El siniestro pasado que persigue a Bolsonaro

El siguiente testimonio fue entregado por Francisco Avelino, nieto del diputado Rubens Paiva, víctima de la dictadura militar brasileña. Paiva (en la foto) fue detenido y desaparecido en 1971. Recién en septiembre de 2014 un tribunal del Estado de Río de Janeiro acordó por unanimidad reestablecer la acción penal y retomar la investigación. Junto con ello, la justicia brasileña declaró que los crímenes perpetrados por militares durante la dictadura (1964-1985) “son crímenes contra la humanidad” y que “no pueden ser amparados por la Ley de Amnistía”. Las investigaciones previas indicaron que Rubens Paiva fue detenido torturado y asesinado en el Destacamento de Operaciones de Informaciones (DOI), en Río.


 

En 2014, la Cámara de Diputados hizo un homenaje a mi abuelo Rubens Paiva. Colocaron un busto en el hall del Congreso, en reconocimiento por su incesante lucha por la democracia, causa por la cual literalmente entregó su vida. Mi familia asistió completa. Emocionadas, mi madre y mi tía hicieron discursos hermosos y orgullosos sobre la memoria de su padre y mi abuelo.

En medio de uno de una de las intervenciones, fuimos interrumpidos por un pequeño grupo liderado por Bolsonaro y algunos de sus amigos. Este se había dado el trabajo de salir de su oficina de diputado para ir a la ceremonia y gritar “¡Rubens Paiva tuvo lo que mereció, comunista desgraciado, vagabundo!”. Al pasar por nosotros, dio una escupida en el busto de mi abuelo. Una escupida. En un homenaje a un colega diputado brutalmente asesinado.

Me gustaría mucho haber podido conversar con mi abuelo sobre este momento político por el que pasamos. Él tendría mucho que decir: fue elegido diputado federal por San Pablo, en 1962, pero la dictadura le impidió seguir en el congreso en 1964. Como demócrata ejemplar que era, siempre luchó contra el autoritarismo y nunca promovió la lucha armada.

Desafortunadamente, esta oportunidad de diálogo me fue arrancada de cuajo en 1971, cuando fue llevado desde su casa junto con mi abuela y mi tía, que en la época tenía 15 años, para los sótanos del DOI-Codi, en Río de Janeiro. Allí, fue torturado hasta morir por el sistema represivo montado por la dictadura, cuya filial paulista era comandada por -ni más ni menos- el coronel Carlos Alberto Brillante Ustra. El mismo que torturó a Dilma Rousseff.

En esa época no había quedado claro el motivo de por qué los militares llevaron a mi abuela y mi tía. Hoy, conociendo los métodos practicados por Ustra, sabemos que era para llevarlas a la sala de tortura y presionar a mi abuelo. Ellas, en celdas al lado, separadas, oyeron sus gritos hasta que murió.

El certificado de defunción fue entregado en 1995 a la familia, casi 25 años después del asesinato. El cuerpo jamás fue entregado. En la Comisión Nacional de la Verdad, otros militares involucrados en el crimen dijeron que el cuerpo fue enterrado y desenterrado dos veces. A pesar de la barbarie de todo, Bolsonaro se deleitó colgando en la entrada de su oficina de diputado en Brasilia, una placa que decía “quien busca un hueso es un perro”.

Hoy en día Ustra es famoso no tanto por las atrocidades que cometió, tales como torturar a madres delante de sus hijos; colocar ratas y cucarachas vivas dentro de la vagina de las mujeres; practicar violaciones; utilizar el “pau de arara”; así como usar shocks eléctricos. Ustra es famoso porque es el gran ídolo, el héroe de nuestro probable nuevo presidente, Jair Bolsonaro.

En su voto a favor del impeachment de Dilma, Bolsonaro rindió homenaje al torturador de la ex Presidenta. En el púlpito del Congreso Nacional, con el país entero asistiendo, decidió dedicar su voto al despreciable ser que había cobardemente torturado a la Presidenta Dilma Rousseff. Aunque usted no lo crea, Bolsonaro tuvo el sadismo de torturar psicológicamente a la Presidenta en una ocasión que se supone solemne. Nunca fue sancionado pero ello, todo lo contrario a lo que la democracia representa.

Desde que tengo uso de la razón, la cicatriz de la desaparición y muerte de mi padre ya había sido cerrada en la familia. No era un tema tabú. Siempre me enseñaron que no era una lucha personal, que no debíamos denunciar y pelear contra esas prácticas como venganza familiar, sino para evitar que eso ocurriese con otros. No era una pelea nuestra, sino de todo el país.

Mi madre fue a muchos eventos y dio muchas entrevistas ese año, con ocasión de los 50 años del golpe de 1964. En todas ellas hacía cuestión de recordar el caso de Amarildo, albañil desaparecido y asesinado por la Policía Militar de Río de Janeiro, en 2013, como repetición de aquella práctica dictatorial que continuaba incluso en nuestra frágil democracia. Mi madre explicaba cómo el dolor de la familia de Amarildo era la misma por la que la nuestra había pasado.

Estamos en vísperas de una elección en la que Bolsonaro no sólo reafirmó su admiración por Ustra, sino que todo el aparato del régimen militar. Mi abuelo luchó contra discursos como ese y por eso fue cobardemente preso, torturado y asesinado. Dio la vida por la democracia. Hoy, resulta evidente que aquel escupo no era una mera provocación de un diputado perturbado, sino el preanuncio de lo que él pretende hacer como Presidente.

Todavía hay tiempo para evitar lo que sería una tragedia nacional. El poder está en nuestras manos, con nuestro voto. Yo nunca imaginé que en 2018, que sus propias declaraciones no fueran lo suficiente claras como para que las personas repudiaran a un político que defiende barbaridades.

Espero que estas líneas ayuden a reflexionar y hacer más palpable quién es Jair Bolsonaro. En 1964, fue Rubens Paiva y miles de otros. En 2018, puede ser tú, yo o las personas que amamos.

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Editor Política & Economía