La guerra fría revive con la crisis en Venezuela

La crisis en Venezuela ha tomado un rumbo peligroso y puede desembocar en un drama humano que nadie en su sano juicio quisiera que ocurriera. Cada día que pasa la situación se agrava y disminuyen las posibilidades de que las partes en conflicto se allanen a buscar una salida negociada. Mientras tanto, lo único que están logrando los opositores a Maduro es empujarlo al blindaje militar, como prevención ante lo que el mismo considera una amenaza externa que requeriría de una respuesta del mismo tenor.


Por Niccolo Moro

Desde que el 23 de enero Juan Guaidó se autoproclamó Presidente Encargado de Venezuela, han arreciado las presiones contra Nicolás Maduro, lideradas por Estados Unidos y varios gobiernos conservadores de América Latina, entre los cuales destacan Colombia, Argentina, Chile y Brasil. A lo lejos se suman Canadá, España y otros países europeos. A su vez, desde la otra vereda, Cuba encabeza el apoyo a Nicolás Maduro, junto con Bolivia y México. También a lo lejos, el régimen chavista recibe el respaldo de Rusia, China, Irán y Turquía, entre otros

A estas alturas la disputa por Venezuela tomó una dimensión internacional que revive la guerra fría de la segunda mitad del siglo pasado, entonces atizada por los conflictos en Cuba, Vietnam, Corea y Chile. A medida que Maduro recibe golpes y amenazas del exterior, tiende a atrincherarse en el poder, apoyándose en el único y más efectivo respaldo que le va quedando: la fuerza militar, aparentemente alineada con su causa política.

Guardando las proporciones de liderazgo y la distancia histórica, lo que aventaja a Maduro respecto de Salvador Allende es que cuenta con el poder militar heredado por su antecesor, Hugo Chávez. Este ha sido reforzado en los años recientes con la asesoría del régimen cubano, altamente militarizado. Fríamente hablando, Maduro se encuentra mucho más blindado que Allende y para sacarlo del poder se abren solo tres caminos: una rebelión al interior a las fuerzas armadas, una intervención militar proveniente del exterior y una salida negociada con la oposición. Los dos primeros casos significarían un derramamiento de sangre que sólo las mentes afiebradas quisieran que ocurriera. La tercera vía, por ahora es la menos probable pero también la más sensata.

Dado el escalonamiento de la crisis, hoy el ambiente no está para el diálogo y tomando en cuenta los intentos anteriores la oposición venezolana ya no le cree a Maduro. Quizás la única forma en que ésta se allane a dialogar sería con la condición de que Maduro acceda a una elección presidencial anticipada, incluyendo un cronograma con los pasos previos y con los hitos para después de que ocurriese la elección. Este itinerario incluiría, por cierto, una fase para normalizar los mecanismos e instituciones electorales y el acuerdo para el ingreso al país de observadores internacionales, de uno y otro bando.

Pese a que en las últimas semanas Maduro ha insistido en el diálogo, la oposición se ha negado. Con justa razón, porque en las experiencias anteriores, estos intentos le sirvieron a Maduro para ganar tiempo y en los hechos, para reforzar su poder. Incluso, el Presidente venezolano le escribió al Papa Francisco, para tratar de interceder con los líderes opositores, pero recibió otra carta del sumo pontífice con una respuesta desalentadora. “Desafortunadamente, todos los intentos (de mediación) han sido interrumpidos porque lo que se decidió en las reuniones no fue seguido por gestos concretos para lograr los acuerdos”, manifestó Francisco en su misiva (1).

A medida que pasan los días la crisis se agrava y se hace más difícil que la oposición -hegemonizada por los partidos y agrupaciones de derecha- acepte concurrir a una mesa de diálogo. Lo que esperan los opositores es acorralar a Maduro y obligarlo a que renuncie voluntariamente, lo cual es muy improbable, mientras los altos mandos de las fuerzas armadas le sigan siendo leales.

Aún es tiempo para que Maduro haga algo para evitar un drama mayor, incluso llamando de manera unilateral a un plebiscito.

Aún es tiempo para que Maduro haga algo para evitar un drama mayor, incluso llamando de manera unilateral a un plebiscito. Pero cada día que pasa, esta salida es menos probable.

Experiencia chilena

Todo apunta a que Maduro se encamina a repetir –a su modo- la experiencia de Allende, cuando en septiembre de 1973 todo hacía prever que Chile se dirigía por una pendiente dramática a una guerra civil. El mismo día en que el líder socialista llamaría a un plebiscito, Pinochet encabezó el golpe de Estado, el más cruento y sanguinario de que se tenga memoria en América Latina.

