El movimiento cultural que logró derribar un ministro converso de Piñera

La tempranísima e insólita destitución de Mauricio Rojas Mullor como ministro de Cultura (el lunes 13 de agosto, a cuatro días de su designación), no solo exacerbó el síndrome de imprevisión que afecta al segundo gobierno de Sebastián Piñera, sino también mostró un punto de inflexión que puede significar el inicio del rearme de la oposición, en torno dos pilares clave en que podrían apoyarse las hoy debilitadas y disgregadas fuerzas políticas de izquierda: el movimiento cultural y la defensa de los derechos humanos.


 

Por Niccolo Moro

La designación de Mauricio Rojas como ministro de las Culturas, las Artes y el Patrimonio fue un golpe en la epidermis de mayor sensibilidad ideológica de la centroizquierda chilena, amante de la cultura y defensora de los derechos humanos. Fue también una afrenta directa a su dignidad política, malherida desde la derrota en la elección presidencial de diciembre pasado. Además, fue una abierta incitación a la capacidad de la izquierda para regenerarse como una fuerza política altiva y desafiante, frente a un empoderado gobierno de derecha.

La mecha la encendió el poeta Raúl Zurita y de manera espontánea otros destacados artistas e intelectuales propagaron el rechazo a Rojas, a través de las redes sociales (digitales), obligando a Piñera a echar marcha atrás al cuarto día de haber encumbrado al autodenominado converso político al rango de ministro de Estado. Éste alcanzó a gozar de este rango apenas por un fin de semana y ante la amenaza de que el reguero llegase a incendiar la pradera, el mandatario optó por sacrificarlo. El lunes 13 de agosto Rojas fue reemplazado por la arqueóloga Consuelo Valdés Chadwick, como ministra de Cultura.

Mauricio Rojas se había ganado el repudio de la izquierda chilena mucho antes de que Sebastián Piñera lo designara ministro. Pero mientras ocupó un rol secundario como asesor de contenidos en el Palacio de La Moneda, aquél repudio permanecía en reposo, hasta que explotó cuando Piñera lo designó en el cargo más sensible para la izquierda ilustrada y para la diversidad de artistas que a través del teatro, la televisión, las artes plásticas y la música han logrado respeto y popularidad en el país. Por eso era peligroso para el gobierno y para la derecha mantenerlo un día más en ese cargo.

Para cualquier gobierno, más vale una oposición dividida que un buen ministro, aunque en el caso de Rojas ni siquiera alcanzó a preparar una agenda de trabajo.

Además, no se trataba de cualquier ministro, sino de un personaje execrable para la izquierda chilena, porque nunca dio testimonio verídico de haber militado en el MIR en su juventud y sin embargo bajo esta supuesta condición llegó como refugiado político a Suecia, después del golpe militar de 1973. No obstante, al comienzo de su exilio posó de izquierdista, trabó amistad con otros genuinos exiliados de izquierda y se aprovechó de la solidaridad económica del país que lo acogió. Pero al poco tiempo develó su verdadera pasión política y se transformó en un detractor de las ideas de izquierda.

Hoy Mauricio Rojas no podría volver a Suecia y vivir tranquilo, por cuanto en el país nórdico se ganó el repudio de la izquierda local antes que en Chile. Liberales y derechistas suecos no comparten su posición extrema hacia los inmigrantes, a pesar de que en su mejor momento en el país nórdico logró ser elegido parlamentario por un partido de derecha.

De vuelta en su tierra natal, completamente derechizado, Rojas fue recuperado por Piñera, con la vaga esperanza de que pudiera ser visto por la centroizquierda como un gesto de pluralidad de su gobierno. O bien, para tratar de demostrar cuan equivocados estarían aquellos que aún no renuncian al pensamiento de izquierda. Pero Piñera no advirtió que su intelectual protegido había denostado la existencia del Museo de la Memoria, fundado en el primer gobierno de Michelle Bachelet, para reivindicar a las víctimas de violaciones a los derechos humanos y mostrar a las nuevas generaciones las atrocidades que se cometieron en Chile bajo la dictadura de Pinochet.

A raíz del caso Rojas, el movimiento cultural ha demostrado tener una capacidad de convocatoria ideológica más convincente que los partidos políticos tradicionales.

La falta de visión política de Piñera y de sus asesores más cercanos permitieron abrirle paso a Mauricio Rojas, hasta que un día después de asumir como ministro un periódico recordó lo que había dicho sobre el Museo de la Memoria: “Más que un museo (…) se trata de un montaje cuyo propósito, que sin duda logra, es impactar al espectador, dejarlo atónito, impedirle razonar (…) Es un uso desvergonzado y mentiroso de una tragedia nacional que a tantos nos tocó tan dura y directamente”, dijo en el libro “Diálogo de Conversos”, escrito junto con el ministro de Relaciones Exteriores de Piñera, Roberto Ampuero (1).

Por lo tanto, Piñera provocó el alineamiento inesperado de la oposición y lanzó una poderosa señal de lo que ésta puede lograr unida, derribando un ministro. De paso, este hecho inesperado logró devolver parte del optimismo a la oposición de izquierda, estimulando la antigua práctica de coordinar fuerzas para enfrentar a su adversario en el poder.

Más allá del reinvindicacionismo

¿Por qué el pasado de Rojas y su actitud provocadora y displicente hacia el Museo de la Memoria, hoy transformado en ícono de la izquierda, logró sacar a la oposición de su letargo? La respuesta a esta pregunta pueda estar en las enseñanzas de Gramsci, sobre el papel de la hegemonía cultural de las clases dominantes en el ejercicio del poder y en las enseñanzas de la Escuela Crítica de Francfort (2), sobre el rol de la cultura en los movimientos sociales para alimentar la ideología progresista.

Por lo tanto, no es necesario idear algo nuevo sobre estos temas, pero sí estudiarlos, sobre todo hoy, cuando el determinismo económico ha permeado a enormes masas de ciudadanos, que alguna vez siendo electores de la izquierda han terminado votando por la derecha.

A raíz del caso Rojas, el movimiento cultural ha demostrado tener una capacidad de convocatoria más convincente que los partidos políticos tradicionales, superando el reinvindicacionismo económico (material), que ha llevado al fracaso a numerosos gobiernos de izquierda en América Latina.

Sin desmerecer el rol institucional de los partidos políticos, históricamente el movimiento cultural ha sido una vanguardia más dinámica y flexible que aquéllos, sobre todo para las nuevas generaciones.

Citas:
(1) “Diálogo de conversos”, Editorial Sudamericana, 2015.
(2) Basada en el Instituto de Investigación Social, inaugurado en 1923, formaron parte de la primera generación de esta escuela los pensadores neo marxistas Max Horkheimer, Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse, Friedrich Pollock, Erich Fromm, Otto Kirchheimer, Leo Löwenthal y Franz Leopold Neumann
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Editor Política & Economía