron lo que podría haber sido, en varios aspectos, una contribución interesante a la modernización del pensamiento sobre el desarrollo chileno. Lo peor es que aún ahora, después de su derrota política e intelectual, siguen insistiendo dramáticamente en la validez de su “saber”.

Más inútil aún es prestar atención a los reclamos sobre el cambio de aquellos que quieren ocultar su participación directa o indirecta en las atrocidades del gobierno de Pinochet. Antes de exigir ese derecho ciudadano, deben aceptar sus responsabilidades, recocer sus errores y retirarse de la escena pública. Así podrán disfrutar de sus recuerdos, si eso fuese posible. Pero no exijan, con vehemencia patronal, aquello que ellos, llenos de violencia y poder incontestado, negaron a tantos.

Esta convocatoria es de largo aliento. No para cuatro años. Es la oportunidad de pensar más allá de lo inmediato el Chile del futuro.

Tampoco es relevante usar el tiempo que vivimos en dar oídos y cámaras a los que, siendo parte en algún momento de esta nueva mayoría, pretenden, bajo el manto de este relato, reponer, con otro lenguaje y una mirada menos ortodoxa, los mismos puntos de vista que hemos visto fracasar. En el fondo, tampoco creen en la gente, sino sólo en su propio y orgulloso “conocimiento moderno”.

La deliberación sustantiva a fortalecer es aquella que se plantea cómo asegurar el cumplimiento del mandato para cambiar las bases estructurales de un orden político, social, económico y cultural, que ya está claro, no da para más. Lo que podía hacer bien, ya lo hizo, y lo que no quiso, quiere ni sabe hacer, es precisamente lo que ahora reclaman los chilenos que haga Bachelet.

Deliberación entonces, SI, por cierto, en forma indispensable. Es imposible realizar cambios con legitimidad sin debate ciudadano. Pero deliberación republicana, que pone a la nación y su porvenir en primer lugar.

Esta convocatoria es de largo aliento. No para cuatro años. Es la oportunidad de pensar más allá de lo inmediato el Chile del futuro.

Ese es el valor de la Convocatoria que Chile se ha hecho ahora.

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Sobre el Autor

Guillermo Campero

Guillermo Campero

Sociólogo de la Pontificia Universidad Católica. Experto en Políticas Públicas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y consultor del PNUD.