La conspiración cívico-militar contra Allende, estimulada y financiada por Estados Unidos, estaba preparada desde mucho antes. Aunque en la víspera o el mismo 11 de septiembre Allende hubiese alcanzado a llamar a un plebiscito, todo hacía prever que no habría vuelta atrás. No existía espacio para el diálogo ni la reflexión, menos para la compasión del más fuerte contra el más débil, porque comparativamente con la situación que hoy enfrenta Maduro, quien controla el poder militar, Salvador Allende quedó solo en La Moneda, acompañado por la guardia de palacio y un puñado de guardias personales (GAP). Frente el bombardeo del palacio presidencial no hubo una respuesta militar equivalente.

En el Chile de 1973 la amenaza de una guerra civil, que técnicamente se da cuando las fuerzas armadas se dividen en dos bandos, quedó conjurada meses antes, cuando los altos mandos uniformados se alinearon con la idea del golpe y complotaron contra Allende. Lo que vino después fue un largo periodo de represión militar contra todo vestigio de lo que quedaba del gobierno de la Unidad Popular.

A Nicolás Maduro se lo puede tildar de inepto para gobernar la economía e incapaz para ordenar social y políticamente el país, pero no se puede menospreciar la habilidad que ha tenido para conservar el respaldo de las fuerzas armadas, contando por cierto con la eficiente asesoría cubana.

De otra forma no se encuentra explicación para la sobrevivencia de su débil gobierno, en medio de la peor crisis económica de que se tenga recuerdo a nivel mundial, en tiempos de paz; con el aparato productivo semiparalizado, sin financiamiento suficiente para importar alimentos y medicinas y menos para pagar las deudas; y con la inflación más alta desde que existen registros históricos: sobre 10 millones por ciento anual.
En tales circunstancias, la línea de confrontación contra Maduro, seguida por Estados Unidos, por la oposición venezolana y por los gobiernos que han reconocido a Juan Guaidó como Presidente Encargado, corre el riesgo de lograr el efecto bumerán, contrario al que esperan.

Estratégicamente, los opositores y sobre todo Estados Unidos ven a Maduro como un simple tentáculo del régimen castrista y estiman que la mejor forma de combatir a éste es con el bloqueo económico, el aislamiento político y la amenaza de intervención militar.

Sin embargo, al cabo de 60 años tal estrategia ha sido un completo fracaso, demostrando con ello que ha sido fruto de una inagotable ansiedad provocada por la derrota política y militar, la que solo podría ser remediada con otra derrota equivalente del enemigo. La clave de los cubanos ha sido administrar hábilmente el poder militar, aun en medio de la precariedad económica permanente. El castrismo aprendió tempranamente que mientras más amenazas recibe de su principal enemigo, responde con más militarización y más controles de la población civil.

Resistencia pacífica

Lo nuevo y distinto que se encuentra promoviendo Juan Guaidó es una resistencia civil, desarmada pero resuelta a enfrentar el poder militar y policial de Maduro. Guaidó se propuso reunir un millón de voluntarios venezolanos, para que el 23 de febrero concurran a los puntos por donde espera que ingrese la ayuda humanitaria enviada por Estados Unidos y otros países (entre ellos Chile) a las ciudades fronterizas con Colombia, Brasil y Curazao.

Maduro mantiene bloqueados los pasos fronterizos porque ha calificado el envío de aquella ayuda como una limosna y porque la motejó como una intervención encubierta de Estados Unidos.

Ese día será clave para probar la eficacia de un método pacífico, alternativo a la fuerza bruta, revestida de poder militar. A diferencia de lo que ocurre con un boxeador que enfrenta a un rival del mismo peso, o un soldado que lucha con un fusil similar al que porta su enemigo, los civiles desarmados que concurran a los puntos fronterizos de Venezuela para buscar alimentos o medicinas, teóricamente no debieran recibir balazos, sino a lo más, una respuesta policial disuasiva.

Es de esperar que el drama de Venezuela no culmine en un baño de sangre.

(1) Cita del diario La Jornada, de México, en su edición del 13 de febrero. Disponible en: https://www.jornada.com.mx/ultimas/2019/02/13/filtran-dura-respuesta-del-papa-a-peticion-de-maduro-9414.html
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Editor Política & Economía