El oscuro panorama que enfrenta la fracturada centroizquierda chilena

Luego de la derrota de la centroizquierda en la última elección presidencial, queda de manifiesto la crisis de liderazgo y de nuevas propuestas políticas en este sector. Mientras los partidos se descueran unos a otros, para determinar quién más, quién menos tiene responsabilidad en este fracaso, sigue pendiente la evaluación de los liderazgos, como factor clave en los procesos políticos. Mientras reine el desaliento y la odiosidad mutua en este sector, pueden pasar varios años antes de que emerja una nueva centroizquierda en Chile.

Por Niccolo Moro

A juzgar por el pobre resultado obtenido en elección presidencial del 17 de diciembre pasado (1), queda claro que la centroizquierda no fue capaz de contrarrestar el desgaste natural de su propuesta política al país, sintetizada en la restauración de la democracia y el crecimiento con equidad, que actuaron como agentes aglutinadores, al menos hasta 2006. Ese año resultó electa por primera vez Michelle Bachelet y hasta entonces no era necesaria la presencia de un líder carismático para formar gobierno. Mientras tanto, la mayoría que votaba por la Concertación de Partidos por la Democracia tenía claro el ideario restaurador democrático, como antídoto de la dictadura.

Esta racha duró hasta diciembre de 2009, cuando Sebastián Piñera derrotó al candidato de la Concertación, Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Este había sido electo Presidente a fines de 1993, en la segunda elección luego de recuperada la democracia. Junto con el ideario pos dictadura, en ese momento estaba latente en la memoria de los votantes la figura de su padre, Eduardo Frei Montalva, quien tuvo notables atributos de líder. Su hijo homónimo capitalizó parte de este liderazgo por inercia, en gran medida gracias al apellido, al igual como ocurrió con los descendientes de otros notables de la clase política chilena, como Arturo Alessandri Palma, Salvador Allende y en menor medida Ricardo Lagos.

De manera análoga a lo que ocurre con las marcas en el ámbito publicitario, en la política los líderes que ganaron popularidad en una generación de ciudadanos, proyectan su apellido a las siguientes masas de votantes, por intermedio de sus descendientes que aprovechan el pedigrí familiar para conquistar votos, sin grandes esfuerzos propagandísticos.

La generación que se va

Antes de la derrota de Frei Ruiz-Tagle en 2009, una generación entera de votantes tenía claro que cualquiera fuese la alternativa a la derecha, era una razón suficiente para votar por la centroizquierda, representada por la Concertación. Prevalecía entonces una tendencia mayoritaria para salvaguardar el proceso de recuperación democrática. Pero para desgracia de la centroizquierda, con el correr de los años esta generación se retira del escenario político, para dar cabida a la siguiente.

Lo otro que queda claro con la derrota en la elección presidencial de diciembre de 2017 es que la centroizquierda no fue capaz de representar a la generación de reemplazo. En parte, esta prefirió al Frente Amplio, integrado por partidos, movimientos y dirigentes jóvenes que rechazan a la antigua Concertación y aparentemente se ubican más a la izquierda que ésta, pero que no siente como suyo el proyecto restaurador de la democracia, porque tuvieron la suerte de nacer en ella. Este factor explica por qué la propuesta política del Frente Amplio es rupturista en el ámbito económico: propone un mayor protagonismo del Estado para redistribuir la riqueza y para hacerse cargo de los derechos sociales en salud, educación, vivienda y medio ambiente.

Así y todo, al Frente Amplio le queda mucho camino por delante para hacerse del gobierno. Tiene una propuesta política alternativa, pero carece de un liderazgo fuerte y al menos por ahora no cree necesaria una alianza con la izquierda tradicional (y menos con el centro) para intentar llegar al poder. En la actual fase de desarrollo del Frente Amplio, predomina el idealismo sobre el pragmatismo político.

Otro asunto necesario de considerar en este análisis es que en las elecciones de diciembre de 2017 votó la mitad del padrón electoral. Esto significa que Sebastián Piñera obtuvo una mayoría relativa dentro de este porcentaje. Por lo tanto, otro factor que explica la derrota de la centroizquierda es que no ha sido capaz de movilizar una mayor masa de votantes o, lo que lo mismo, no ha sido capaz de combatir la abulia de al menos una proporción de los votantes que no se presentó a votar.

