Desafíos y oportunidades de la productividad en Chile

La productividad es central para la economía. Es lejos el factor más importante para explicar el salto en el nivel de vida de la gran mayoría de la población del “Norte”, desde la Revolución Industrial en adelante y de Chile en los últimos 30 años. No obstante los avances notables de Chile, a partir de 1985, nuestra productividad aún está a menos de la mitad de la frontera tecnológica de Estados Unidos, Europa y Japón.


Por Joseph Ramos

 

Tal brecha es signo de nuestras insuficiencias, pero a la vez indica lo que es posible. La única ventaja de un país de desarrollo tardío como Chile, es que no tenemos que reinventar la rueda; que por un buen tiempo más podemos crecer en forma acelerada sobre la base de la identificación de esas tecnologías y mejores prácticas internacionales más idóneas para Chile, su imitación, adaptación y rápida difusión a todo el aparato productivo del país.

Esta imitación inteligente, masiva y sistemática explica: 1) por qué Japón pudo crecer mucho más rápido que Estados Unidos, después de la Segunda Guerra Mundial, hasta alcanzarla en 1990; 2) por qué los “tigres asiáticos” crecieran aún más rápido que Japón; y 3) por qué las tasas de crecimiento chinas de los últimos 30 años hayan superado inclusive las de los tigres.

Mientras más lejos de la frontera tecnológica, una vez que se despega, mayor el crecimiento económico posible, pues se pueden saltar etapas de tecnología imitando la mejor práctica de última generación.

Más allá de las reformas y buenas políticas es esto lo que explica el buen desempeño chileno de los últimos 30 años. Y que estemos aún a mitad de camino de la frontera tecnológica significa que podemos seguir disfrutando de tasas de crecimiento económico superiores a la de los países desarrollados. Ya que la productividad norteamericana crece del orden de 1% anual, la nuestra habría que crecer al menos en 1,5%, para ir cerrando la amplia brecha de productividad que aún nos separa de la frontera tecnológica.

De hecho, nuestra productividad total de factores creció del orden de 2,5% anual en la década de los ‘90. Muchos factores incidieron en ello: el mejor manejo macroeconómico, la maduración de reformas liberalizadores de años anteriores, la profundización de la apertura comercial y el mayor empuje empresarial, entre otros. Todos estos factores dieron lugar a una amplia introducción de prácticas y tecnologías del exterior que transformaron gran parte de nuestro aparato productivo. A título de ejemplo, pienso en el riego por goteo en el sector agrícola y frutícola. No fue invento chileno, sino israelí, pero su introducción revolucionó nuestra agricultura, permitiéndonos cultivar bien, inclusive cerros anteriormente pelados.
La acuicultura salmonera tampoco fue invento chileno; tampoco los malls o las tarjetas de crédito. Pero la introducción de estas innovaciones en Chile transformó nuestra producción pesquera, nuestro retail y nuestro sistema crediticio. Y por qué estamos aún a mitad de camino de la frontera tecnológico, queda aún mucho que imitar inteligentemente.

Sin embargo, no es automático. Si lo fuera, Chad o Haití serían las economías de mayor crecimiento del mundo. De hecho, después de nuestra década de oro (los años ‘90), entre 2000 y 2015 nuestra productividad ha crecido en menos de 0,5% al año, es decir, un ritmo de menos de la mitad de la de Estados Unidos. De ahí que en la década pasada se amplió, en lugar de reducirse, la brecha de productividad con la frontera tecnológica.

Por mucho que Chile ha avanzado en los últimos 30 años, los obstáculos para cerrar la brecha de productividad son múltiples, cada uno sugiriendo áreas de mejora potencial.

 

Múltiples frenos

Hay frenos culturales (Max Weber), donde prima la cuna y la cuña en lugar del mérito y el esfuerzo; donde se valora consumo en desmedro del ahorro; más de lo mismo en lugar de innovación; donde se tolera la mediocridad en lugar de exigir excelencia.

