El declive del Frente Amplio uruguayo

En los próximos días la Corte Electoral uruguaya dará a conocer el resultado final de la segunda vuelta de la elección presidencial, realizada el 24 de noviembre pasado, que dio una estrecha ventaja al candidato de la derecha, Luis Lacalle Pou. De confirmarse este resultado, se abre la posibilidad de un giro en la conducción del país, que desde 2005 ha estado a cargo de la coalición de izquierda del Frente Amplio, con logros importantes, pero también con fallas y algunos episodios de corrupción.


 

Por Hugo Machín Fajardo

El 24 de noviembre pasado, Uruguay eligió un gobierno de derecha, en un final reñido. Esa fue la titulación de las informaciones internacionales sobre el resultado del balotaje cumplido ese domingo 24, en que el candidato de una coalición opositora de derecha, Luis Lacalle Pou, obtuvo apenas 30 mil votos (48%) más que el oficialista Daniel Martínez (47%), con un total de 2.300.000 mil sufragios emitidos.

Se espera que el 29 de noviembre la Corte Electoral dé a conocer el resultado final.

¿De derecha realmente? No es así.

Como antecedente de esta definición, hay que recordar que el 27 de octubre, en la primera vuelta, el 55% de los votantes optó por un cambio en la conducción del país que desde 2005 viene siendo administrado por la coalición de izquierda Frente Amplio (FA), con logros importantes, pero también con fallas y episodios de corrupción.

Se suponía que en esa instancia quedaría sellada la suerte de la segunda vuelta, pero Lacalle Pou solamente obtuvo el 30%, frente al 40% del candidato oficialista del Frente Amplio.

Esa expectativa de cambio se nutrió por diferentes vías. La del Partido Nacional, mayoritario en la oposición; la del Partido Colorado, que gobernó prácticamente en todo el siglo pasado; la de pequeños partidos, uno, de centroizquierda, Partido Independiente; otro, el Partido de la Gente, sin definición ideológica, y un flamante partido, Cabildo Abierto, que logró el 10% de los votos, encabezado por Guido Manini, el ex comandante en jefe del Ejército del gobierno del socialista de Tabaré Vázquez, Presidente saliente.

Manini es el único de la coalición ganadora que se ha mostrado como un exponente de la derecha clásica, pero con votos de derecha e izquierda, y por momentos, guiñadas cómplices de Pepe Mujica.

Pesada herencia

Para el próximo Presidente le queda una pesada herencia, con una economía estancada y un déficit fiscal de casi el 5% del PIB; con más inseguridad ciudadana, creciente presencia del narcotráfico, incremento del desempleo y deficiencias en la educación, que han actuado como los factores determinantes en esa voluntad de cambio. A esto se suma la estrategia de Lacalle Pou, quien desde mucho tiempo antes tejió alianzas que significaron el apoyo para el balotaje, a diferencia del FA que no generó alianzas, solo acuerdos puntuales para superar coyunturas desfavorables. A todo esto, agréguese el desgaste natural de ejercer el gobierno durante 15 años.

Para el próximo Presidente le queda una pesada herencia, con una economía estancada y un déficit fiscal de casi el 5% del PIB.

Aspecto no menor fue la decepcionante e inexplicable postura de Tabaré Vázquez, respecto a dictaduras como las de Nicolás Maduro y Daniel Ortega, así como su omisión a denunciar las violaciones de los derechos humanos en Cuba.

Analogía histórica

Cuando Fidel Castro realizó una visita a Chile, en noviembre de 1971 y calificó de “fascistas” a todos los opositores al régimen de Salvador Allende, meses después se consolidaba la alianza de toda la oposición al gobierno socialista, que había accedido a la presidencia en 1970 con el 36% del electorado.

Antes de la visita de Castro, derechistas y democratacristianos estaban divididos por diferencias de clase y de convicciones. El Partido Nacional era considerado de derecha tradicional; como el partido de los terratenientes e industriales, bajo el liderazgo de Sergio Onofre Jarpa. Y el PDC era un partido mucho más heterogéneo en su origen social, de clase media y clase baja; de empleados públicos, incluso de campesinos y obreros, comprometido con un modelo de desarrollo no capitalista. Prueba de eso es que un año antes la derecha culpaba a los democratacristianos de haberle abierto el camino a Allende, en 1970 (1). Era la época en que el candidato Radomiro Tomic, representaba el ala izquierda del PDC, opuesto a aliarse con la derecha. Durante la campaña electoral de 1970, Tomic sostenía que si se gana con la derecha, es la derecha la que gana”.

El presente uruguayo

Es importante esta referencia al pasado, tan mal narrado muchas veces desde la izquierda latinoamericana, porque en el panorama que se abre ahora para Uruguay luego del triunfo de Luis Lacalle Pou, sostenido por una coalición multicolor”, como él mismo la ha denominado, hay elementos comunes con el Chile de los ’70, en el mismo sentido y al revés.

En el mismo sentido, porque desde sectores del FA hubo una sistemática actitud descalificadora para con todos los que no fueran del FA, lo que unificó a una oposición resuelta a que hubiera alternancia democrática en el gobierno.

Y al revés, porque mantener esa estigmatización excluyente puede llevar al FA a seguir perdiendo votantes, pero, lo más serio, puede profundizar una división, que hasta ahora felizmente no ha llegado al nivel de brecha insalvable como en otros países latinoamericanos, pero que no admite seguir tensando la cuerda.

Dos escenarios posibles

De la actitud que adopte el FA, la central de trabajadores y el movimiento social uruguayo, dependerá en última instancia lo que pueda ocurrir en la administración a instalarse el 1 de marzo de 2020 en uno de los veinte países genuinamente democráticos del Occidente y que precisamente, como anotara el periodista y analista uruguayo Nelson Fernández, el 24 de noviembre cumplió 12.886 días continuos de democracia, desde que Uruguay la recuperara en 1985.

La perspectiva para el FA, partido que gobernó durante 15 años y que llega a casi 31 gobernando Montevideo -y no se descarta que pueda sumar cinco más en las elecciones municipales de mayo del año entrante- pondrá a prueba su real temple democrático.

O se consolida con una oposición responsable importante, pues tiene el 40% del respaldo del electorado, con la función de control que corresponde a toda oposición con una buena composición parlamentaria; con el manejo político que le proporcione el mantenimiento de las seis intendencias en 19, que tiene en este momento, -en caso de que se repitan en mayo de 2020- y con un trabajo de renovación de dirigentes y cuadros intermedios, lo que es lógico en cualquier democracia.

O, alternativamente, inicia una dura confrontación opositora en el parlamento y en la calle con vistas a retomar el gobierno en 2024. Esta asegunda opción evidenciaría apetitos sectoriales antepuestos a los intereses nacionales.

En otro contexto, es la disyuntiva que se le presentó al chavismo en 2016, cuando quedó en minoría legislativa, pero constituía la mayor bancada parlamentaria con el 40% del respaldo ciudadano.

Sabemos que Nicolás Maduro, aconsejado por Raúl Castro, apostó a lo peor y así le fue a Venezuela.

Nota del Editor:
(1)    Salvador Allende obtuvo la primera mayoría relativa en la elección presidencial del 4 de septiembre de 1970. Luego recibió el apoyo de la Democracia Cristiana en el Congreso, para que fuera electo presidente, previa firma de un estatuto de garantías constitucionales.
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Editor Política & Economía