El sistema capitalista después del coronavirus

Tal como ha sido la historia del capitalismo en todas sus versiones, con alguna certeza se puede vaticinar que este aprovechará la pandemia del coronavirus para adaptarse a las nuevas condiciones. Este sistema ha sido el más resiliente en el desarrollo de las organizaciones sociales y productivas, desde la primera revolución industrial en adelante.


Por Rubens Francois Inostroza

La historia da cuenta que el capitalismo se ha apoyado en su rival sistémico más poderoso, el Estado, para superar las crisis que ha tenido a lo largo de sus poco más de dos siglos de existencia. En las últimas décadas ha salvado fortunas y ha inyectado onerosos recursos de la ciudadanía (impuestos) para evitar el colapso del sistema. Lo ha hecho a través de los bancos centrales y de políticas fiscales que han salido al rescate financiero de grandes empresas. También ha aplicado rebaja y exenciones de impuestos y mecanismos tributarios regresivos, como es el caso del impuesto al consumo (IVA).

En países gobernados por la izquierda o la derecha, el afán de sobrevivencia del capitalismo ha llegado incluso a configurar sistemas híbridos, asimilándose a diversas versiones de capitalismo de Estado. El ejemplo más visible es el de China, donde coexiste la economía capitalista con un régimen político comunista autoritario. Con esta hibridación el gigante asiático se ha transformado en la segunda potencia económica mundial, amenazando seriamente la hegemonía de Estados Unidos.

De manera silenciosa y otras veces en forma agresiva, el capitalismo ha penetrado el mundo político en todas las latitudes, coaptando las instituciones del Estado. En ciertos regímenes permisivos o ultraliberales, como ha sido el caso de Chile, durante la dictadura de Pinochet, el capitalismo logró imponerse en todos los ámbitos, con el argumento de que se trataba de una herramienta eficaz para crear y distribuir riqueza.

De este modo, adquirió dimensiones extremas y francamente dañinas para las capas medias y las familias más indefensas y vulnerables. Por décadas, los sectores populares chilenos fueron víctimas de la privatización de la salud, de la educación y del sistema previsional, como también de la permisividad ante el poder monopólico, que terminaría por arruinar la confianza en el sistema, cuando quedaron al descubierto los escándalos de colusión en los mercados. Entre otros, el los remedios, del papel higiénico y de la carne de pollo.

El capitalismo ha sido capaz de crear leyes con las holguras necesarias para que, mediante resquicios, los intereses de individuos con grandes fortunas, puedan eludir o evadir obligaciones tan relevantes como el pago de impuestos; permitir la explotación de niños, presos e inmigrantes para producir a bajo costo y en condiciones inhumanas; usar artilugios para trasferir patrimonio a paraísos fiscales; resistir la aplicación de impuestos por la explotación de recursos naturales; como también evadir sanciones por la contaminación y destrucción del medio ambiente.

El sistema capitalista ha creado y sobrevivido a gigantescas guerras. Se ha valido de ellas para salir fortalecido y lograr entronizar poderes incontrarrestables como son la industria de las armas, de los medicamentos, de las tecnologías digitales, de la biotecnología y de las comunicaciones. Hasta el narcotráfico de vale del capitalismo para ejercer su poder, creando imperios para lavar dinero, o para formar parte de los circuitos de poder que otorgan legitimidad. También se ha prestado para incentivar redes de corrupción de alcance internacional, como ha ocurrido con el caso “Lava jato”, ideado por la multinacional brasileña Odebrecht, para corromper gobiernos en varios países de América Latina.

Capitalismos paternalistas

En una reciente publicación el economista chileno Sebastián Edwards (1), comparando países que han tenido más éxito para enfrentar la pandemia del coronavirus, refuta a quienes plantean “que mientras más profundo el capitalismo, menos preparado estaba el país para enfrentar una plaga generalizada”. Esto, porque la codicia no sería consistente con la salud pública. Luego, concluye: “al contrario, los resultados, hasta ahora, indican que son los países con capitalismos competitivos, democráticos, transparentes, igualitarios y paternalistas los que están mejor preparados para salir adelante”.

Lo que dice Edwards no es más que reconocer implícitamente que el sistema capitalista está instalado en todo el planeta y que hay experiencias con capitalismos más democráticos, igualitarios y paternalistas que estarían en condiciones de superar de mejor forma las crisis.

Sin embargo, más allá de la profundidad de las democracias surgen buenos y malos gobiernos. Gobiernos más cercanos al capital y otros más cercanos a los intereses de los trabajadores y de las clases populares. Si se tiene en consideración que la calidad de la democracia y la transparencia ha sido mérito de la incansable lucha de la mayoría de ciudadanos que, precisamente, no son propietarios del capital, sino que solo disponen de su trabajo para vivir, se puede explicar mejor que no es un atributo intrínseco del capitalismo lo que genera el progreso de la humanidad, sino que la perseverancia de los ciudadanos que en la medida de sus posibilidades han tratado de resistir los excesos y los abusos del capitalismo, incluyendo la concentración de la riqueza.

Poder ciudadano

Ha sido el poder de la ciudadanía, a través del voto en las sociedades democráticas, lo que han impulsado cambios que han permitido construir mejores instituciones y una convivencia más equitativa, transparente e igualitaria. Así ha sido también, aunque lentamente y de manera inconclusa, la evolución desde un sistema capitalista salvaje, que se dio durante la dictadura de Pinochet, al intento de avanzar hacia una sociedad más justa, mediante reformas al modelo neoliberal en los gobiernos democráticos post dictadura.

Lo que no repara el economista Sebastián Edwards, es cómo ha sido enfrentada la pandemia de coronavirus por distintos gobernantes de países capitalistas, que en los momentos más críticos han tenido que reconocer el rol del Estado en el combate de la crisis, anteponiendo la prioridad de salvar vidas humanas al reinado de los mercados.

Claramente, los mercados no han sido capaces ni lo serán, de solucionar esta crisis global. Hoy no es el momento del libre mercado y de la competencia para superar la pandemia. Hasta los gobernantes de la ultraderecha populista, como Trump y Bolsonaro, han estado aprendiendo a golpes esta lección.

Sin duda, la crisis del coronavirus ha estado siendo enfrentada y será superada, primero, con una parálisis o cierres de las economías (en su mayor parte capitalistas) y segundo, con más gasto fiscal y más impuestos para financiar éste. O sea, con más Estado.

No importa qué lugar ocupen en el ranking los países, sino cuantas muertes se logran evitar; o con qué urgencia y eficacia los gobiernos protegen a la población. Esa es la vara con que están siendo medidos los gobiernos, no con el nivel de recursos que están destinando para salvar vidas.

Sin embargo, después de esta pandemia, el capitalismo se habrá recuperado, una vez más gracias el Estado.

(1) Diario La Tercera, 9 de mayo de 2020.
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Sobre el Autor

Editor Política & Economía