También hay frenos institucionales (Robinson y Acemoglu), donde se observa un énfasis burocrático para frenar y controlar, en vez de promover y acelerar, y donde los controles son puestos principalmente ex ante en lugar de ex post.

Hay frenos macroeconómicos, como en la a coyuntura actual. Hay frenos estratégicos, como el desaprovechamiento de nuestro capital humano potencial, debido a una calidad de educación mediocre; y ¿cuándo vamos a dejar de hablar de los clústers para hincarle el diente y promover al menos algunos activamente y reimpulsar las fuentes de nuestro desarrollo?

Hay fallas de mercados y mercados por profundizar, como la apremiante falta de crédito de largo plazo para las Pymes, sobre todo para las nuevas empresas. Y, por cierto, hay políticas que faltan, otras que sobran y prácticas empresariales así como regulatorias por debajo de lo requerido. La buena noticia es que, por lo mismo, hay mucho que podemos mejorar. En efecto, lo verdaderamente triste sería estar a mitad de andar de la frontera tecnológica y no poder identificar lagunas e insuficiencias relevantes.

Si queremos ser del Primer Mundo y no primus inter pares del Tercer Mundo, tenemos que elevar la mirada hacia fuera, hacia las mejores prácticas de las empresas y países en la frontera tecnológica. No basta mirar para el lado para evaluar si lo estamos haciendo bien, en comparación con nuestros competidores locales. Tenemos que mirar hacia donde en el mundo se hace mejor, y compararnos con el benchmark internacional de excelencia. Se trata de alcanzar productividades del Primer Mundo, que nos permitan pagar salarios del Primer Mundo y no de sobrevivir gracias a una competitividad trunca o espuria, basada en una mano de obra mal pagada.

Lo bueno de la productividad es que es un tema que une, no divide. A diferencia de muchos temas donde las ganancias de unos significan pérdidas para otros, la productividad es esencialmente un tema win win, donde todos pueden ganar. Para el trabajador significa empleos de mejor calidad y salarios más altos; para el consumidor, productos de mejor calidad a menor precio; para el empresario, menores costos unitarios y mayor eficiencia. Inclusive para el ecologista debe ser buena noticia, pues en su esencia productividad significa no sólo hacer más, sino hacerlo con menos. De ahí que la productividad es un tema transversal, importante para el centro, para la izquierda y para la derecha.

Por cierto, no es el único tema económico de importancia. De hecho, en el momento actual, nuestro problema no es tanto activar la oferta (productividad) como activar la demanda. De ahí que urge gatillar mayor inversión privada así como mayor gasto de los consumidores para reactivar la demanda. Sin demanda no habrá reactivación; y sin reactivación se aprovecha a medias el potencial de mejoras en productividad.

Por ser un proceso de mejora continua, los mayores impactos de la productividad son a mediano y largo plazo. Precisamente por eso es importante empezar ya. De ahí que como parte de su Agenda de Productividad la Presidenta haya querido institucionalizar la búsqueda y formulación de políticas que eleven la productividad en la nueva Comisión Nacional de Productividad, institución tan permanente como su problemática. Se inspira en su símil australiano, considerado “best practise” en su género. Se funda sobre los mismos cuatro pilares: 1) autonomía del gobierno; 2) transversalidad política; 3) capacidad técnica, y 4) el proceso de consultas ciudadanas.

En un momento donde las confianzas están tensionadas, pienso que la creación de la Comisión Nacional de Productividad puede contribuir a restaurarlas. Es un tema país, que convoca a remar juntos: gobierno, trabajadores y empresarios. Es la llave del futuro progreso de Chile.

Joseph Ramos es profesor de la Facultad de Economía y Negocios, Universidad de Chile y presidente de la Comisión Nacional de la Productividad, creada por el gobierno en julio de 2015.

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Sobre el Autor

Joseph Ramos

Joseph Ramos

Economista. Profesor de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile. Doctor en Economía de la Universidad de Columbia.