De un padrón electoral de 14,3 millones de votantes, en la segunda vuelta presidencial la participación electoral fue del 49%, con 7.032.523 votos. De los votos válidamente emitidos (6.956.481) Piñera obtuvo el 54,58% y Guillier el 45,42% (2).

Periodo de normalización

En el periodo de normalización democrática -que se extendió entre 1990 y 2009- la derecha debió expiar el pecado mayúsculo de haber apoyado a la dictadura del general Pinochet. Por este motivo, una mayoría de votantes se inclinó por los candidatos de la centroizquierda en ese periodo, a lo que se sumó el buen manejo económico de los gobiernos concertacionistas, al margen de las transitorias bajas en el ritmo de crecimiento observadas en 1999-2000 (crisis asiática) y en 2008-2009 (crisis subprime). Más tarde vendría el agotamiento del modelo de crecimiento económico, basado en la exportación de recursos naturales, que culminó en 2017, con el pobre promedio de expansión del PIB, de 1,9%, el más bajo de todos los gobiernos, desde 1990 en adelante. Sin duda, este fue otro factor que perjudicó al candidato presidencial oficialista, el año pasado.

El paso del tiempo se encargaría también de revindicar la opción democrática de la derecha, por intermedio de un líder atípico para este sector, como es Sebastián Piñera. Este proviene de una familia de clase media democratacristiana; votó por el No a Pinochet en el plebiscito de 1988 y a pesar de que logró amasar una importante fortuna como empresario, no pertenece a la oligarquía tradicional chilena.

Mientras prevaleció el factor sociológico de revalorización primordial de la democracia, los liderazgos quedaron opacados por el deseo transversal de la ciudadanía de tomar distancia de la traumática experiencia de la dictadura. En la práctica, este fue el eje aglutinador de la centroizquierda que gobernó Chile entre 1990 y 2009. En este periodo los partidos aprendieron a coexistir con liderazgos transitorios o improvisados. Hubo tres Presidentes con el atributo de liderazgo transitorio: Patricio Aylwin, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet; y uno con el rasgo de líder por adopción e improvisado: Eduardo Frei Ruiz-Tagle.

Otro liderazgo improvisado fue el de Alejandro Guillier, quien devino en candidato en plena crisis terminal de la alianza de centroizquierda. A su escaso poder de atracción como agente aglutinador de este sector, se sumó la falta de carisma para conquistar votos en la enorme masa de votantes potenciales que optó por no acudir a las urnas, en la segunda vuelta de diciembre de 2017.

Por ahora, la única tabla de salvación que tiene la centroizquierda es Michelle Bachelet.

Mientras tanto, la crisis en la centroizquierda fue muy bien aprovechada por la derecha, primero para apoyar al candidato más popular del sector, segundo para organizar a los partidos y luego para reencantar a los votantes, sobre todo a los independientes y a parte de los seguidores históricos de la Concertación.

Votantes pragmáticos

La buena racha de la centroizquierda –impulsada por el ideario democrático- se expresó sucesivamente y casi por inercia en las presidenciales de 1989, 1993, 1999 y 2005. El ciclo de la centroizquierda partió en marzo de 1990, cuando el general Pinochet le traspasó la banda presidencial a Patricio Aylwin y en ese momento la generación que vivió en dictadura tuvo el principal protagonismo. En las elecciones siguientes siguió prevaleciendo esta generación, en un rango etario que osciló entre los jóvenes en edad de votar y los adultos mayores y de la tercera edad. Junto con desdibujar el ideario democrático (anti dictadura), el paso del tiempo también se encargó de forjar una nueva generación de ciudadanos más pragmática y aparentemente menos politizada. Esto también perjudicó a la centroizquierda, identificada como reformista de un modelo económico que en más propio de la derecha. Frente a un candidato de derecha que esté plenamente identificado con el modelo de mercado, respecto a otro de centroizquierda que actúa motivado por el reformismo, los votantes pragmáticos preferirían al primero.

Esta disyuntiva se mantuvo latente hasta 2009, cuando Piñera resultó electo por primera vez. Previamente, coexistieron dos generaciones políticas superpuesta: una adulta-mayor que repudiaba la dictadura y otra más joven que fue materialmente moldeada por el modelo económico de mercado. Sin embargo, el ethos colectivo que favoreció a la centroizquierda en las décadas de 1990 y 2000 y que la premió con su voto, comenzó su fase de retroceso, catalizada por el recambio generacional. Simultáneamente, los partidos de derecha comenzaron a reconquistar el apoyo de la ciudadanía, con el respaldo de una propuesta política predominantemente economicista: más empleo, más crecimiento y la esperanza de una vida más acomodada. A esto, la propuesta de la derecha sumó algunas demandas sociales que históricamente habían pertenecido a la Concertación, respondiendo con ello al pragmatismo observado en la sociedad: mayor acceso a la educación, incluso con gratuidad parcial para el nivel superior (universitaria y técnico profesional), mejor salud pública y mano dura con la delincuencia.

Como consecuencia visible de esta transmutación, caracterizada también por una falta de liderazgo en la centroizquierda, el hecho cierto es que en la última elección presidencial volvió a ganar un candidato que representa a la derecha renovada, dejando atrás el legado de Pinochet que la perjudicó por más de dos décadas en la historia política chilena.

Hoy la centroizquierda chilena carece de identidad y se encuentra a la deriva. Terminó por fracturarse mucho antes de la derrota de diciembre pasado, cuando al interior del bloque de Nueva Mayoría surgió una sorda disputa ideológica entre el Partido Demócrata Cristiano y el Partido Comunista. El primero había sido uno de los ejes de la antigua Concertación, mientras el segundo había permanecido en la retaguardia, hasta que en el segundo mandato de Bachelet logró acceder al gobierno, asumiendo algunos ministerios de nivel secundario.

La centroizquierda se fracturó en tres partes: la izquierda tradicional, donde se ubican el Partido Socialista, el Partido Radical, el Partido Comunista y el Partido por la Democracia; la Democracia Cristiana en el centro; y el Frente Amplio por el flanco de la nueva izquierda. Unos más, otros menos, todos estos partidos enfrentan sus propias crisis al interior, atizonada por la derrota electoral de 2017.

Por lo pronto, no se ven destellos de luz al final del túnel que puedan hacer presagiar algún punto de confluencia para el surgimiento de un nuevo conglomerado de centroizquierda, en una versión renovada de lo que fue la antigua Concertación. Esto es, sin el Partido Comunista, ni mucho menos un conglomerado como Nueva Mayoría que sí incluyó a los comunistas, en el segundo gobierno de Michelle Bachelet.

Sin el ideario de la restauración de la democracia, sin una propuesta política transversal que represente a la nueva generación de potenciales votantes y sin un líder que actúe como articulador de los partidos, la centroizquierda chilena seguirá sin rumbo fijo por tiempo indefinido, mientras la derecha se apresta a gobernar por dos periodos presidenciales seguidos, según lo declarado por sus dirigentes más conspicuos.

Por ahora, la única tabla de salvación que tiene la centroizquierda, aunque improbable, es que Michelle Bachelet, tome la decisión de liderar la oposición durante el segundo gobierno de Piñera y en 2021, a los 70 años, decida repostularse por tercera vez.

 

(1) Esta elección fue ganada por el candidato de la derecha Sebastián Piñera, quien derrotó holgadamente al candidato de la izquierda tradicional, Alejandro Gullier. Los otros candidatos de la centroizquierda, Beatriz Sánchez (Frente Amplio), Carolina Goic (Democracia Cristiana), Marco Enríquez-Ominami (Partido Progresista), Eduardo Artés (Unión Patriótica) y Alejando Navarro (Partido País), fueron derrotados en la primaria del 19 de noviembre de 2017.
(2) http://www.servelelecciones.cl/
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Editor Política & Economía